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LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA pared, cortar en tiras algunas mantas de lana, anudarlas y descolgarse por aquella improvisada escala. Sólo le siguió uno de sus compañeros, Pedro Boulay, llamado el Auvernés. Ambos estaban casi desnudos, porque, según costumbre, uno de los vigilantes había tenido la precaución de llevarse sus vestidos después de acostados los presos. Una ronda nocturna vio las mantas y dio la voz de alarma. Inmediatamente, el conserje Fraint, acompañado de algunos fusileros del cuerpo de guardia, marchó á poner centinelas en la brecha abierta en la muralla de la ciudad, cerca de la sala de espectáculos, con prohibición de dejar pasar á nadie, fuese quien fuese. Se dio orden también de cerrar las puertas de la población y de no abrirlas bajo ningún pretexto. Pero estas medidas eran inútiles: el fugitivo había ya salido de Chartres. Por la mañana, á la primera noticia del suceso, se conmovió la población y la guardia nacional se puso sobre las armas para marchar á perseguir á los presos evadidos. La relación de los médicos hacía creer que no podían hallarse muy lejos, porque su convalecencia era todavía incompleta y además debían ser fácilmente reconocidos por ir descalzos y casi desñudos, conjeturándose que habrían buscado un refugio en los montes de Santa Cruz, no lejos de la ciudad. La guardia nacional salió á efectuar una batida por aquella parte, y ya el teniente Vasseur, agregado por servicio extraordinario al tribunal de Chartres, estaba á caballo con algunos individuos de su arma y galopaba en la misma dirección. En vano se registró la selva en todos sentidos, porque no se descubrió vestigio de los fugitivos. Lo único que se averiguó fué que aquella misma noche habían asaltado á un caminante en el monte de Nogent- sur- Eure, robándole diez y nueve francos, después de maltratarle; pero se ignoraba completamente la- dirección que habían tomado. EPILOGO 1- an transcurrido más de diez años desde el ex terminio de la banda de Orgeres. En un hermoso día de principios de Septiembre de 1811, y en una pintoresca y fértil campiña de Picardía, no lejos de las orillas del Sorame, volvemos á encontrar algunos de los personajes importantes de esta historia. En el centro de aquel bello paisaje se alzaba una especie de castillo, ó, más bien, una alquería de primer orden, situada á un cuarto de legua del río. Componíase de gran, número de edificios, nuevamente restaurados en su mayor parte, y tenía por sí sola la extensión de una aldea ordinaria. A su alrededor, y como pertenecientes al parecer á la mencionada granja, se extendían inmensos campos de trigo é infinidad de prados y bosques poblados de árboles corpulentos. Largas calles de encinas ó de manzanos iban á converger á la quinta. En sus trojes colosales y en sus interminables graneros iban á acumularse: todos los ricos frutos de aquel suelo bendecido por Dios; y en sus anchurosos establos se recogían por la noche numerosos rebaños de bueyes y carneros y las magníficas yuntas que daban animación y movimiento á la campiña. Las demás habitaciones, diseminadas por la llanura, parecían tributarias suyas, y eran como humildes vasallos de aquella soberbia castellana agrícola de donde se difundían á la comarca el bienestar y la abundancia. Varias personas marchaban á paso lento por una de aquellas largas calles de que hemos hablado, dirigiéndose, á la sombra de los árboles cargados de muérdago parásito y de encarnadas frutas, hacia un bosquecillo situado á igual distancia de la granja y. de una aldehuela vecina, como para servir de término de paseo á los habitantes de la una y de la otra Iban delante correteando dos hermosas criaturitas vestidas con elegancia: un niño como de unos diez años y una niña más pequeña aún. Los paseantes eran dos hombres de edad madura y porte distinguido: el uno, vestido de cutí gris, y cuyo traje armonizaba perfectamente la respetabilidad del individuo con la comodidad y libertad del campo, parecía ser el propietario de la granja y de las considerables posesiones que de ella dependían. Aunque apenas contaba cuarenta y dos años y tenía aspecto de hombre vigoroso, la ordinaria expresión de su rostro era seria, casi melancólica, á pesar de lo cual su fisonomía no dejaba de dilatarse cada vez que fijaba la mirada en los alegres niños, sus hijos, que retozaban á su alrededor; entonces, la gravedad del individuo se disipaba para hacer lugar á una sonrisa de beatitud paternal. Aquel opulento propietario, aquel dichoso padre, era Daniel Ladrange, marido feliz de María de. Mereville. Su compañero, diez años más viejo, revelaba al primer golpe de vista, en su aire, en su esmerada pulcritud, en su levita azul abotonada al pecho y en su espeso bigote gris, que era un antiguo militar. Llevaba en el ojal una cinta encarnada, y aunque caminaba todavía derecho y con paso firme, la prominencia de su abdomen empezaba á causarle una ligera molestia. Era el comandante Vasseur. Llegaron al bosque, que debía ser el término de su paseo. Al acercarse á aquel sitio pintoresco, los niños, sordos á los llamamientos de su vigilante, echaron á correr impetuosamente, internándose en el soto. El joven criado dejó sin terminar un hermoso molino de corteza que estaba haciendo y se dio prisa á alcanzarles, pero ya los traviesos fugitivos se habían detenido de repente. Cuando Daniel y el comandante llegaron, se ofreció á su vista una escena inesperada. El niño Enrique contemplaba, entre asustado y curioso, á un individuo tendido sobre la yerba en una explanada. Parecía muy dispuesto á huir, pero no obstante, blandía una vara de avellano como para proteger á su hermanita, que se ocultaba temblando tras él. El: criado, noúmenos sorprendido, sino menos