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La banda entera cayó en poder de los gendar- gre con feroz indiferencia, aparentaba la suma mes, los húsares y los guardias nacionales, man- bondad y sencillez; era un honrado mercader amdados por Ladrange, Vasseur y el subteniente. bulante que recorría las ferias y mercados en inEl Rojo de Auneau, el Cura de los Pégres, San- terés de su tráfico, acompañado de sa mujer letiago de Pithiviers, el Normándote, el Tuerto del gítima, Rosa Bignon, con quien suponía haberse Mans, la Mariota, el decano Provenchere, los chi- casado en Bloís. cos y las mujeres fueron á reunirse con el Guapo Por su parte, Rosa, llena de abnegación, no le Francisco en las prisiones. Más de setecientos desmentía, y en todo el curso del proceso no proacusados comparecieron ante los jueces encarga- nunció una sola palabra que pudiera considerarse dos de la instrucción del proceso, no obstante que como un cargo contra su terrible socio. cierto número de bandidos estaban aún fugados, y Pero semejante sistema de absoluta negativa entre ellos Bautista el Cirujano, que debió sin no podía sostenerse mucho tiempo. duda la salvación á las excelentes cualidades de Además del Tuerto de Jouy, denunciador ofisu caballo. cial, no tardaron otros acusados en entrar en la La mitad de los acusados fueron puestos en vía de las revelaciones, y de este número fueron libertad muy pronto por providencia del Jurado Santiago de Pithiviers, el Manco, la Mariota y, de acusación, no apareciendo cargos bastantes con- sobre todo, el Rojo de Auneau. Este, capturado tra ellos; pero los restantes atestaban las cárceles, por Vasseur el día después de la escena de la y no tardó en desarrollarse una mortífera epide- Muette, quiso también negarlo todo en los primemia entre aquellos bandidos, amontonados y co- ros momentos; pero no tardó en desdecirse, y e convirtió en el acusador más encarnizado de rroídos ya de enfermedades. Más de sesenta presos pertenecientes á la banda sus cómplices y de sí propio, disputando al Tuerto de Orgéres sucumbieron en poco tiempo, en cuyo de Jouy la palma de la denuncia y relatando con número se contaban el Cura de los Pegres que, aun aparente complacencia los horribles crímenes de en la prisión, había continuado su papel de hipó- que había sido autor y testigo. crita; el Beocianote, uno de los más feroces aseComo ya hemos dicho, más adelante se probó sinos de la banda; Miracuin, el tío Pigolet y otros que no había tenido participación alguna en cier. menos célebres. tos asesinatos que se atribuía y que, al acusarse de Santiago Mauver, llamado Cuatrosueldos, mu- ellos, obedecía á un incomprensible sentimiento rió también, pero de una manera más dramática: de execrable fanfarronería. al verse reconocido en un careo por un sujeto á Todos aquellos reveladores, careados con el quien había intentado asesinar, cayó sin movimien- Guapo Francisco, le reconocieron perfectamente, to, como si lo hubiera herido un rayo. recordaron circunstancias y citaron pruebas que La humanidad aconsejaba emplear todos los no dejaban duda alguna respecto á su identidad medios para contener aquella mortandad, que po- y culpabilidad. Mientras el Meg entretenía á los jueces con sudía alcanzar á los inocentes lo mismo que á los culpables, á cuyo efecto se procuró sanear los si- puestas revelaciones, ideaba los medios de sustios mefíticos, se trasladó á los enfermos á salas traerse al castigo, y una mañana la población de bien ventiladas, donde la medicina les prodigó sus Chartres supo con terror que el Guapo Francisco auxilios y se consiguió por fin dominar el con- se había evadido de su prisión. tagio. He aquí cómo tuvo lugar el suceso: Atacado, como ya hemos dicho, de la enfermeUno de los primeros atacados de la enfermedad reinante fué el Guapo Francisco; mas, fuese que dad reinante, el jefe de los bandidos de Orgeres en razón á su importancia estuviese mejor asis- había sido trasladado á la prisión de la calle de los tido, fuese por la mayor resistencia de su tempe- Cambios, con varios otros enfermos de su cuadriramento, no sucumbió, como la mayor parte de lla, y allí se le alivió de los pesados hierros que no se le habían quitado ni aun para comparecer ante los otros enfermos. Sin embargo, su convalecencia fué larga, y á los jueces instructores. No tardó en restablecerse, y debiera habérsele fin de acelerarla se le trasladó á la prisión de la calle de los Cambios, la más sang, y espaciosa de vuelto á su primera prisión; pero por la condestodas. Allí fué donde llevó á cabo un proyecto, cendencia de un médico, permaneció algunos días meditado sin duda muy maduramente, y que da- en la enfermería y pudo entonces ejecutar su proremos á conocer después dé haber dicho cual ha- yecto de evasión. bía sido la actitud del Meg desde el principio del La enfermería estaba situada en el segundo piso proceso. del edificio, á cuarenta pies del suelo y alumbrada Empezó por negar todo lo que se le imputaba, por cuatro ventanas guarnecidas de gruesas barras rechazando que él fuese el jefe de la banda y que de hierro, dos de las cuales daban á un patio inteconociese á ninguno de los que la componían, y rior y las otras dos á la calle. hasta negando haber llevado el nombre de Guapo La noche de la evasión, los enfermeros habían Francisco- AI decir suyo, no era sino la víctima salido de la sala á las doce, dejándolo todo en el de un deplorable error judicial y de las calumnias orden acostumbrado, y hora y media después se de sus enemigos. había ya fugado el Guapo Francisco. No había ne, Aquel hombre á quien se había representado cesitado más tiempo el Meg, ayudado sin duda como el más implacable calentador de la banda, por sus compañeros, sobre los que había conserado cierta autoridad, para abrir un agujero en It como un jefe int- xorable que derramaba la san-