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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO asustado, estaba también inmóvil y atento, con su podadera en la mano. El objeto de su terror era un hombre cuya edad podía difícilniente apreciarse, pero cuyo vestido harapiento y repugnantes facciones inspiraban repulsión. En su rostro se veía la huella de profundas cicatrices, como si hubiera sido quemado por un líquido corrosivo ó maltratado por viruelas del carácter más maligno. Sus ojos, encarnados, llenos de sajaduras, y que aún lanzaban de cuando en cuando extraños centelleos, estaban habitualmente empañados y entorpecidos, y su cabeza calva, su barba enmarañada y sucia, acababan de darle un aspecto de embrutecimiento. Al ver que se acercaban, levantóse y huyó. Siguiéronle Ladrange y Vasseur y detrás de él entraron en el figón de la aldea. El local estaba á la sazón desierto, pero Ladrange y el comandante oyeron gritos, acompañados de gemidos lastimeros, que salían del interior de la casa. Atravesaron presurosamente la sala baja, después un pequeño patio inmediato, y penetrando en una fétida y obscura cuadra, hallaron por fin al que buscaban. El infeliz estaba tendido en un dornajo destinado á dar de beber á las caballerías y transformado en lecho merced á dos ó tres puñados de paja. Sus miembros se retorcían entre horribles convulsiones y sus ojos inyectados de sangre parecían próximos á salir de las órbitas. Con él estaba otro hombre. Seguía colmándole de denuestos, pero ya no le maltrataba como momentos antes; al contrario, de pie ante una caja que contenía medicamentos, preparaba una poción destinada sin duda á aliviar al paciente. Aquel era el amo, un charlatán curandero, hombre de elevada estatura y vigoroso, aunque ya había pasado del término medio de la vida. Consistía su traje en un levitón verde, abrochado con cordones y bellotas de seda, y cubría su cabeza un sombrero de tres picos guarnecido con un viejo galón dorado. Una gran barba gris, cuidadosamente peinada, le caía sobre el pecho, y sus ojos se ocultaban por completo bajo desmesurados anteojos de un azul muy obscuro. A pesar de su cólera, había algo de solemne y teatral en sus movimientos, y, por último, difería tanto de lo que Vasseur y Daniel esperaban, que ambos juzgaron desde luego no haberle visto jamás. Detuviéronse en el umbral de aquel tabuco obscuro y hediondo, á tiempo que el charlatán, que acababa de terminar su mixtura en una taza desportillada, se acercó al criado y le dijo con tono imperioso: ¡Vamos, bebe, tunante! Esto no es, á fe mía, tan suave como el aguardiente alcanforado y la tintura de cicuta que has saboreado esta mañana... Bébelo, ó si no, dentro de pocos momentos habrá un picaro menos en el mundo. Pero el aspecto de aquella taza pareció redoblar las angustias del borracho. ¡No, no, amo mío, compasión! -exclamó con voz ronca agitándose en su dornajo. No más drogas, patrón, yo os lo suplico... No ¡o volveré á hacer; os pido perdón... ¡No más drogas, mi buen amo! Si debo morir, dejadme morir en paz. -Ea, bebe te digo- -repitió el empírico. -No se trata por esta vez de hacer en ti un experimento, lo que llamamos experimentúm in anima vili... Bebe, pues, ó ¡por todos los diablos! te voy á meter á la fuerza esta toma en el gaznate. Y se disponía á ejecutar su amenaza, mientras el paciente seguía retorciéndose. ¡Perdón, perdón, señor! -repetía. Golpes, sí, ya estoy acostumbrado á ellos; pero drogas, no, porque me destrozan el pecho... ¡Drogas, no! Déjame y te daré el dinero que me han dado unos señores; allí está, en mi zapato, y puedes cogerlo. ¡Déjame, infame, ó te he de asesinar, te he de quemar á fuego lento! Bautista, ¿te atreverás á atormentar así á tu pobre camarada? El nombre de Bautista hizo estremecer á Daniel, mientras el comandante murmuraba: ¡Mil truenos 1 ¡Era verdad! El movimiento que hicieron llamó la atención del borracho, que tendió hacia ellos sus manos crispadas y exclamó jadeando: ¡Venid á auxiliarme! ¡Socorro! Y cayó casi sin movimiento. El charlatán, que había vuelto la cabeza, pero que én la obscuridad no podía divisar claramente á los recién llegados, juzgó que se trataba de personas distinguidas, y llevando la mano al sombrero, dijo con énfasis: -Servidor vuestro, señores. ¿A qué debo el honor de vuestra visita? ¿Buscáis, sin duda, al doctor Lamberti? Yo soy el doctor Lamberti, señores. Vasseur se encargó de responder. -Hemos visto hace poco, señor doctor, la bárbara manera con que tratáis á ese pobre diablo, y hemos querido informarnos... ¿Y con qué derecho, caballeros- -interrumpió con altanería el charlatán, -os mezcláis en mis asuntos? ¿Con qué derecho me impediréis castigar á un bribón de criado que abusa continuamente de mi confianza, que me roba y que no vale el pan que come? -Eso os lo enseñará á vuestra costa el magistrado más próximo si no bajáis un poco el tono, doctor- -contestó con firmeza el comandante. -Y además, ¿qué droga es esa que os empeñáis en hacer tomar á la fuerza á ese desgraciado? ¿Tenéis intención acaso de envenenarle? -Muy lejos de eso, señores- -repuso el empírico, ya con acento humilde, -ese tuno, á quien la embriaguez ha vuelto idiota y que por caridad conservo, puesto que no me sirve para nada, ha hecho la barbaridad de beberse un medicamento compuesto de alcohol, alcanfor y cicuta, que yo le había mandado llevar á una granja cercana... Ha estado ausente mucho tiempo, no ha cumplido el encargo que le hice, me ha defraudado gravemente en mis intereses, y, por último, se ha embriagado. ¿No merecía una corrección? Por lo demás, hasta hace un instante no me ha confesado la verdad si antes lo hubiera hecho me hubiera dispensado de castigarlo, porque está en situación descsContinuará.