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la Naturaleza. Anadie las hizo el menor caso, y nadie se recató ara cortejar y galantear á la madre en presencia de las muchachas, convertidas por la mamá caprichosa y ligera en doncellitas qtie la vestían, calzaban y adornaban, y trabajaban en sus prendidos y perifollos. Muerta súbitamente, de un mal que no se sui) o definir, la madre, las muchachas se retiraron del m u n d o por completo, á pesar de que algunas de sus amigas afirmaban que aciuellas chicas- -Paulina, Marcela y Rosario- -eran animadísimas y amigas de diversión, y ahora, libres iban, á pesar de su fealdad, á pasarlo muy bien, darse una vida excelente. No se cumplieron tale: augurios. Las jóvenes- -entonces se las podía Ha m a r así- -se encerraron en su casa á 5 Íedra y lod y entonces, al notar que, transcurridos tres años, no se las veía el pelo y continuaban en la misma soledad y retiro, hubo c ue buscar un móvil á su conducta exfraña; y el móvil fué la avaricia. En efecto, las tres huérfanas demostraban una economía antipática, odiosa. Todo tiene su límite, todo debe hacerse con medida. Bueno que ahorrasen, si era verdad, como se murmuraba, rjue la veleta de la madre había dejado deudas y trampas, por el afán de lucir; ¡pero no t a n t o! Las hermanas prolongaban el luto para prolongar la vida del único traje de merino negro que se habían hecho al suceder la desgracia. Y el traje ya no era negro, sino verdoso, y los zurcidos de codos, pecho y cuello asombraban por lo complicados. La comida la formaban algunas legumbres que les producía el huertecillo de la casa de campo donde pasaban la primavera y parte del otoño. Allí criaban gallinas y cerdos, pero los vendían en el mercado. Llegaron al extremo de vender las ropas de su madre, sus alhajuelas, sus abanicos y adornos, á una prendera. También se deshicieron de muebles. Todo lo que podía producir dinero, vendíase. Y en el pueblo las pusieron e apodo de las Cutres. E n breve, nadie las conocía sino por este remoc uete ignominioso. Un día, en que llamaron á un caiqDÍntero por inevitable i recisión, éste puso la cuenta de su trabajo encabezando así: A Salvador Fenc, deben las señoritas de Cutres... ¡Hasta tal punto se había olvidado el apellido de las hermanas! Lejos de amainar en su avaricia, las Cutres parecían poseídas de una fiebre de miseria. Despedida su única criada, hacían ellas todos los menesteres, y, cavaban ahorrando un jornalero. Su femenilidad, su juventud, desaparecieron pronto en esta vida de insectos metidos en su agujero, de obscuras- polillas, siempre royendo el mismo trozo de madera. De tal suerte se escondieron y borraron, c ue se las olvidó, y únicamente como término de comparación salían á relucir. Mujer, desecha ese vestido, ó regálaselo á las Cutres decían los maridos á sus esposas, cuando prolongaban con exceso la vida de un trapo. E s t e sofá ya hay cpe mandárselo á las Cutres para su salón... E r e s más cicatero que las Cutres... E n el mercado- -el pueblo detesta la avaricia, -las vendedoras escupían al nombrar á las Cutres. Corría la voz de que ya tenían reunidos millones. Y, á los veinticinco años de morir su madre, no faltó guien emitiese la opinión de que debían de ser u n buen p a r t i d o Yo no peco de bien pensado, antes me inclino á atribuir móviles mezquinos á las acciones human a s Pues explíquelo quien p u e d a un día en que oí a r r a s t r a r por el lodo del desprecio á las defenderlas, y sostuve, ante el escandalizado auditorio, que sin duda una avaricia tan exaltada é incomprensible, ejercida en igual grado por tres mujeres, debía de tener alguna razón oculta, obedecer á un secreto de la vida, de esos que no se pueden explicar á la multitud, y que justifican los liechos ante la conciencia. Declaro ciue al hablar así, no poseía ni el menor dato en que fundar mis suiwsiciones, y que todo el m u n d o se burló de mi fantasía iiovelesca, y me declaró apto para componer folletines de los que entretienen á las porteras y quitan el sueño á los dependientes de ultramarinos. Y fué un golpe de efecto, que asentó mi crédito, el ver llegar, á los pocos días, muebles de cierta elegancia para casa de las Cutres: el ver que se hicieron en ella obras de reparación y comodidad, y el ver, ¡oh, maravilla! que las Cutres mismas salían á la calle con decoro. k atavío, sabiéndose que habían tomado una doncella y una cocinera. Se mueren! ¡Que avisen á la parroquia! i Están de peligro! El enigma se aclaró en breve... U n arrogante y guapo mozo se instaló en la casa, y al hablar de él, las hermanas dijeron nuestro sobrino pero la maledicencia sugirió su h i j o! ¿Hijo de cuál de las tres? A ninguna se le había conocido trapicheo, desliz, resbalón... j B a h! Los maldicientes no se paran en eso... Siempre los resbalones quedan ocultos. Y si no, ¿dónde estaban los verdaderos padres de aquel gentil muchacho? N o era posible averiguarlo, ni entre la parentela de las Cutres se conocía á nadie que lo pudiese ser. No, era un tapadijo, un hurtado. ¡Allí había gatuperio! Y ellas casi no lo negaban. No se le hacen á un sobrino los halagos, los mimos que hacían á ac uel aparecido, procedente de una ciudad universitaria, donde había estudiado su carrera y vivido hasta el día, sostenido por una pensión que le pasaban unas señoras... ¡Ya se comprende quiénes! El muchacho lo confesaba; no conocía á sus padres... Pero era tan simpático, tan amigo de divertirse, tan perdidillo, c ue se ganó las voluntades sin tardanza, y toda la odiosidad concentrada en sus tías, fué cariño é indulgencia para él. La fortuna reunida por las Cutres le proporcionó ronto una esposa bella y buena, de las mejores señoritas del pueblo, que no hizo reparo en el nacimiento del novio. Las Cutres, por clonación, le aseguraron casi toda su hacienda, pues la familia de la novia únicamente consintió en la boda á este precio. Y las solteronas, dejando al matrimonio nuevo en la casa, arreglada y bien alhajada, se retiraron al campo, donde vivieron con igual economía C ue antes. Sólo yo adiviné... El pensar bien es á veces una venda; otras puede ser un faro. La luz de piedad que había penetrado en mi corazón lo iluminó y lo guió en el obscuro sendero de aquella historia. ¡Las Cutres habían salvado, á costa de la propia, la honra de su m a d r e! Aquellas tres mujeres feas y sacrificadas ya en vida de la que les dio el ser, siguieron sacrificándose, que en achacjue de sacrificio todo es empezar; y para el hermano practicaron aquella noble avaricia, aciuella santa miseria. Entregaron su cuerpo á las privaciones, su honra á las lenguas, su mocedad á un ascetismo risible, menospreciado... y cumplieron la palabra dada á una moribunda de salvar un honor y hacer dichoso á un hombre. Y, cuando paso por delante de la tapia de la casita donde vegetan las tres valientes, me descubro. L A CONDESA DE P A R D O B A Z A N Dibujo de Mcliidez Eringa, Cutres, sin darme cuenta del por qué, me puse á