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-Presento á ustedes- -les dijo- -al Sr. D. Luciano Manzanares, corresponsal de varios periódicos de Madrid y de nrovincias. Esta profesión era un talismán para aquel reservado matrimonio, pues desde que se enteraron de que yo escribía en La lira moderna, de Madrid, y en el Eco de los salones, de Carabanchel Alto, estuvieron conmigo comunicativos y amables en grado sumo. Por ellos, ó, por mejor decir, por ella, que era la que llevaba la voz parlante, pues él se reservaba sin duda para la cantante, supe que en la noche de su debut nos ofrecerían una novedad puramente española un espectáculo nuevo y original en el que fundaban las mayores esperanzas de éxito. Insinué yo algunas preguntas, pero de tal modo me manifestaron su deseo de que el número fuera una verdadera sorpresa, que no me pareció discreto insistir y me quedé á la altura de mis contertulios respecto al n ú m e r o del programa. -Espera m o q u e será bien gentile con nosotros- -me dijo la estrella cu a n d o me despedí, y al darme la mano, añadió -E ni u n número proprio español. -Esjiañol, c s p añol- -repitió su consorte sin dejar d emasticar el b i f t e c con patatas, -español. Todo llega en el mundo y al cabo lle gó la noche del de but de los K a ni clowski, al que asistimos gran parte de la tertulia nocturna. Cuando 11 e g ó su número, apareció en la escena una decoración de jardín y un telón de fondo de M a r i 11 a, y á los acordes de un vals de Metra, bastante oído, a areció la bella Ivamelowski sobre una gran concha- remolcada i o r un cisne, como una especie de Lohengriii i. hembra. Creía m o s todos que iba á cantar, y nada. La ninfa, que en realidad estaba muy guapa y muy ligera de ropa, se pascaba tranquila sobre las aguas haciendo posturas académicas. El público estaba como en misa, y hasta ver en qué paraba aquello no había dicho á la artista ninguna barbaridad más ó menos galante, cuando vimos aparecer en una lancha á su señor esposo, vestido de capitán de barco. El hombre saltó á tierra, avanzó majestuoso hasta el proscenio, cambió la orquesta de r. irc, y el gran Kamelowski se puso á cantar con su boca de besugo y una voz do bajo profundo la canción del vagabundo con su peculiar pronunciación. No nos había engañado Antcñetc en. lo de las oes. El capitán mercante, mientras su esposa seguía haciendo contorsiones con el cuerpo y moviendo los abiertos brazos como quien alegra en la suerte de banderillas, nos cantó: Híip. grio de mis arnoros, patrio querido, alegro con tus candónos mi tristo vido... Aquello era demasiado grotesco para que ei público lo sufriese con calma y comenzaron las risas y el pitorreo á media voz; pero uno de la galería alta llegó á indignarse y con toda la fuerza de sus pulmones le gritó: ¡Burro Acabó el hombre como pudo, cayó el telón, se dijeron cuatro gansadas y nos fuimos á la tertulia. Contando estábamos lo ocurrido á los que no habían estado en la función, cuando penetró en nuestro saloncito la joven Kamelowski con una porción de papelotes y con los ojos preñados de lágrimas. -Vean, vean, siñori- -nos decía extendiendo sobre la mesa los documentos, -Sonó periódico de tuta la sfampa del mundo: Italia, Almaña, Fransia. Suisera. Poriogalo, Londra, anqtic Barselona. El mío marido é loado como artista é aplaudido é chelehrado; so inente acul, solmcnte en esta chita le han dicho del buró. Ninguno s a b í a mos qué cara 3o ner, cuando Ant o ñ c t f que todo lo c ue t; ¡nía de enredador ÍVl de burlón tenía d; ÍS corazón noble y gcjí neroso, puso e s t a vez su travesura al y íí -Á servicio del consuelo de aquella pobre gente y dijo á la afligida estrella: -No, no, señora. Están ustedes a sando un mal rato sin motivo. Han entendido ustedes mal. ¿E n t c n d i á o mal? -reijiíió e 11 a maquínalmcníe. -Sí, señora. Su esposo de usted tiene una v o z m u y fuerte y e s o aquí gusta mucho. ¿Gusta muciic; -Muchísi m o. aquí es costumbre, cuando un cantante q u c istá gustando va á atacar una nota, animarle, gritándole ¡duro, duro 1- ¿Duro? -l3 nro. Y ustedes han creído que decían burro. El rostro de a uelia mujer se transfiguró; se secaron sus lágrimas; un relámpago de alegría iluminó su liermoso rostro, y sonriente fué á la puerta del pasillo, por el ue se paseaba cabizbajo el marido, con la pipa en la boca. ¡Arturo! ¡Mío caro Arturo, vieni! Esto siñori f cntüe te dirano. Nada de buró. Arturo mío; r oii á buró; é duro, ¿tú sai? duro. Quitóse el hombre la pina de los labios, asomó la cabeza á nuestro salón, frunció encolerizado el entrecejo y dijo con su voz cavernosa: ¡Nado do duro! y üii Lo lio oído con todos sus Giró sobre sus talones, le siguió su mujer acongojada, y desde Antoñctc hasta el último guasón de la partida nos quedamos callados y nos retiramos tristes aquella noche. ¿Pero qué diablo le sugeriría á aquel hombre la idea de estropear el pobre vagamiuv- io, vestido de ca pitan mercante? fc CARLOS LUIS DE CUENCA Dibriif s d Medina Vera