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yt LA V U E L T A DEL JÁNDALO Ya estoy aquí, Esta frase de Don J a L viene como anillo al dedo, porque ella os traducirá la emoción que me domina pisando el viejo solar de mis mayores; aquí nacieron en dulce paz mis dientes y mis cabellos, los mismos que ahora se van, cual golondrinas románticas, para no volver jamás, i Oh! i Allí la reja volada de mis amores está cubierta de jaramago, como el corazón falaz que olvidó tantas ternuras al marcharse á Bogotá. ¿Qué fué de ella, amigos míos? ¿Qué fué de la Soledad, que se quedó con su nombre por dejarse acompañar? ¿Murió? ¿Respetó la muerte su inconiparable beldad? ¿O acaso enterró su fuego bajo el tálamo nupcial? ¿Qué fué de aquella mocita, gala de Benisicar, que llevaba de cabeza hasta al mismísimo Alá? ¿Qué fué... i Vamos! relatadme con breve sinceridad cuanto sucedió en mi ausencia. Pronto diez años hará que por hacer el amor tuve que hacerme á la mar, dando en Cuba con mis huesos, como una sardina más. Fué Veracruz mi tormento; Quito, mi quita pesar la Argentina, mi esperanza; -i. la Guaira, mi ceguedad. Traigo en oro mejicanu iin bonito capital, y con esto y con la hacienda que aquí me dejé al marcha labraré un nido de amere: que me proporcione pan y ventura y me dé un vastago que anime mi ancianidad. Así el jándalo decía con perezoso ademán, bajo el quitasol de grana con que arrebola su faz. Así exclamó ante el cortijo donde, ocho lustros atrás, dióle á luz su hidalga madre que humos de grandezas ha. Blasón tiene, aunque gastado, oro tiene por gastar, y opulento en años vuelve á vivir en su heredad. Pródigo fué en sus amores y tornadizo y banal; mas disculpa tiene en todo, que es rico y noble el galán. Con miel de oro en la su lengua, ¿qué doncella era capaz de no morirse de amores, ni le oir, ni le mirar? Jáquima tuvo de plata, por gala de su alazán, y hoy sobre un asno morisco torna á su rancio solar Oyenle dos escuderos de apostura montaraz, que, en vez de armadura, gastan zahones de cordobán, y sombreros cordobeses por cimeras de metal. Rugas tiene la su cara, guasa viva la su faz, armas azules emplean, tabaco negro en picar. Al fin se impacienta el jándalo, y con voz de tempestad grita, descompuesto el rostro: ¿Queréis de una vez hablar? ¿Qué dudáis? i Camarauja! andan los tiempos mu mal pa corazones; los viejos, secos y amargos están; los nuevos son de regalo; por tu oro no se han de dai, ni el árbol seco retoña, ni el rio se güerve atrás. Ni los años que perdiste puedes, amigo, comprar. Con éste casó la mosa que viste en Benisicar, dando achares. al Profeta; conmigo, la Soledá. Jaste er nido como puedas, pajolero gavilán: alero en tu casa tienes; pajas no te han de faltar. T. F. OPOI. D 0 LÓPEZ DE SAA.