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hasta el día en que los azares de su vida nómada les llevaron cerca de la granja de Rancey, de que era Ladrange propietario. iSautista confesaba. que no siempre les había puesto su industria al abrigo de las prirneras necesidades, cosa que atribuía, en su énfasis pedantesco, á la ignorancia y estupidez de la especie humana Pero lo que no confesaba era el sistema de embrutecimiento y de tortura que había seguido con su antiguo jefe convertido en su criado. Tal vez había querido el empírico vengarse de las humillaciones que Francisco le hiciera sufrir en otro tiempo; tal vez había temido personalmente la feroz energía de aquel asesino que tomó por compañero y por sirviente. Lo cierto es c (ue él se propuso debilitarle con una alimentación insuficiente, embrutecerle por medio de licores fuertes, quebrantar todo su vigor moral y físico, ensayando en él los efectos de las drogas que empleaba, y acabar de domarle por medio de la fuerza bruta, en lo cual alcanzó el éxito que ya hemos visto. Seguramente Francisco no cayó, sin luchar, en aquel grado de atonía y de imbecilidad. Varias veces intentó, en los primeros tiempos, envenenar á su amo ó clavarle de improviso su cuchillo; pero Bautista, siempre prevenido, hizo fracasar aquellas tentativas, que sólo sirvieron para acrecentar el odio contra su víctima. Daniel sabía ya lo bastante para comprender el espantoso drama que había venido desenvolviéndose desde hacía diez años entre aquellos dos monstruos, y dijo á Bautista con acento de profunda repugnancia: ¿Con qué derecho, miserable, habéis usurpado, respecto de vuestro compañero, las terribles funciones de verdugo? A falta de la justicia humana, ¿por qué no habéis dejado á Dios y á su conciencia el castigo de sus crímenes? -Si yo he sido su verdugo- -contestó el charlatán con voz sombría, ¿creéis que él no lo ha sido mío. ¡Y vosotros, hombres honrados, condenáis mi dureza con el jefe de los bandidos de Orgeres! Yo creía, por el contrario, que tenía derecho á vuestro agradecimiento, puesto que os vengaba á todos. Y acercándose á tomar el pulso al enfermo, dijo fríamente, después de contar las pulsaciones: -El momento se acerca; dentro de algunos minutos todo habrá concluido. ¿N o os parece que debo avisar al cura de la aldea? -preguntó agitado Daniel. -Tal vez conseguiría... -Antes de que llegue el cura- -respondió Bautista- -habrá exhalado el último suspiro. -Ea, Francisco- -dijo Daniel con acento solemne, aproximándose al moribundo; -si os queda un resto de inteligencia para comprenderme, oíd lo que os voy á decir: vais á comparecer delante de Dios y á darle cuenta de todos vuestros crímenes; ¿no tendréis en esta hora suprema una palabra de arrepentimiento? Los sentidos de Francisco parecieron despejarse; sus labios se movieron, pero Daniel, que se inclinó hacia él, sólo percibió palabras confusas. Sin embargo, haciendo un esfuerzo, el moribundo contestó con voz clara: ¡Dejadme! El infierno de la otra vida no puede ser más horrible que el infierno de ésta... ¡Dejadme! No hay arrepentimiento, no hay perdón, soy demasiado culpable... He matado á mi padre, he matado á mi hijo... i Que el diablo cargue con mi alma! ¡Quisiera... El resto de la frase se perdió entre una oleada de blasfemias ininteligibles. -T o d o el mal- -prosiguió balbuceando- -ha provenido de aquel padre y de aquella madre que me abandonaron al nacer. ¡Oprobio y maldición! i Que el infierno... Exhaló un profundo suspiro, y quedó inmóvil, con la boca abierta, sin poder acabar su imprecación. ¡Ha muerto! -dijo el comandante, después de un rato de silencio. -De la muerte de un sabio- -añadió Bautista con burlona sonrisa; -ha muerto, como Sócrates, por haber bebido la cicuta. Daniel estaba vivamente impresionado a n t e aquella fúnebre escena, y Vasseur se apresuró á sacarle á la sala del figón, donde Ladrange se dejó caer en un banco con abatimiento. Mientras su amigo se tranquilizaba algún tanto, acercóse el comandante á Bautista, que les había seguido con aire imperturbable. -Ahora, señor doctor- -le dijo en voz baja, pero con firmeza, -tenemos que entendernos nosotros... Vais á venir conmigo, si no lo lleváis á mal, á casa del alcalde de la aldea. ¿Y para qué, señor? -preguntó el supuesto doctor. ¿Para qué? ¡Buena es esa! Para hacer la declaración del fallecimiento de vuestro, criado y de la imprudencia que la ha producido. -Vuestra presencia es inútil, y, con vuestro permiso, iré yo solo á ver al alcalde, cabo Vasseur. ¡Cabo! Podéis llamarme comandante, porque he ascendido algo desde que no nos hemos visto. De todos modos, se me ha puesto en la cabeza que vengáis conmigo á casa del alcalde, y vendréis. ¡Ea! i Basta de chachara! Todavía tengo los puños sólidos y os llevaré de grado ó por fuerza. Y cogió al doctor por el cuello, sacudiéndole como si fuera una caña. Pero el falso Lamberti no pareció asustarse demasiado ante aquella demostración amenazadora. -No me desgarréis el traje, señor comandante- -dijo con su tono enfático. -Estoy pronto á seguiros. Pero creo que no os sorprenderéis si digo al alcalde el verdadero nombre y la familia del difunto Guapo Francisco. ¿Qué queréis decir? -preguntó Vasseur soltándole acto continuo. -Pues qué, ¿no usaba el Guapo Francisco otro nombre que ese? -Había tomado el de Pedro Guichard- -contestó Bautista arreglándose el vestido, -y bajo tal nombre tiene sus documentos en toda regla; pero yo sé su verdadero nombre y conozco la distinguida familia á que pertenece. ¡Vos U- -dijo Vasseur, abriendo desmesuradamente los ojos. Continuará.