Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
o se trata del aficionado á ésta ó la otra cosa en particular; todos somos aficionados á algo en este sentido: unos, á los t o r o s otros, á las comidas de fonda; quien, á la política; quien, ó quienes, á no ir á la oficina. Se trata del aficionado que pudiéramos llamar profesional; esta paradoja rc (uiere una aclaración. H a y unos hombres- -todc s los conocemos- -que se agarran como lapas á los cultivadores de un alte ó profesión cualquiera y se erigen en maestros y protectores de todos, con un desparpajo que asusta; estos hombres son los que se ven á diario en los cuartos de las tiples y de las actrices más en boga, dando consejos y mirándose al desgaire en los espejos del tocador para enderezar la posición de la corbata; son los que surgen en los banquetes políticos, sin conocer ni de vista al anfitrión, para llevar la voz del buen tono á la hora trágica de los brindis, mientras por lo bajo se atracan de anchoas y demás espiritualidades de un cubierto, que las más de las veces no han pagado son los que, cuando un escritor de más ó menos fuste arroja á la calle un libro, le detienen en la acera de La Peña para decirle con asombro: Caramba, Pastrana! Aún no he recibido ese ejemplar. ¿Q u é ejemplar? -El de Amarguras viscerales... Espero que me lo mandará en seguida; le prometo leerlo con cariño. -Vaya, hombre; siendo así... esperaremos á que se agote la edición. Esta casta de hombre. es tan antigua como el café de P o m b o ya en Roma los había; Planto habla de ellos, y si no habla hace mal, porque eran 1) 0 ulares en las termas y en el Ca itolio. También en Grecia los padecieron, designándolos con el nombre de pehnazontos, sin duda como presagio del estigma de pelmas que en esta nuestra edad cristiana le, habíamos de arrojar. Los juicios de estos señores, favorables ó adversos, son siempre definitivos; no conocen la ducia ni el término medio, y cuando fallan acerca del mérito de una obra ó del talento de un actor, lo hacen siempre de plano, como los sables de los guardias: -Qué, D. Terencio, ¿qué le parece á usted e. ste segundo acto? -F a t a l no tiene pies ni cabeza; el autor ha debido suiciclarse después de escribirlo. -Mejor hubiera sido que se hubiera suicidado antes. -Tiene usted razón. El amateur- -como dice Briand- -es un sujeto que se interpone entre el profesional y el público, para aturdir al primero y despreciar profundamente al segundo; generalmente es ersona de buena posición, que tiene su despacho lleno de retratos de artistas y pensadores con sentidas dedicatorias; persona rica, que no tiene nada que hacer y pasa la vida contemplando de cerca el trabajo de los demás. Otras veces el aficionado no tiene dos pesetas, y su i osición económica no pasa de ser una posición ridicula. Pero, rico ó obrc, es siemi) rc un ser funesto, que si á las veces tiene su utilidad i or servir de comparsa en ciertas apoteosis de la vida, en la mayor parte de los casos es i, n sujeto inaguantable; recuerdo de uno... pero n o recuerdo tantos, que sería injusto cebarse con uno, dejando á los demás fuera de colada. El aficionado está en todas p a r t e s sin él no hay acontecimiento social, mundano ó literario que pueda llegar á puerto de salvación sin su concurso, ni el sol saldría todas las mañanas ni el telón de los teatros podría levantarse todas las noches.