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F O L L E T Í N D E B L A N C O Y NEGRO LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA NOVELA POR ELIAS BERTHET 36 CONVÍNUACION perada. Si no consigo administrarle un contraveneno, dentro de pocos momentos habrá dejado de existir. -Si, hay que socorrerle inmediatamente- -exclamó LadVange. -Es preciso obligarle á tomar esa poción. El charlatán contempló á su criado, que ya apenas podía moverse y cuyos labios se iban poniendo negros. -Temo que sea ya demasiado tarde- -dijo fríamente -pero tranquilizaos, señores; si ese hombre muere de resultas de su temeridad, no se habrá perdido mucho. Volvió á presentar la poción al enfermo; éste se agitó débilmente, pero imposibilitado de resistir más, bebió, murmurando: ¡No más drogas... Piedad, patrón, piedad por última vez. Hubo un rato de silencio; el moribundo, sumido en una atonía profunda, no hacía el menor movimiento. El charlatán observaba á los dos amigos, cuyas maneras le daban que pensar. -Bautista el Cirujano- -dijo de pronto Daniel con voz vibrante, ¿tanto odiáis á vuestro antiguo jefe, para haberle hecho sufrir tanto? Al oírse llamar por su nombre, Bautista dio un paso atrás, y maquinalmente llevó la mano á sus anteojos azules, como para asegurarse de que ocultaban suficientemente sus facciones. Sin embargo, no trató de negar su identidad. ¡El Sr. Ladrange... ¡El juez! -contestó cortado. -Sabía que estabais en el país, pero no podía pensar que... -Pues ¿y á mí, señor doctorf- -dijo Vasseur con burlona sonrisa. ¿No me conocéis también? Por mi parte, he procurado no olvidaros desde una cierta aventura, y me alegro muchísimo de veros. ¡El gendarme Vasseur -exclamó Bautista con verdadero terror. Pero reponiéndose en seguida, prosiguió Y bien, ¿qué queréis de mí, señores? Demasiado sabéis que en el asunto de la banda de Orgeres no he sido juzgado ni condenado, y que se averiguó, en efecto, que no tuve participación en loi. crímenes de aquellos forajidos; no hice más que asistirlos en mi calidad de hombre de ciencia, experto en el arte de curar. -No alcéis tanto el gallo, doctor de Satanás- -dijo indignado el comandante, -que ya os llegará la vez; mas por el momento no se trata de vos Ese sujeto- -señalando al moribundo, ¿no es él Guapo Francisco, á quién llamabais el Meg de la banda de Orgeres? No trataré, de negarlo, señores, y ya no har oeligro para él en confesarlo, porque va á expirar. El contraveneno ha llegado demasiado tarde. En efecto, el Guabo Francisco, puesto que ya sabemos el verdadero nombre del criado del charlatán, continuaba debilitándose con rapidez; sus extremidades estaban ya frías y sus ojos tenían ese aspecto vidrioso, indicio de una próxima muerte. Las convulsiones habían cesado. Aquella organización, gastada por toda clase de excesos y privaciones, no tenia ya íuerzr, para luchar contra eJ mal interior. La muerte parecía tomar tranquilamente posesión, sin espasmos ni agonía, de aquel repugnante esqueleto. En cambio, y como sucede con frecuencia en tan supremo momento, reaparecían de una manera distinta, bajo las cicatrices del Guapo Francisco, los antiguos rasgos característicos de ru fisonomía. ¡He aquí en lo que ha venido á parar! -dijo Daniel entre horrorizado y compadecido. Vasseur, entre tanto, había pedido explicaciones á Bautista el Cirujano, y el charlatán no puso dificultad alguna en responder á sus preguntas. Refugiado el Guapo Francisco en las provincias insurrectas, había llevado una existencia criminal y vagabunda, hasta que la pacificación devolvió aquellas comarcas al imperio de la ley. Acosado en todas sus guaridas, solo y sin recursos, el jefe de los bandidos de Orgeres no podía dejar de ser muy pronto capturado, cuando encontró por casualidad, en una escondida aldea de la baja Bretaña, á su antiguo camarada Bautista el Cirujano. A pesar de sus antiguas querellas, no les costó gran trabajo el entenderse, porque se necesitaban mutuamente, é intentaron conjurar juntos los peligros de su situación. Los periódicos de aquella época habían dado cuenta del proceso de la banda de Orgeres, y por ellos sabía Bautista que no resultaba contra él ningún cargo importante, y que, en el caso de ser habido, sólo tenía que temer un encierro más ó menos largo, eventualidad que no podía inquietarle demasiado. Confiaba además en los recursos de su ingenio y en su habilidad en desfigurarse, para burlar la vigilancia de los agentes de la autoridad. No sucedía lo mismo respecto al Guapo Francisco, que había adquirido una inmensa celebridad y cuya filiación había circulado profusamente por toda Francia, después de su evasión de las prisiones de Chartres. El jefe de los bandidos de Orgeres se distinguía por su elevada estatura y por aquella regularidad de facciones que le había valido su sobrenombre de Guapo Francisco; el primer gendarme que le encontrase no podía dejar de reconocerle á primera vista. En presencia de estos peligros, el Guapo Francisco no vaciló en tomar un partido que le propuso Bautista y que el cuidado de su propia seguridad hacía necesario: tuvo el triste valor de quemarse la cara con ácido sulfúrico, y de aquí provenían las horribles cicatrices de que hemos hablado. Desde entonces, Bautista y Francisco habían recorrido el país ejerciendo la profesión autorizada de charlatanes y cuidando de no presentarse en las provincias donde habían vivido en otro tiempo.