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Mientras viven son felices y no perturban grandemente la tranquilidad de sus familias respectivas pero al llegar la hora de la muerte, su desaparición del mundo de los vivos constituye un conflicto padre para sus deudos afligidos; aquel hombre, que durante su larga vida sólo perturbó la tranquilidad de su propio hogar para buscar por toda la casa un sitio bien visible donde colocar el retrato del pianista que acaba de dar tres conciertos en la Comedia, ó de la contralto que acaba de dar seis gallos en el Real, al morirse plantea á todos la magna cuestión: ¿cj ué se le pone á aquel señor en la esquela funeraria como justificación de toda una vida pasada en pleno bullicio? Porque un ente así- -que se ha codeado con todas las eminencias de su época- -no puede ir á la tumba envuelto e n l a vulgaridad de un nombre y dos apellidos. Los primeros que se considerarían ofendidos por esa seciuedad de ultra- mos, figura una brillante pléyade de aficionados, que también los hay especialistas en entierros, con el plausible fin de lucir la chistera y asistir á la despedida del duelo, como si fuera la despedida de una actriz ó de un matador de cartel. Son una plaga que no nos abandona ni al borde del sepulcro; pero, así y todo, hay cjue pedir á I5 Í 0 S que dure, que los aficionados continúen siendo aficionados, orque el día en que alguno de ellos se decide á dejar de serlo, hay que echarse á temblar. Ya debute como actor en un teatro, ya se lance á la conquista del mercado literario con una novela psicológica, ora tome asiento en el Congreso, ora se dedique á piloto aviador, el aficionado que deviene profesional es más temible (jue un terremoto. No hace mucho me detuvo uno de ellos en las CAiatro Calles, para decirme todo ali) ürozado: -N o sabe usted i Me lanzo! ¿Aflónckí? -Al teatro. tumba serían las mismas eminencias á quienes en vida tanto molestó el difunto, y para no incurrir en el plagio de aquel rasgo genial cjue puso en las tarjetas de cierto D. Nadie la coletilla de suscriptor de El Imparcial, hay que echar mano de expedientes un poco absurdos para salir del impasse terrible. Así se ven esas noticias necrológicas que espeluznan con su incongruencia: A, yer falleció, tras larga y penosa enfermedad, D. Margaríto Rojales y del Pino, uno de los vecinos más pacíficos de la calle de Serrano- A y e r pasó á mejor vida en su hotel del paseo de Areneros D. Taimo Buenfalló y Martutene, uno de los más asiduos concurrentes á los conciertos de la Filarmónica, donde llamaba la atención de todos por lo resignadamcntc que soportaba las polonesas de Bhrams y los arpegios de Debussy. Todo antes que el incógnito; metido en una caja va el aficionado camino de la Necrópolis, seguido de un cortejo donde, á más de los parientes é intí- mete- ¡Ca, liomljre! -Actor, tal vez. -Tampoco. ¡I arecc mentira t (ue no caiga! -Caeré, no se apure. -Antes de un mes estreno en P a r a ¿S í ¿Q u é cosa? -P u e s n a d a un juguete en un a c t o algo á lo Meterlink, con nota, de Frangoís de Curcl. Aquí lo llevo. ¿Quiere usted oír la última escena? -H o m b r e siendo la última... -Se lo garantizo. -P u e s venga. Cuando terminó la lectura me pidió mí opinión; yo no sabía ciué contestar estaba anonadado una afonía especial apretaba mí garganta, ahogando en germen todo intento de crítica verbal. -P e r o vamos á v e r dígame algo. ¿No le parece que para ser de un aficionado... Pude hablar, entre sudores de m u e r t e -Sí, sí... ¡Ay de la tauromaquia el día en que se aficione usted á ella! Jo. QuiN BEL DA. Dibujos dé Medina Vera