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comían, envidiando su abundancia, m poco de pan seco de centeno, de mal cernida harina, ajos crudos, bellotas y sardina, con msjo. -apetito y tanto gusto cual en su rica mesa un rey augusto. Sus pobres caballejos, ya rendidos de arrastrar el arado, por las márgenes daban un bocado, mascpndo cañas secas y raíces, manjares de caballos infelices. J íientras olfateaban muy cerca el rico grano que los otrco caballos despreciaban, relinchando ya de hartos... Poco á poce los vieron acercar los tristes jacos. ¿Qué hacéis, pobres bellacos- -les dijeron los otros, -tan tostados, tan flojos y tan flacos? -Sudar para vosotros, perder salud, hacer corta la vida, llenar vuestros graneros, para que os regaléis cual caballeros; y el pobre rocinante que trabaja, que no alcance siquiera humilde paja. Oyendo tales voces, responden los briosos alazanes, con argumentos no, sino con coces. Los rocines, mirando tal bravura, emplean raciocinios de herradura; mas, vencidos, dirígense á sus dueños, que, echándoles á cuestas los arados, les llevaron de nuevo á los sembrados, hasta que sobre el monte oculte el sol dorado el horizonte, i os señores montaron, mil caricias haciendo á sus caballos, bajo el toldo de un quitasol de seda y dentro de dos horas ya se hospeda cada caballo en cuadra regalada, donde alumbra una lámpara encendida limpio pesebre, rico de cebada, y fresca alfalfa en su verdor cogida. Son contrastos que ofrécenos ía vida: á par de la pobreza, se ha de ostentar, en cambio, la riqueza si todos fueran ricos, ¿quién sería el que trabajaría? ¿Quién la tierra fecunda cultivara? Y sin frutos, ¿de qué se alimentara? Cada cual á sí mismo se sirviera, y el hombre en su riqueza pobre fuera. E L BARO DE A N D I L L A tre éste y yo podemos comprar una entrada de anfi teatro y ver á cachos Don Juan Tenorio. -i Quia! Eso ya no pue ser; en este coliseo se han j enteran de nuestras combinas y no dan contraseñas á los chicos. i, H T í p R l C I -j Toma! ¿Y si á mí me da la gana de salir á la calle? -Te pondrán en la mano el sello de contaduría, y, ya ves, no lo pues regalar á nadie. ¿El sello dices? i Pues al pelo! Por esc procedimiento vamos á ver todos la comedia entera, menos c ¡primer acto. Yo entro el primero, y esperar, que yo os colaré á todos. Todos los muchachos confiaron en la astucia de Juanito; le entregaron sus céntimos y adquirieron una entrada general, con la que vio Juanito el primer acto. Llegó el entreacto, solicitó su salida y le enviaron, en unión de otros chicuelos, á que le sellaran la mano. Inmediatamente se unió á sus amigos, los llevó á una calleja próxima, y luego se les vio entrar á todos con prudentes intervalos y tomar más que de prisa la escalera de las localidades altas. LOS CHICOS DE LA CALLE f Llantas perras tienes, Penín? ¿Yo? Una perra gorda. No he podido sacarle más á mi madre. ¿Y tú, Tarugo? -ío, quince céntimos. -Pues con esos cuartos y un real que reunimos en -i ¿Qué había hecho Juanito para dar ent- ada á sus amigos? Reimprimir en la mano de todos eí sello que traía en la suya, y hubo tinta para todos, porque él la traía fresca y había coiiseguido que le sellaran las dos mai; os.