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i- á -Bien trabajo. ¿Y qué me dan? i Cómo sudo! ¡Ay, infeliz! Y al cabo, por grande exceso, me arrojarán algún hueso que sobre de esa perdiz. Con mucha incomodidad aquí la vida se pasa; me iré, no sólo de casa, mas también de la ciudad. Apenas le dieron suelta, huyendo con disimulo, llegó al campo, en donde un mulo á una noria daba vuelta. Y no le hubo visto bien, cuando dijo: ¿Quién va allá? Parece que por acá asamos carne también. ío aso carne, que agua saco- -el macho le respondió. -Eso también lo haré yo- -saltó el can- -aunque esto) f flaco. Como esa rueda es mayor, algo más trabajaré. Tanto pesa... Pues ¿y. que? ¿No ando la de mi asador? Me habrán de dar, sobre todo! más ración, tendré más gloria. Entonces el de la noria le interrumpió de este modo: -Que se vuelva le aconsejo á voltear su asador, que esta empresa es superior á las fuerzas de un gozquejo. ¡Miren el mulo bellaco, y qué bien le replicó! Lo mismo lie leído yo en un tal Horacio Flaco, qi; e á un autor da, por gran yerro, cargar con los que después no podrá llevar; esto es, que no ande la noria el perro. ToM. s DE IRIARTE. S 0 turaleza nuestro doctor. Nada hay comparable á ir con el rebano á la vista camino de las frescas umbrías en el verano y en busca del sol en el invierno. Las fuentes que brotan de las peñas nos brindan sus claras aguas; los árboles nos tienden liberalmente sus frutos; en la primavera el campo es como un gran incensario cargado de perfumes, -y en el otoño los racimos nos llaman desde los viñedos. Tenemos queso en abundancia, bellotas sin escasez y leche á todo pasto... Conque, si te parece bien, nunca te faltará un puesto en mi majada... M archóse Juanico muy contento hacia el pueblo, y, al aproximarse á las primeras casas, se encontró con el tío Melonio, que era el otro pastor de quien se quería aconsejar. Iba. envuelto en una amplia y parda capa de larga esclavina y se apoyaba en un alto y amarillo cayado. -I Qué le parece á usted, tío Melonio? -le dijo el rapaz. -Me quiero hacer pastor... -i Pastor... exclamó el viejo con espanto. Y para demostrarle que más le valiera arrojarse desde la cresta de un acantilado al mar, hizo desfilar ante la vista de Juanico una serie de cuadros á cual más horripilante. Ya era una tormenta que estallaba en el seno de la sierra. Al retumbar de los truenos y al flamear de los relámpagos se desmandaban las reses, los perros vagaban como espectros y el pobre pastor se guarecía bajo un roble, donde acaso le visitaba el rayo... Ya eran los campos escarchados aue había que pisar, las lluvias torrenciales, los días de sol abrasador y las noches de ventisca y nieve, cuando, sobre el blanco sudario qua alfombra el suelo, avanzan cautelosos los fieros lobos con los flancos palpitantes... -Luego- -terminó, -la soldada es miserable... Yo en tu lugar, antes que ser pastor arrancaría piedras con los dientes... Juanico se quedó meditabundo viendo al tío Melonio meterse campo adentro... ¿Qué hacer, señor, qué hacer... Sentóse en un acirate, y bajo la paternal caricia del sol, ante una desnuda acacia, se puso á pensar... El párroco pasó ante él, y le pre. guntó: ¿Qué te sucede... Todo se lo contó el rapaz, mostrándole su ex- JUANICO, PASTOR á doce J uanico paralosayudar años determinó escoger uná oficio á su madre, ya anciana, soportar la carga de la vejez, sin que trabajara, como hasta entonces, para que él comiera, lavando ropas ajenas en el río cercano al pueblo, encorvándose sobre los suelos para fregarlos ó cosiendo de noche á la trémula luz de un candil, mientras él dormía en el, aunque pobre, limpio y bien mullido lecho. Después de mucho meditar pensó hacerse pastor; pero antes de decidirse quiso aconsejarse de dos viejos pastores del lugar. Una hermosa tarde do Diciembre fuese a una loma cubierta de finísima hierba, donde el tío Polonio regentaba, en compañía dt un fiero mastín, un rebaño de cabras y ovejas. Llegóse á él y le expuso su pensamiento, y el tío Polonio le contestó en concisas frases ponderándole la vida pastoril, como si fuese un Dametas ó un Mopso de la Arcadia. No fué más halagador ni más dulce el canto del virgiliano Títiro tendido á la sombra de la copuda encina. -Mira, hijo- -le habló sobre poco más ó menos; -nuestra vida es una vida de libertad. Soy ya viejo, y aquí me tienes fuerte y sano como los pinos del bosque. En mi cuerpo jamás entró cosa de botica, ni di nunca un real que ganar á los médicos. Nuestros potingues son los besos de la brisa y la Na- trañeza ante la diversidad de opiniones de los dos pastores. No sabía á cual parecer atenerse... -Atente á los dos- -le aconsejó el sacerdote. -La vida de pastor, como todas, es un tejido de venturas y de desgracias. Hijo mío, la risa de hoy es heraldo de las lágrimas de mañana, y de esto ninguna profesión se libra... Unos días después, Juanico pastoreaba con Polonio... JosE A. LUENGO.