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cado su corazón y sus ojos llenáronse de lágrimas. Se apoyó contra el álamo, suspiró y serenóse. La viejccilla, al verlo, hizo la señal de la cruz, por si cosa de encantamiento ello fuese, y lo miró espantadica, con sus ojillos claros de dulce mirar sereno. -Buena mujer- -musitó el aparecido, -por el amor de Dios, ¿me dará una sed de agua? -Con alma y vida, cristiano- -contestó la anciana; -pero ¿no le hará mal? Mire que es fría que corta, y sudando lo veo... Detras de aquellos chopos está mi casa. ¿No querrá mejor una escudilla de leche? -Déme ahora el agua, abuela, que me muero de sed ya me dará la leche, si allá llegamos. Fregoteó la vieja su hortera, llenóla de agua y se la ofreció al viajero. Este se inclinó para tomarla y, sentándose junto á la mujer, bebió ansiosamente. -i Dios se lo pague! -le dijo, devolviéndole la escudilla. ¡La vida me ha devuelto! -No hay mejor vino que el agua- -sentenció la nueva Rebeca echándolo á broma; y picada por la curiosidad femenina y senil, añadió: -i Viene de muy lejos, señor... -De muy lejos... de muy lejos... De allá de la isla de Cuba... ¡Virgen mía de mi vida, que allá tengo yo un hijo, y no sé de él siglos hace! -Los hijos siempre somos ingratos con las madres... -No el mío, señor; no el mío; que siempre de mí se acordaba y carta suya recibía todos los meses... ¡Bien pensaba él en su madre y el un centén y los dos centenes nunca de él me faltaron... Pero dejó de escribir; olvidóse de contestar, y yo di en morirme sólo de pensar en él, tan amante, tan bueno... ¿Qué será del hijo de mis entrañas... -Eso hice yo, buena mujer. También yo escribía; y el centén y los dos centenes nunca á mi madre le faltaron; pero un día, uno de esos días que valiese más que nunca amanecieran, en mi camino se atravesó una mujer... Yo era un castillo y ella hizo de mí una ruina y por eha perdílo todo; tras aquella mujer se fué mi corazón y voló mi hacienda y se agostó mi vida, y por olvidarme de todo, me olvidé de mí y hasta me olvidé de mi madre de mi alma... -También mi hijo es un roble; en casa tengo su retrato, con una barba de emperador que encanta y todo vestido de blanco, como una paloma. -Así vestimos per aílá: póf fuera, todos ríe blanco, aunque por dentro llevemos el alma negra. -Raras tierras son aquellas tierras. Dicen que allí clarea cuando aquí anochece... Y el espectro, poniendo en sus labios todas las hieles que amargaban su alma, contestó: -Sí; allí clarea cuando aquí anochece, y hacia la luz nos vamos; y cuando allí es de noche, aquí es de día, y hacia la luz volvemos... ¡Al ir y al volver, se van quemando nuestras alas! -Por ventura, ¿no habrá visto por allá á mi hijo? -Y por suerte, ¿no sabrá por acá de mi madre? Al aparecido le acometió una congoja, y la anciana, al verlo ahilarse, sostúvolo con sus brazos y sobre su pecho dejó descansar la sudorosa cabeza del desvanecido. ¡Qué bien se está así, viejecita! -murmuró éste con pueriles acentos. -Descanse, hijuco, y no se me acobarde... ¿Por qué me llama hijuco, buena mujer, que el alma se me estremece al oírla... ¿Me deja ciue yo la llame madre? -Si no le espanta mi soledad y mi pobreza, á gloria me sabría... Y entonces el indiano, con añorante balido lastimero, deshaciéndose en llanto sobre aquel pecho compasivo, repitió: ¡Madre... ¡Madre... Y reuniendo todas sus fuerzas, subiendo á sus labios todo el tesoro de su filial ternura, estrechó á la anciana entre sus brazos y exclamó sollozando: ¡Madruca de mi alma... Y al oír la pobre vieja el grito aquel, grito del corazón, voz de la verdad, rasgáronse los cielos y entre rayos de luz cárdena, cegadora, vio claramente lo que ni por asomo sospechara, y enloquecida ayeó: ¡Tú! i Eres tú! ¡No puedes ser nadie más que tú, hijuco de mi vida... Y sobre aquel montón de miseria- -una vieja decrépita abrazada á un moribundo, -dos almas, en su inmortalidad eternamente jóvenes, fundiéronse en un beso del más puro amor, y se elevaron revoloteando por encima de las copas de los álamos... Una ancha línea de fuego incendió el horizonte; sonó á lo lejos una campana; y un murciélago ominoso extendió sus alas sobre el ancho disco amarillento de la naciente luna llena... VICENTE DIEZ DE TEJADA. Dibujo (le Méndez Bringa. 5-