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TRA CONCLUGION Al día siguiente empezó Manolito su ruda tarea. l.o s herederos de D. Policarpo López, cuando iban á casa del notario para cobrar lo que les había cj- rrespondido, vieron al muchacho. Tomás le gritó en tono festivo: ¡Animo, iVianolin! Y Ramón añadió con una sonrisa: -Dios quiera que cuando mi hija esté en eccd de casarse encuentre un marido como tú. El muchacho trabajó sin descanso, consiguiendo que las tres cuartas partes del terreno estuvieran dispuestas para la siembra cuando llegó su época. Ramón le prestó un arado y un saco de trigo. -Sé prudente- -le decían algunos labradores viejos que sabían la historia de los pájaros negros. -Ten cuidado cuando el trigo crezca, y si bajan á comérselo, no los espantes, porque te dejarán ciego. -Ya tomaré mis precauciones; pero no creo que existan esos pajarracos. y en efecto, Manolo no los vio, y el trigo se Policarpo sabía que no necesitaba llave para guardar su fortuna: le bastaba con la leyenda del campo maldito. -i Qué contentos se van á j oner sus primos cuando los llame usted para darles todo este dinero. -Poco á poco, hijo mío; lo que hay en tu propiedad tuyo es. Y este sobre? -Puede que sea un segundo testamento. Anda, ves corriendo á buscar á los hermanos Gómez, y (liles que vengan á escape; yo espero aquí. Al poco tiempo llegaron los tres, seguidos de gran número de curiosos. El notario rompió el sello del sobre y leyó en alta voz. D. Policarpo decía en términos muy concretos que legaba todo cnanto contenía su caja de caudales al que ia descubriese limpiando el terreno de maleza y cultivándolo, y añadía que estaba seguro obrando así de hacer la fortuna de Manolito. La fisonomía de Tomás hizo reir á todos los allí reunidos. Ramón estrechó la mano del muchacho, y le dijo: -Cuando se tienen hijos se siente perder una fortuna pero me satisface que haya recaído en ti. Que te sirva jjara tu felicidad temporal y eterna. Manolo no consintió que nadie le ayudara para terminar su trabajo: cuando hizo la siega dio una buena parte a los espigadores y á otros pobres. I5 espués compró otras tierras, hizo una gran obra en la casa de su madre, y se presentó arreglado con la ropa de las grandes solemnidades para pedir la mano de Trinuca, la hija de Ramón Gómez. La muchacna, roja como una amapola, aceptó sin vacilar, y el padre, loco de contento, exclanió: -Se tía realizado mi deseo; Dios bendecirá vuestra unión, y los pájaros negros no volarán sobre vuestra hacienda, porque Trinuca no negará nunca la parte que les corresponda á los desgraciados. MARÍA DE P E R A L E S UNA INJUSTICIA r puso altísimo y maduró con el calor del sol, mientras él seguía hmpiando el terreno de zarzas. Un día que, como siempre, cstabí en su faena, pasó por allí D. Justo García. -Buenas tardes, muchacho- -le dijo. -Ya veo que Ja tierra maldita ha perdido su nombre. Tomás está arrepentido de habértela dado. -No me extraña, porque el tío me lo decía. Mire qué hermosa piedra para tapar una gotera que hay en casa. La he descubierto esta mañana. El notario se acercó y la golpeó con su bastón. -Suena á hueco; á ver si puedes levantarla. Manolo obedeció, y, haciendo un esfuerzo, pudo icvantarla. Un agujero enyesado y una gran olla aparecieron ante su vista. ¡Calla! Esto será sidra. El notario, más experimentado, la destapó, é in. ¿linándola hizo que rodasen varias monedas de oro pnr el suelo. -Algo sospeeliaba yo de esto- -murmuró. -Don ¿Te has examinado, Andrés... ¡Vaya una pregunta, Pedro... -Dispensa; yo no sabía... -Place ocho días lo menos que terminé el tercer año del bachillerato. -Bueno, pues te doy la enhorabuena más cordial. -Te la agradezco; mas no debo recibirla. ¿Por qué? -Pues porque me han hecho una injusticia muy grande en Historia. ¡Cuánto siento qiie en mi examen no estuvieses... Como amigo verdadero, ya hubieras visto que no quisieron premiar mis méritos los profesores... En fin, otra vez será; ¿no es eso... S í y dime, ¿qué lección te preguntaron... -i Ay, Pedro; una lección que sabia al dedillo! ¡ya lo creo...