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NOTAS TAURINAS nos de Cuchares, y se dio la señal del último tercio. Apercibía Currito, á quien correspondía matar aquel toro, la espada y la muleta, cuando ocurrió el incidente que puso término á la corrida, haciendo innecesarios los oficios del estoqueador. El toro, que había hecho buena pelea en los dos primeros tercios, arremetió contra el zaguanete de Alabarderos, formado en la puerta de Madrid, debajo del palco regio, y los alabarderos opusieron sus armas á la arremetida, matando al animal, y demostrando una serenidad extraordinaria. Así acabaron las fiestas reales de toros de 1879. P. P. CHANEL iir LA D I R E C C I Ó N D E LIDIA A sunto es el de la dirección de lidia que hace muchos años está abandonado por completo, y cada día se ve más la imposibilidad de que vuelva á su verdadero y preciso ser, si en algo se estiman los matadores de toros que actúan de jefes de redondel. Verdad es que si nos ponemos á- hojear revistas de toros de hace cinco, diez, quince, veinte y más años, encontramos en todas igual muletilla, consistente en alguna frase estereotipada en todas las imprentas en que se hacían periódicos Con reseñas de corridas. Aquello de la dirección, descuidada no podía faltar, no faltaba en ninguna revista, y sólo en la época de gran apogeo de Luis Mazzantini había motivo para conceder aplauso á la dirección, pues Luis, con sus energías de hombre y autoridad de estoqueador pundonoroso, logró muchas tardes meter en cintura á las desordenadas huestes que tanto daño hacen cuando trabajan en completa libertad. Ahora, ni siquiera nos ocupamos de hacer constar el hecho de la falta de director de lidia. Tan acostumbrados estamos á ver el desbarajuste, que nos parece lo más natural del mundo, y ya á acabar por encontrar, hasta quien lo ensalce y glorifique, como si correspondiera a 1 más puro clasicismo. En esto, como en otras cosas, el abuso hará que forzosamente traten os espadas de meter en caja á los subordinados verdaderos anarquistas del toreo muchos de ellos, indignos de figurar en cuadrillas importantes por u ignorancia y falta de valor unidas. Mientras nck pongan mano en serio sobre este asunto los espadas más principales, no conseguirán que la situación mejore, y ellos serán los que sufran las consecuencias en primer término, pues que torean mayor número ¿e corridas, y la anarquía rei- i nante en los redondeles hará tiue les sean estropeados más toros. Hay en casi todas las cuadrillas algún sabio, de esos que se creen precisos por la profundidad de su ciencia, que pretenden ser ellos los que den lecciones, no sólo al jefe suyo, sino á los otros espadas y á todos los qtie toman parte en corridas en que ellos torean. Por regla general, son éstos antiguos aspirantes á matadores, que fracasaron por falta de valor, por ausencia absoluta de condiciones, y al verse honrados con un puesto á las órdenes de un torero de c o corridas anuales, suponen que á ellos se. debe la preponderancia del matador respectivo y que ellos lo son todo. El respeto ó el compañerismo sufre tales demasías, y llegan á ponerse intolerables, hasta el punto de salir á la plaza dispuestos á no obedecer á nadie y á mandar á todo el mundo. Meten su capote á diestro y siniestro; se llevan los toros al sitio que quieren; quitan á los espadas muchas veces que entren á njatar, en ocasiones que ellos habían creído propicias, todo ello sin perjuicio de quedar muchas veces mal en el cumplimiento preciso de su misión, que es á la que deben atender exclusivamente. Con el sistema actual de las substituciones se agrava el mal, porque va muchas veces la gente de un matador á las órdenes de otro, alternando con algún otro más antiguo que el substituto, que, naturalmente, es quien tiene la obligación de dirigir. En estos casos, el endiosamiento natural y la propensión á poner en ridículo al que accidentalmente tiene la obligación de dirigir, se hacen peligrosos, como peligrosa es toda idea de indisciplina en el ejercicio de una profesión en la que se juega, -además de la reputación, la vida de los hombres. Algunos que presenciaron las corridas que en el mes de Julio se celebraron, en Valencia, han contado algo relacionado con ciertas desobediencias que llevaban la ideáno. muy sana de poner en ridículo la autoridad de cierto espada, v en otras plazas se ha visto también algo parecido. Si los que por su edad, por su categoría y por la antigüedad que tienen como matadores de alternativa, han dé verse muchas veces precisados á ser primeros espadas no ponen pies en pared y sujetan los ímpetus dé los sabios y díscolos, van á sufrir muchos disgustos y tendrán que aguantar muchas broncas. Eti primer lugar, sean quienes fueren los subalternos, uno de los cuidados que han, de tener los diestros es el de que la lidia se lleve con orden y se I realice según el plan que como jef s del redondel crean conveniente para él mejor resultado. Hace ya mucho tiempo que no vemos á un espada ordenar la retirada de un peón per extralimitarse en sus funciones ó por torear de una manera equivocada. Oímos, sí, muchas voces de j fuera! ¡quítate de ahí! déjalo! y otras análogas; pero ni ae van fuera, ni s quitan de allí, ni lo dejan, todo lo cual hace suponer que esas voces, esos gestos y esas actitudes son valor entendido, lo que llamamos generalmente coba. Hoy no hay ningún matador que dirija bien. Los habrá que estén bien colocados y acudan más á tiempo que otros; pero que. cumplan su misión de jefes, no los vemos nunca. Si saliera uno, en cuanto dirigiera cuatro corridas bien ganaría m á aplausos- ó, por lo menos, más merecidos que ésos que se ganan con el pase de la muerte y con esos en qué se peinan ios lomos de los toros. Á L B U M BICGRAFICO A N m GARCÍA PADILLA u s a s t e otro de íos ejemplos demos trafivQS de que para prosperar en el toreo es necesario, además de las condiciones que se precisan para conseguir el público aplauso, que el diestro tenga sueri: e, xon la que no se lé interrumpa la marcha triunfante en los principios de su carrera. Padilla vino íon tantos ímpetus como el primero, pues traía un valor junto á los toros y una facilidad para estoquearlos lucidamente como tuviera el que más. Hay que tener en cuenta que brotó para el arte un poco después que el Algaheña, y su aparición en las plazas fué cuari, tto José García estaba ea él furor de z popularidad, siendo muy difícil que apareciera otro: qut, llamara la atención en la misma especialidad con que éltorero. dela Algaba logró prontamente. ganar fama y dinero. A jpesar (de tales c. circunstancias vino Ángel, y al dar unos excelentes volapiés con hermosísimo, estilo, levantó ál público, y no fueron aventuradas las profecías que se hicieron ál decir que n aquél mozarrón, algo desgarbado, pero con plétora de facultades y juventud, feabía un gran matador de tofos. Así- era, en efecto; pero no contaban los que hacían tales augurios con los obstáculos que podían presentársele en él camino, y éstos no tardaron en venir en forma de grandes cornadas, de esas que acaban xon el poder y la- afición de los; más firmes de voluntad. De un lado él tiempo que- tardaba en reponerse- -de los percances, per diendo innumerables corridas- ajusta-