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-j- jj que en estilo encumbrado y elocuente del unicornio cuenta maravillas V el ave fénix cree á pie juntillas io tengo bien presente si es en el libro octavo ú en el nono) refiere el caso de un famoso mono. Este, pues, que era diestro en mil habilidades, y servía á un gran titiritero, quiso un día, mientras estaba ausente su maestro, convidar diferentes animales de aquellos más amigos, á que fuesen testigos de todas sus monadas principales. Empezó por hacer la mortecina; después bailó en la cuerda á la arlequín; con el salto mortal y la campana; luego el despeñadero, la espatarrada, vueltas de carnero, y al fin el ejercicio á la prusiana. De éstas y de otras gracias hizo alarde; mas lo mejor faltaba todavía, pues imitando lo que su amo hacía, ofrecerles pensó, porque la tarde completa fuese y la función amena, de la linterna mágica una escena. Luego que la atención del auditorio con un preparatorio exordio concilio, según es uso, detrás de aquella máquina se puso, y durante el manejo de los vidrios pintados, fáciles de mover á todos lados, las diversas figuras iba explicando con locuaz despejo; estaba el cuarto á obscuras, cual se requiere en cosas semejantes, y aunque los circunstantes observaban atentos, ninguno ver podía los portentos que con tanta parola y grave tono les anunciaba el ingenioso mono. Todos se confundían, sospechan: que aquello era burlarse de la gente. Estaba el mono ya corrido, cuando entró maese Pedro de repente, é informado del lance, entre severo y risueño, le dijo Majadero, ¿de qué sirve tu charla sempiterna, si tienes apagada la linterna? Perdonadme, sutiles y altas musas, las que hacéis vanidad de ser confusas: ¿os puedo yo decir con mejor modo que sin la claridad os falta todo? TOMAS TRIARTE. p o -Como todas, no... Una chimenea nuevecita, con una caperuza de latón que relumbra al sol más que si fuera de plata. -En todo me fijé, amigo mío. Hasta en un defecto que tienes y que por tu bien debías abandonar. Me refiero al hollín. Ño has hecho más que nacer y ya has ennegrecido lo que tú llamas tu cuna... ¡Bah! i Pretendes que yo, azul como los cielos é ingrávido casi como tu misma esencia, me pare en semejantes minucias? Cuento de chimenea tenemos... Mira, me vas á llevar hacia el desván de un poeta... Quiero que me cante... El viento lo empujó ásperamente contra una buhardilla, hacia un joven pálido y cejijunto. -Descomponte a q u í en graciosas contorsiones hasta que llames su atención. El tal parece un predilecto de las nueve hermanas. Y dejándolo allí entregado á ridículos movimientos, se marchó á una cercana alameda, donde lanzó una sonora carcajada, porque sabía que el pálido manee- bo era dependiente de una peluquería... Por la noche, el humo sostuvo un violento altercado con la chimenea. -No podemos ser amigos- -gritaba. -Eres u n a chismosona. Apenas me viste en tan buenas relaciones con el viento, intentaste enemistarlo conmigo moviéndolo á compasión por si te manchaba, por si te ponía negra... Y el humo emergía de los troncos, entre las brillantes llamas, trepando lleno de cólera en recias turbonadas. La chimenea continuaba sumida en su inalterable silencio. ¡Por si te ponía negra! El hollín es la sagrada estela que marca mi paso por tus muros, y, antes que renunciar á él, renunciaría á cruzar el espacio azul... ¡El hollín me vengará! -dijo á este punto la chimenea. ¡Deslenguada! i Aún te atreves... Los que se calentaban junto á los crepitantes troncos, vieron aquella noche el humo tan denso, tan hinchado y tan lleno de impetuosidad como nunca lo habían visto. Un gato que estaba sentado junto á las ascuas clavó en él sus asombradas pupilas de oro... Transcurrieron dos meses. Cierta noche, como vagara el viento bajo la caricia impalpable de las tinieblas, oyó una voz quejumbrosa y triste que en las cercanías demandaba auxilio. Buceando aquí y allá dio con una chimenea re negrida y sucia, bajo cuya caperuza salía un penachito de humo tan insignificante que parecía el hilo de una madeja devanada en las sombras por algún invisible fantasma. ¡Ampárame, viento! -díjole el humo, que era el del apurado trance. -Voy á perecer... El viento, que en el timbre de la voz había conocido á su antiguo amigo, le contestó: ¡Cómo! ¿Eres tú... -Yo soy... Me ahogo... Las llamas se extinguen, las ascuas se cubren de ceniza... Fui depositando hollín en las entrañas de la chimenea y las paredes, hinchándose, me matan... El viento sopló con todas sus fuerzas hasta hacer que crujiera el tubo; pero todo fué en vano. Entonces dijo al humo: ¡Ya te advertí tu defecto... ¡Quién lo pensara... J n a parte infinitesimal de hollín diariamente... -Pero es que un defecto, aunque pequeño, si llega á constituir un mal hábito, puede poner á quien lo tiene en trance de morir... Una llamarada trémula y azulesca flameó bajo la herrumbrosa caperuza como una áurea pluma en un chambergo negro... Y la última espiral del humo se perdió en la infinita sombra... JÓSE A. LUENGO. EL H U M O Y E L V I E N T O (APÓLOGO) l salir de la chimenea el humo, se encontró con el viento. Este lo cogió y lo meció en sus amantes brazos, formando con él caprichosas espirales y volutas de exquisita labor, y, por último, cuando estuvieron en la serena región adonde no alcanzan los ruidos humanos, le habló en los siguientes términos: -He notado en ti, amigo humo, un no sé qué de soberbia y presunció a. -i Ah! Es que soy un humo aristocrático. No procedo de vulgares teas ni de livianas jaras, sino de troncos de robusta encina. Aflemás, debiste fijarte en mi cuna, en el lugar de mi nacimiento... -Unn chimf- nea c mo todas... A