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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA NOVELA POR ELIAS BERTHET 35 CONTINUACIÓN cien pasos del camino, pareció en fin divisarlos. Semejante encuentro no debía ser muy del gusto del caminante, porque se paró de repente, y después de aquella corta vacilación, se agazapó detrás de un repliegue del terreno, creyendo sin duda que no habrían reparado en él todavía. Aquel movimiento sospechoso no escapó á la penetrante vista de Vasseur, quien extendiendo el biazo hacia el sitio donde acababa de desaparecer el campesino, dijo á sus compañeros: -He ahí un sujeto que no debe tener la conciencia muy limpia; dadle caza vosotros, y si le agarráis, no le soltéis hasta haberle confesado en toda regla... Yo voy á acercarme á aquella pordiosera que va delante de nosotros y á informarme de lo que pueda ser. Apenas dada esta orden, salieron los gendarmes al trote largo; pero el campesino, viéndose descubierto, emprendió la fuga á través de las tierras labradas, donde los caballos fatigados debían tener gran trabajo para alcanzarle. Comenzó, pues, una persecución activa, pero Vasseur no se entretuvo mucho rato ante aquel espectáculo, convencido de que sus gendarmes no tardarían en apoderarse del fugitivo, y avanzó al encuentro de la mendiga. Detuvo su caballo frente á ella, y dijo con voz fuerte: (Eh, buena mujer... ¿Qué es eso? ¿Estáis dormida? No obteniendo respuesta ni notando movimiento alguno, repitió Vasseur su llamada; pero siguió el mismo silencio y la misma inmovilidad. Entonces le asaltó la sospecha de que la mendiga, rendida de cansancio y de necesidad, hubiese caído desmayada. Echó inmediatamente pie á. tierra y pudo cerciorarse de que eran fundados sus temores. Aquella mujer ofrecía el aspecto más lastimoso. Había perdido por completo el conocimiento, tenía los ojos cerrados y el granizo se quedaba ya detenido, sin deshacerse, sobre su helado rostro. Quitóse Vasseur su ancha y pesada capa, cubrió con ella á la mendiga, y, sacando del bolsillo un frasco que contenía un poco de aguardiente, dejó caer dos ó tres gotas entre los labios amoratados de la desconocida. Pareciéndole estos socorros insuficientes para volverla á la vida, reflexionó en los medios de procurarla prontamente otros más eficaces. Por fortuna, no lejos del sitio donde estaban se alzaba á la orilla del camino una casita aislada con un cercado y un huertecillo rodeado de zarzas. Aquella habitación, con el techo de paja, no revelaba grandes comodidades, pero Vasseur no vaciló levantó á la vagabunda envuelta en la caoa y la cogió en brazos; tomó después la brida del caballo y se dirigió hacia la cabana. Entró VasseUr acompañando á la enferma y vio en el inteirior de la vivienda á d o s m. ujeres, á las cuales rogó que auxiliasen á la- que él llevaba. Aún no había acabado de hablar, cuando la de más edad de aquellas dos mujeres le saludó por su npmbre. Era la señora Bernard, la antigua granjera del Breuil, que no tardó en reconocer á su hija moribunda y en contar al teniente de gendarmería toda la historia de aquella desgraciada. De pronto entró en la cabana huyendo de sus perseguidores el hombre detrás del cual habían corrido, los gendarmes: el Tuer- to de Jouy, que debidamente amarrado y reconocido por Vasseur, no tuvo más remedio que confesar. Ante la amenaza de ser condenado á muerte, ofreció que si le perdonaban denunciaría á todos sus cómplices y facilitaría su captura. Otorgó el teniente, y el Tuerto de Jouy refirió los innumerables crímenes de los bandidos de la hoguera, hasta el asesinato del Niño de Etrechy por su propio padre, el Guapo Francisco. Pero de tal manera se explicó, que logró fomentar en el ánimo del teniente las sospechas que ya tenía éste acerca de las relaciones entre el Guapo Francisco y el ciudadano Ladrange. Aprehensores y capturado marcháronse sin pérdida de momento á Mereville. VI FINAL A cababa de llegar al pueblo un destacamento de húsares, compuesto de unos cuarenta jinetes al mando de un subteniente, y esta circunstancia produjo gran alegría á Vasseur, que así podría atacar á los bandidos con más seguridad de éxito. En el antiguo palacio de Mereville había gran animación. Iban á firmarse aquella noche las capitulaciones matrimoniales de Ladrange y su prima, cuya boda había de celebrarse al siguiente día. Aun sabiéndolo, no quiso Vasseur aplazar ni un solo instante la realización de sus propósitos. Entró en el palacio, mandó avisar á Daniel, después de tomar todo género de precauciones, y tuvo con él una entrevista, consecuencia de la cual fué la suspensión de la boda, para que Ladrange se uniera á las fuerzas que iban á copar á los bandidos de la hoguera. Decidióle á ello el haber sabido que él aderezo de rubíes tan misteriosamente enviado á su futura, procedía de un robo perpetrado días antes en un castillo de Etampes, y que el incógnito donante no podía ser otro que el propio ladrón, su pariente ú. Guapo Franeisco. La actitud del digno magistrado desvaneció totalmente las sospechas de Vasseur. Organizóse la expedición que, reforzada por la guardia nacional de Mereville, unos cuarenta campesinos bien armados, y guiada por el Tuerto de Jouy, pudo llegar al antro donde el Meg y los principales de su partida se guarecían y preparaban un golpe de mano contra el palacio de Mereville.