Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
plata, de troncob de bruñido ace fo ornados de arabescc 3, hunden sus raíces en la tierra fresca y húmeda y retratan la belleza de sus copas en el claro espejo de las linfas. Los árboles están cuajados de nidos, los nidos henchidos de p á j a r o s y al gárrulo rumor de las hojas bailarinas agitadas por el viento, responde el alocado gorjear de las aves, el piar penetrante de las crías en los nidales y el rápido aleteo de la bandada asustadiza, que desde el bebelero se acoge al seguro asilo de sus amores. Aquello es la fuente del pueblo, y el pueblo ha odeado de lastras bruñidas por el sol y por la llu ia la amplia taza en que las aguas brotan. Inclinándose sobre ella, se ve en su fondo reflejados los árboles y los cielos, y, suspendido en el espacio, aparece el lecho del recipiente, de menudas arenas, de piedrecillas blancas, de guijarros brillantes... E n varios puntos, las arenillas muévense tembladoras, hirvientes, empujadas por el agua que m a n a y á las veces, una burbuja gaseosa despréndese del fondo inquieto y en rápida espiral asciende hasta la lumbre de las aguas, formando una campanilla irisada que estalla, conmoviendo el haz de las dormidas linfas. L a s mozas del lugar llevan sus cántaros á la fuente, húndenlos en la presa, y las sedientas ánforas degluten el agua con glotones tragos sonoros. Y entonces, las canciones y las risas de las nozas se unen al concierto del viento, de las hojas de los pájaros. Prueban sus flautas los sapos, roan las ranas alborotadoras, silba el buho truha- lesco su lastimero mayido, cae la tarde y se encienden las estrellas. También la arrugadita anciana, premiosa, torpe, insegura, acude á la fuente con su cantarillo. No le permitirán sus escasas fuerzas zambullirlo en la poza y de ella sacarlo lleno y reluciente: lo colocará sobre una piedra, y con una escudilla de barro ó con una hortera de fresno llenará la vasija lentamente, y apoyándola sobre la descarnada cadera- -que algún día el amor ciñó con sus brazos, -estrechará la cantarilla, acariciándola con los sarmentosos dedos de su mano temblona. Y así regresará al silencioso hogar tras el cortinal oculto, sobre el cual se eleva la columniía de humo azulado; y la noche la alcanzará en el camino, y la lechuza la acompañará silbándole al oído sus cuitas y sus consejas... Ella, en tanto, irá rezando por sus vivos y por sus muertos. Por sus muertos, tan próximos, que escuchando un poco oye sus llamadas; por sus vivos, tan lejanos, que no lo estuvieran más viviendo en las estrellas. Al atardecer de un día fué nuestra viejecüla á la fuente. Estuosa había sido la jornada, aunque ya apuntaba Octubre. El campo estaba reseco, grietad o empolvados los álamos; silenciosas sus copas. Sentóse la anciana junto al manantial, sobre una piedra, y enjuagando su escudilla, acercósela rebosante á los labios resecos, bebiendo con fruición el fresco liquido, no sin antes m u r m u r a r devotamente P o r aquí pasó Jesús con tres clavos y una c r u z dijo que cuando bebiera tres veces ¡J e s ú s! dijera. i Jesús, Jesús y J e s ú s! Y al alzar la vista vio en pie, junto á ella, un espectro que ansiosamente la miraba... E r a el aparecido un hombre joven aún, envejecido ya, demacrado, terroso, con la guadaña de la muerte clavada en sus pulmones. Apoyábase ja deante en el tronco de uno de los álamos y su entreabierta boca aspiraba voraz los aires embalsamados de la campiña. Vestía de negro, como se ataúda á los muertos por consunción: con ropas holgadas, huecas, que acusan el descarnado esqueleto cubríase con un largo guardapolvo que parecía una mortaja y tocaba su cabeza, de húmedos y pegajosos cabellos, con un rico jipi- japa que se le hundía hasta las sienes. Cruzaba su hundido pecho gruesa leontina de o r o ostentaba áurea botonadura antiartística, de pobre que ha medrado, formada por centenes para los puños, y doblillas de veintiuno y cuartillo para la pechera; en sus dedos bailaba un anillo en el que refulgía un grueso diamante, y entre sus labios, abrasados por la fiebre, relucían unos dientes de oro, nunca vistos, jamás soñados, que asombraban y que repelían, como si estuvieran dispuestos á devorar corazones de vírgenes que á sus cortantes filos entregasen los lirios de su pureza. El espectro mostraba su rostro cadavérico, afeitado á uso americano: mondo, sin bigote ni barba, rapado y limpio. Sobre él acusábase prominente la afilada nariz, agrandábanse los ojos, negros, fulgurantes, febriles, y rasgábase la boca desmayada, con sonrisa angustiada, triste, dolorida... L a diligencia del correo había dejado al espectro en la carretera, á la entrada del pueblo; y él, cruzando el prado, se había encaminado hacia la fuente, en la que, si no princesas con cabellos de oro, peinados con escarpidores de cristal, yacían encantados los recuerdos de una infancia dorada y libre, perfumada con fragancias de heno seco y de pomas sazonadas, de tomillos del campo y de saúcos del bosque, de incienso del templo humilde y de vaharadas del caliente establo... ¡Aquella fuente en cuyas lastras colocó la primera vareta, traidoramente enligada, junto aquellos árboles en los cuales arrebató el primer nido, con cinco jilguerillos boquerones, que devoraban miguitas de pan y querían tragarse el dedo que los cebaba... i L a fuente del lugar... ¡L a fuente de la vida... Antes de que la viejecita viera al hombre, el espectro había visto á la anciana; y, al verla, sintióse desfallecer; núblesele la vista, alborotóse alo-