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EL CASTILLO ILUMINADO T J n a pequeña aldea del Tirol dormía con la paz ma jestuosa de las noches de invierne, allá por el año de 1640. Plabía nevado sin interrupción durante todo el día, y casi no podía distinguirse, con la luzindecisa del crepúsculo, la esbelta colina coronada por un castillo, la pradera y el bosque. Anochece; una á una van iluminándose las ventanas de las casas, en cuyo interior se agrupan las familias alrededor de una estufa, los hombres fumando su pipa y las mujeres preparando la cena. En la primera casa del pueblo, que ostentaba en una muestra pintada con mil colores el nombre de Hans Maultach, tornero llamó un hombre. ¡Grüss Gott! (Dios te bendiga) -dijo Hans al abrir la puerta, levantando la luz para ver la cara del recién llegado. ¿No tendrás un sitio al lado de la estufa para que pase la noche un pobre buhonero, que viene medio muerto de frío v de cansancio? 1 íf i I. I i 3 5 El hombre que tan humildemente pedía albergue en aquella noche desapacible, era alto, y bajo su gorra, cubierta de nieve, brillaban dos ojos muy expresivos. -Pa a, y bien venido seas- -repuso el tornero. El extranjero dejó su caja en un rincón, colgó el abrigo en un clavo y fué á sentarse cerca del fuego. -Buenas noches- -fueron las únicas palabras que pronunció, hasta que, reconfortado con una deliciosa copa de cerveza, contestó á las preguntas de Elans y de su mujer. Era natural ae Le llamaban üthon el Buhonero; pasaba su vida recorriendo aldeas, para vender pañuelos de seda, cintas, hilos y puntillas. Le habían dicho que aquella aldea estaba habitada por familias ricas, y? pesar del mal tiempo, ante la espe- ranza de hacer un Duen negocio, había emprendido el viaje. Cuando los dos hijos mayores de Hans sedespidieron para irse á la cama, les regaló dos cintas encarnadas para sus sombreros de los dias festivos, y desechando su timidez, vencida por el cordial recibimiento que le hicieron los torneros, charló con ellos, fumando y bebiendo á un mismo tiempo. Hans le indicó donde podría colocar su mercancía, y citó nombres: Hofer, el cervecero; Botzen, el carpintero, y otros muchos, sin olvidar ninguna de las familias de alguna importancia. El buhonero escuchaba con verdadero interés. ¿Y aquel castillo que parece deshabitado? -preguntó. -Es el palacio de los condes de Dornsberg. j Qué buena gente! Por aquí todos tenemos mucho que agradecerles, mucho. La guerra los arruinó por completo, y el conde tuvo que expatriarse con su mujer y su hijo, y no hemos vuelto á saber nada de ellos. Nuestros padres siempre nos hablan de los señores con cariño y respeto. ¡Pobre castillo! Concluirá por destruirse; los torreones se han venido á tierra y varios cristales de los. salones se rompieron un día que cayó una granizada terrible; pero aunque todas las puertas desaparezcan, nadie se atreverá á penetrar en sus salones; entre nosotros, el recuerdo de los condes de Dornsberg es sagrado. El buhonero tosió, vació de un trago el vaso que tenía delante, dio un apretón de manos á Hans y entró en el cuarto que la dueña de la casa le había destinado para dormir. Al día siguiente, Othon salió muy temprano á recorrer el pueblo, abriendo su caja en todas las casas para ofrecer á los hombres cinturones de cuero negro y medias de lana; á las mujeres, chales, horquillas y pañuelos de seda, y á los chicos, juguetes. Estaban á fines de Diciembre, y como con las Pascuas se aproximaba la época de los mutuos regalos, fueron más numerosos los compradores de lo que él esperaba. El pobre hombre se conmovía al ver el agrado y la bondad con que le recibían. Hofer le convidó á comer y Botzen á cenar, para que disfrutase de la reunión que tenía en su casa aquella noche. Cuando llegaron los amigos del carpintero, y todos se colocaron rodeando la estufa, María, la madre de Botzen, muy bien conservada á pesar de sus mvichos años, empezó á referir historias y leyendas, viniendo á parar, como siempre, en algo referente á la familia de Dornsberg. -Me acuerdo como si le estuviese viendo del difunto conde- exclamó la buena mujer. -Era igual al, amigo buhonero que tenéis delante. Delgado, de ojos azules y barba negra, y con el alma más hermosa que ha creado Dios. Othon, con la cara entre las manos y los codos sobre las rodillas, la escuchaba con gran atención, y cuando la ancianita terminó tenia los ojos llenos de lágrimas. Continuará. EL MONO Y EL TITIRITERO El fidedigno padre Valdecebro, que en discurrir historias de animales se calentó el cerebro, pintándolos con pelos y señales,