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EL SERMÓN DE LAS TRES HORAS OEDIMOS otra ronda, compare? ¡Compare, que ¡a vasté á coge! ¿Pero es que se u o nota que he bebió? -Hombre, ahora que cstasté scntao, no, señó; pero en cuantito se pone usté de pie, paese que tien usté patas é mescora. -Güeno, pues con to y con eso, á mí me píe mi cuerpo más vino, y quieo más vino; ¿usté s entcra? Y si ia cojo, mejón; y si se m autcja dormirla en mita é la caye, mejón. Casuarmcntc hoy es el único día que pue uno ajumarse libre de cachos. -En eso llevaste la rasón. -Siempre me lo desía el probesito é mi pare que esté en gloria: Bardomerillo, hijo mío, pa ajumarse, no hay como er Viernc Santo; porque un día cuarquiera sales á la caye con un vasito, y t atropeya un coche ó te jase norvo un artroniovi; en cambio, cr Vicrne Santo como no hay sirculasión de na de eso, t echas á dormi sobre los mismísimos rieles der tranvía, y estás más seguro que en tu propio domisilio. -Su pare d usté era un tío mu largo. -Probesito mío; me paese que lo estoy viendo cuando salió pa cumplí la úrtima condena. ¡Niño... i Manguita... Dile al Argarrobo que t eche otra convida pa nosotros. ¿Será cosa que arrematemos malamente, compare? -No s apure usté, señó; ésta es ya la úrtima ronda ahora mismo nos vamos d aquí. -Sí, señó; y nos vamos ar mueye, á busca er fresco. ¿Ar niueye? Pero ¿no vamos á di ar sermón de las tres horas? -Es verdá; no m habia yo acordaito. Estasté en to, compare, y con lo que á mí me gusta oí pedricá. Porque, miire usté, yo seré avansao, porque lo soy, ¿estamos? Pero oigo menta la mala faena que jisieron los judíos con nuestro padre Jesús, y me se sartan las lágrimas. ¡Como que fué una faenita pa quitarle á uno las ganas é reí en to un año... Josú! ¡Compare, que se estasté bebiendo mi caña! -Usté disimule. Ea! ¿Vamonos? -I Vamonos! ¡Niño... Ahí queda eso. Y Baldomero Torregorda, el Bayonetas, uno de los mejores oficiales de alpargatería de Sevilla, y Ramón Garduña, alias Rastrojo, borracho de oficio y relojero por afición, salieron del bracete y dando tumbos, de la taberna de Emiliano el Algarrobo. ¿A qué iglesia vamos, compare? -A la (le siempre, ar Sarvaó, que es aonde jasen mejón toas las cosas. ¿Ar Sarvaó? Compare, Acuérdesusté del año pasao; esa iglesia tiene pa nosotros mu nialita pata. -Pos á esa va el hijo de mi mare. ¡Ea! Pos no hay más que habla. ¡Misté que fué un gran invento er de las iglesias! -dijo Bayonetas parándose en seco, y alterando el ya inestable equilibrio de su amigo Rastrojo. ¿Aóndc entraste, y se sienta, y hasta oye toca una mijita é música sin costarle asté na? -Verdá es- -repuso el Rastrojo muy convencido, -y además de to eso, se codeaste con gente hna. -Aluego disen de los curas, compare. -Calurnias, señó; más güenos son que er pan. -Escuche usté, comjjare, ¿por qué alcvantasté tanto Jos pies al anda? ¿V asté jasicndo girnasia? -Señó, lo que m ocurre s que voy viendo escalones en tos laos. ¿Es que los hay ó es mi fantesía? -Su fantesía d usté. ¿De cuándo acá ha habido escalones en la calle é la Sierpe? ¡Vamos! Aligere usté, que no es cosa de que nos quiten er sitio en la iglesia. -Si, señó; pero asujétemc usté bien, porque con este buUisio é gente m he mareao un pcquiyo. ¿Y á mí quién m asujeta, compare de mi arma? Penosamente, dando traspiés y casi voltejeando llegaron Ramón Garduña y Baldomero Torregorda á la iglesia del Salvador. El templo, muy ébilmente iluminado, estaba atentado de fieles, y en el alto pulpito un sacerdote, con voz conmovida, predicaba el sermón de Pasión. Elubiérase podido oir el vuelo de una mosca: tal era el religioso recogimiento de los oyentes. Rastrojos y Bayonetas entraron en la iglesia, y á codazo limpio, pisando á éste, estrujando el sombrero al de más allá y molestando á todo bicho viviente lograron colocarse en buen sitio. ¿Sabusté que está esto una mijita oscuro, compare?