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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO buen grado que se le interrogase, repitió colérico su pregunta. -Anoche, cuando vimos vuestra seña de la ventana, nos dispersamos por las cercanías; los otros han marchado esta mañana hacia los bosques de la Muette, y sólo yo me he quedado en el pueblo esperándoos. -Vas á ir inmediatamente á casa de Pigolet y ¡encargarás de mi parte al Rojo y á su gente que vayan en seguida al bosque de la Muette; diles que vayan armados y los que tengan caballo que lo lleven. Si por el camino ves á otros individuos de la banda, les darás las mismas órdenes y avisarás á todos los francos. que se encuentren al paso. -Meg- -preguntó el Tuerto, ¿se prepara al guna expedición importante para la noche próxima? -Una expedición como no habéis visto otra ni tú ni ninguno de los nuestros. No lejos de aquí hay un palacio que contiene más de sesenta mil libras en metálico, estuches de diamantes, alhajas con que enriquecernos á todos, sin contar un proveedor general á quien podemos secuestrar. La próxima noche iremos á esa casa, y si se resisten, pondremos fuego al país por los cuatro costados... V ñéis hasta la puerta de la casa, lo cual alejará toda sospecha de disidencia entre nosotros. -Sea- -respondió Ladrange, á quien no desagradaba vigilar por si mismo los movimientos de su peligroso pariente. El Guapo Francisco, apoyándose con afectación en el brazo del dueño de la casa, pasó por segunda vez, con aire de triunfo, por en medio de los hombres llamados para prenderle. Daniel se estremecía de indignación, pero nada dijo y siguió marchando. Al llegar al patio se detuvieron. Daniel abrió el enrejado sólido, aunque tosco, que servíí. de puerta, y dijo al Guapo Francisco con voz sorda: ¡Salid, salid, y no tratéis de cumplir la promesa hecha á la señorita de Mereville! Si alguna vez os atrevieseis á presentaros aquí bajo cualquier pretexto, seréis preso en el acto. Pero el Guapo Francisco había ya recobrado su insolente tranquilidad. -Primo Daniel- -dijo, -lo miraréis mucho antes de llegar á tal extremo, y os repito que lo reflexionéis... Mirad, aquí se puede hablar más libremente que allá arriba, donde había una docena de jayanes al alcance de la voz; pues bien, vos estáis tan interesado como yo mismo en que no se me moleste. ¡Yo! exclamó Daniel, rojo de indignación. -No repitáis esa insultante frase, ó juro que ninguna consideración me detendrá para entregaros á la justicia. -Estáis muy equivocado, primo Daniel, porque sabiéndose que sois mi heredero, si me mandaseis prender y condenar, no dejaría de decirse que os habíais vuelto contra mí con el único fin de recoger mi herencia. Este postrer argumento, cuyas consecuencias positivas no podía desconocer Ladrange, acabó de anonadarle. Su dolor estalló en una especie de frenesí, y exclamó con rabia: ¡Vete, vete, infame, y que yo no vuelva á verte más... Por fortuna para Daniel, al pronunciar estas últimas frases había empujado con violencia al Guapo Francisco y cerrado tras él la verja. El Meg se hallaba en un acceso de cólera espantoso. Meditando sus proyectos de destrucción, llegó á la aldea y se encaminó á la posada donde había dejado el día antes su caja de buhonero, que le permitía ir por todas partes sin excitar sospechas. La echó sobre sus robustos hombros y siguió andando. Al salir de Mereville encontró un peatón que parecía seguir el mismo camino y que volvía frecuentemente la cabeza hacia él; pero sólo cuando un recodo del camino ocultó las últimas casas de la aldea, se incorporó, el Guapo Francisco á su camarada. -Tuerto- -le dijo de repente, ¿c ó m o estás aquí solo? ¿Dónde están los otros? El Tuerto de Jouy, porque era él, advirtió la alteración del semblante de su jefe y preguntó con curiosidad: -Meg, ¿qué os ha sucedido? Pero el Guapo Francisco, que no consentía de LA PERSECUCIÓN ran cerca de las E niente Vasseur, dos de la tarde cuando el tedespués de haber recorrido el país en algunas leguas á la redonda, volvía hacia Mereville, acompañado únicamente de dos de sus gendarmes. -Jinetes y caballos parecían rendidos de cansancio, y, sin embargo, aquella penosa expedición no había dado los resultados que el bravo oficial se prometiera. El sitio en que se hallaban, á una legua de Mereville, era una llanura dividida en dos partes casi iguales por el camino guarnecido de árboles. Algunos matorrales y bosqu ecillos rompían la monotonía de aquella solitaria campiña, pero no impedían descubrir los objetos á larga distancia. En el momento de que hablamos, dos personas solas se ofrecían á la vista de los jinetes; la una seguía el mismo camino y se les había aparecido al principio como un punto negro sobre la superficie blanquecina del camino; mas, á pesar de la lentitud de sus caballos, iban ganando sensiblemente terreno hacia ella, y poco tardaron, en distinguir una mujer mal vestida, que caminaba muy. despacio, apoyada en un palo. Pocos minutos debían transcurrir antes de que llegasen á alcanzar á la desconocida. El otro individuo iba vestido de campesino. Caminaba con paso resuelto, y Vasseur había combinado su marcha de tal suerte, que debía encontrarse frente á frente de aquel sujeto en el ángulo de los dos caminos. Pero aquella combinación no tardó en fracasar. Sin duda el campesino, azotado de cara por la nieve y el viento, no había visto hasta entonces á los jinetes que le espiaban; pero cuando estuvo á Continuará.