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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGR LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA NOVELA POR ELIAS BERTHET 37. CONCLUSIÓN Lambeiti le dij o con disimulo algunas palabras al oído, y al escucharlas, Vasseur hizo un movimiento de cólera. -I Eso sabéis? murmuró. ¡El diablo te confunda, maldito charlatán! ¿Nunca podré tomar contigo la revancha? Después de un corto silencio, prosiguió: -Id solo á casa del alcalde, señor Lamberti, y haced constar del modo que os parezca el error ó el accidente que ha costado la vida á vuestro criado Guichard... Es inútil darle otro nombre. Si necesitáis testigos para probar la imprudencia de la víctima, podéis invocar mi testimonio y el del señor Ladrange. En aquel momento, Daniel, completaníente repuesto de su emoción, se adelantó hacia ellos. Vasseur continuó: -Cumplidas esas formalidades, señor doctor, supongo que tendréis intención de dar á ese... cadáver una sepultura decente. -Sin duda, pero... -Ese desdichado, por despreciable que fuese- -interrumpió Daniel, -me ha inspirado compasión, y deseo contribuir de algún modo á los gastos de si: entierro. Y entregó algunas monedas de oro al charlatán, quien le dio las gracias, asegurando que serían cumplidos los deseos de tan generosos caballeros. -Ahora- -dijo Vasseur, -una palabra para concluir, señor Lamberti; terminad lo más pronto posible vuestros asuntos en este cantón, y daos prisa á largaros, porque si dentro de veinticuatro horas no habéis dejado este departamento, lanzo en vuestra persecución ciertos sabuesos que darán buena cuenta de vuestra persona. Lo habéis oído y comprendido bien, ¿no es así? Pues buenas tardes, y que tengamos el gusto de no volveros á ver. Cogió el brazo de Ladrange v dejando á Bautista consternado y trémulo, salieron ambos del figón, tomando en silencio el camino de la granjaDaniel respiraba con más libertad y sentía disiparse poco á poco las obscuras nubes que aún flotaban en su espíritu. Vasseur, por el contrario, se ponía cada vez más cabizbajo. De pronto, como si le hubiera asaltado una idea, se dijo á sí mismo, dándose una palmada en la frente: ¡Qué necio soy! No podía hacerle prender, pero podía siquiera... Sí, sí, eso es; tal vez no sea tarde todavía. Y dirigiéndose en voz alta á Daniel, le dijo: -Id andando despacio, que yo pronto doy la vuelta... Tengo una cosilla que hacer en la aldea; no puede uno acordarse de todo, Y volvió pies atrás, en tanto que Daniel seguía distraídamente su camino. Vasseur estuvo ausente diez minutos á lo sumo, y volvió, en efecto, á reunirse á su r. migo. El comandante venía al parecer muy satisfecho, pero traía el rostro muy colorado, el traje en desorden y hendida de arriba á abajo una hermosa caña con puño de oro que llevaba en la mano. Daniel, sin embargo, no advirtió nada de esto, y siguiendo el curso de sus reflexiones, dijo con aire preocupado: -i Qué acontecimiento, Vasseur! ¿Quién me había de decir esta mañana, cuando tanto temía la vuelta de ese monstruo abominable, de ese parricida, que esta misma tarde me arrancaría casi lágrimas de compasión? -Verdaderamente, ese Bautista parece haberle hecho bastante amarga la vida- -contestó V a sseur; -y, ó mucho me engaño, ó más cuenta le hubiera tenido al Guapo Fra- ncisco saldar su deuda allá en la plaza pública de Chartres con los demás. Pero no hablemo 3 más de esto, Ladrange; muerto el perro, se acabó la rabia... Ahora no tendréis ya motivo de inquietud. A este tiempo llegaron á la granja de Rancey, cuyos tejados iluminaba el sol poniente. Una multitud afanosa de hombres y mujeres iban y venían por los corrales, y oíanse por todas partes los cánticos y las risas de los alegres trabajadores. Los rebaños volvían mugiendo de los prados y se oían las campanillas argentinas de las ovejas. Todo respiraba alegría, paz y bienestar. Mientras Daniel contemplaba sonriendo aquel cuadro de su opulencia, descubrió, á la entrada de la granja, una hermosa joven, vestida de blanco y cubierta con un ancho sombrero de paja, cuyas cintas flotaban al viento. Llevaba de la mano á las dos encantadoras criaturas que ya conocemos. Era María, que salía con sus hijos al encuentro de los paseantes. Los tres habían conocido desde lejos al jefe de la familia y le saludabais con sus ademanes, miradas y sonrisas. Daniel oprimió el brazo á su amigo y dijo con emoción: ¡Ah, Vasseur, Vasseur! Hoy es cuando empiezo á ser completamente dichoso. Í I N D E I, A NOVELA