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Mas aquí, sin ccf ar, pueden los ojos contemplarle en Oriente y en Ocaso, cuando ilumina con fulgores rojos el campo de Castilla escueto y raso, donde sólo hay barbechos y rastrojos. Aquí, en la parj del otoñal sosiego es, después de la fiebre del verano, padre en vez de tirano, que en plácido calor convierte el fuego, y no hay en la extensión de la planicie, donde su luz vivífica derrama, brizna que con su rayo no acaricie ni insecto que no alegre con su llama, pues renueva, amoroso, cada día, al descender del trono de los cielos, la humildad de Jesús, cuando decía: ¡Que se acerquen á mí los pequeñuclos! I. VAvelx MANUEL J Í E S A N D O V A I