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m mTm En EíGm PAGINAS FEMENINAS CRÓNICA D E PARÍS MlEnCOLES 1 4 DE íE T a hora del té ha llegado á ser tan precisa como I la del almuerzo ó la de la comida. P a r a la mayoría de las personas constituye una necesidad ineludible, y como consecuencia de esta costumbre, puramente inglesa, ha sido preciso crear toilettes á propósito. Hace poco tiempo me ocupé de los teagozvns, encantadores por todos estilos; pero hoy voy á describir algunas toilettes para tomar el té fuera de casa. Aquí hay innumerables restaurants de todas categorías; cada uno tiene su clientela especial, que acude invariablemente de cuatro y media á cinco para tomar su merienda. Todos llevan el mismo objeto, al parecer, y, sin embargo, cada uno va impulsado por distinto motivo. E s muy interesante observar con espíritu investigador á varias personas que no se conocen entre sí y que se reúnen en un sitio adonde la moda, con su tiránica voluntad, las manda que vayan. Y o voy á Ritz porque es donde sirven mejor t é dice una rubia ideal poniéndose un abrigo de armiño guarnecido de renard bleu, que. cubre por completo un sencillo vestido de gasa blanca con bodoques negros, sin más adorno que la guimpe de encaje y una falda de liberty azul turquesa. P u e s yo- -contesta su amiga como si no hubiese oído el elogio cHrigido al té ó supiese su verdadero sentido- -no voy esta tarde á Ritz ni á Voisin porque no tengo gana de vestirme. Esta respuesta descubre el móvil principal que arrastra á las parisienses hacia los restaurants de moda. E s preciso seguir la corriente, 5 allí me encamino. Está materialmente lleno; sólo veo una mesita desocupada; sin duda porque está en un rincón ha pasado inadvertida para el público. Me siento y empiezo á escudriñar fisonomías y toilettes. Enfrente de mí está vma señora que me la figuro joven, y digo que me la figuro porque no puedo ver su cara. Lleva un sombrero inmenso de terciopelo negro, con dos crisantemos de cabritilla blanca; el vestido, también de terciopelo, está rodeado al borde de la falda con un renard blanco, igual al Cjue cubre sus hombros; sobre la mesa tiene el manguito, de la misma piel. Se quita los guantes. ¡Qué bonitas m a n o s! Le traen el té y pide varias cosas. Al ver su mesa, cubierta de tartincs y gateau. r, no puedo menos de pensar que mi vecina no ha debido almorzar; pero me sorprende que no empiece á tomar ninguna de aquellas golosinas teniendo tanta hambre como yo supongo. Distraídamente se cambia las sortijas de una mano á o t r a luego da vueltas á su collar, como si estuviese contando las perlas que tiene... y, por fin, se sirve el té. Lo revuelve mucho con la cucharilla, y yo pienso que la gustará frío; luego coge un pcdacito de kakc y lo tritura con el cuchillo, y, por último, se pone los guantes, paga la cuentecita que le presentan y se va sin haber probado nada. In- dudablemente, esta señora no viene aquí por el té. A mi derecha tengo dos muchachitas con txna institutriz, que disfruta de la merienda y saborea el aromático líquido con verdadero deleite, mientras las niñas organizan una excursión alpina, discutiendo quiénes han de ser de la partida. U n a de ellas, pensando en la nieve, olvida que aquí había caloríferos, y la pobre está sofocada como en un día de canícula. Lleva un precioso vestido de z oile ninon marrón, plegadito, con un borde de nutria de medio metro, un fígaro de la misma piel y cordeliere de plata oxidada en la cintura; su carita, roja como las amapolas, aparece encadrée en una gorra de nutria que le tapa las orejas, y pendiente de su brazo, con gruesos cordones, descansa en el suelo un bolsillo, que si tuviese facultades para pensar, compararía su suerte con la de sus antecesores, viendo con pena que aquéllos descansaban en la falda de sus dueñas ó sobre una mesa y Cjue él siempre está en el suelo sufriendo pisotones, temblando ante el temor de que sus compañeros, el espejo, la bomibonera y el frasco de sales, concluyan sus días en mil pedazos. Es tarde y no puedo seguir en mi observatorio; me levanto para marcharme, y afectando gran indiferencia envuelvo en una mirada á todos los allí congregados y me convenzo de que la mayoría no saben si el té es bueno ó m a l o pero para ver toilettes extraordinarias, ver mujeres elegantes y saber noticias del gran mundo, hav que ir á Ritz. CONDESA D A R M O N V I L L E ELLAS MISMAS SE CORRIGEN ü n Inglaterra, que es, sin duda alguna, el país de las originalidades, se ha fundado una Sociedad para poner un freno al exceso de lujo. Mrs. Frederic Harrison se ha adherido á la idea con un entusiasmo indescriptible, y trabaja para su desenvolvimiento con pasmosa actividad. El reglamento de la Sociedad está perfectamente hecho, sin olvidar nada de lo concerniente al objeto para que ha sido fundada. Todos SUS miembros se comprometen á no gastar en vestirse más del cinco al diez por ciento de su renta, prescindiendo de los cambios constantes de la moda, que son la causa de que las mujeres se conviertan en mariposas y no puedan pensar más que en gasas, pieles y encajes, ahogando todas sus facultades intelectuales en ese ambiente frivolo é insubstancial. Dos veces al año solamente podrán ocuparse los miembros de esta liga económica de renovar su guardarropa, eligiendo la primavera y el otoño, por considerarlas como las épocas más á propósito. Cuando las flores brotan, el ánimo se inclina á las telas vaporosas y á los colores claros, y más tarde, cuando los árboles pierden su follaje y el suelo se cubre de hojas amarillentas, es el momento oportuno de pensar en abrigos y trajes de invierno. Fuera de estos días designados en los eststutos,