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M üESTRO amigo D. Diego de Torres y Villaroel ha llegado ya á los sesenta años; es un viejecito con una larga y blanca peluca; viste una casaca de fino paño con unos sencillos bordados verdes, gualdos y rojos. Sus ojos llamean con una viva inteligencia sus manos finas y blancas empuñan la muletilla de un bastón. ¿Qué hace D. Diego ahora? D. Diego acaba de venir de la calle; ha subido por una ancha y saave escalera; ha traspuesto una- puertecilla de cuarterones, pintados de rojo, y ha entrado en su cuarto, en su despacho, en su biblioteca. Aquí ha dejado el bastón en un ángulo, y ha. comenzado á revolver libros y papeles. D. Diego no puede estar quieto un momento; los años no le han quitado ni ligereza ni alegría; va y viene de una parte á otra presta y súbitamente; hojea un centenar de libros al día; deja uno, toma otro; investiga papelotes; traza rápidamente apuntes; discute; vocifera; se enfurece cuando le contradicen; da con su bastón recios golpes en el suelo. Yo no sé si en la biblioteca de nuestro amigo campearán esos letreros sabios, sacados de la antigüedad clásica, que Montaigne puso en la suya. Desde las ventanas se descubre un bello panorama: la campiña salmaticense, terrenos verdes, huertas, cortinales, el ancho y manso río cruzando entre la arboleda. D. Diego se ha sentado ante la mesa de trabajo y ha comenzado á escribir. Hay sobre ella infolios y librotes, papeles, planos arrollados. Libros grandes y chicos se ven sobre las sillas, en el suelo, por todas partes. Apenas ha estado un instante sentado, nuestro amigo, se levanta y principia á pasear por la estancia; luego toma de nuevo su bastón y se marcha; á los pocos momentos entra de nuevo en el despacho y coge un libro; desde la puerta se vuelve otra vez, busca unos papeles, y como no los encuentra llama á gritos á su criado. Por fin, entre él y su cubiculario, todo asustado, encuentran los apuntes que se buscaban. D. Diego sale de nuevo; pero i qué cabeza la suya! Pues, ¿no se marchaba sin sombrero? Otra vez torna á la biblioteca, se encasqueta el sombrero y se marcha definitivamente. A los pocos momentos nuestro amigo pasea por las riberas de! Tormes en compañía de otros tres ó cuatro viejecitos. Todos caminan lentamente; la tarde es clara y apacible. Detrás, sobre la ciudad, en el cielo azul, resaltan las torres de las dos catedrales. Hablan todos estos provectos peripatéticos de sus vidas pasadas; todos en lo grato del ambiente, entre las alamedas que bordean el río, se sienten satisfechos de haber vivido tanto. ¿A que no sabe usted, D. Diego- -dice uno de los paseantes, -lo que he estado leyendo esta mañana? ¿Qué? -pregunta Torres Villaroel. -La Vida natural y católica, que escribió usted cuando era mozo. ¿La Vida natural y católica? Sí, si, famoso libro- -replica D. Diego. -Un libro que hice yo para que lo lean todos los que quieran llegar á viejos con vida tranquila y descansada -Allí habla usted de todo: de las aguas, del- aire, de los alimentos, de las bebidas, de los trajes... y de algo más que callo. Y ¿á que no sabe usted lo que más me ha llamado la atención en este ordenamiento de vida? El viejecito que así habla saca de su chupa un librito, y lee: -En la mano puede traer (el que la tuviere) alguna sortija de esmeraldas, zafiros ó diamantes; y en la boca algún jacinto, granate ó bola de cristal, porque estas piedras tienen poderosa virtud contra el veneno y otras enfermedades. D. Diego de Torres ríe y todos ríen con él. -Pues usted, D. Diego, para llegar á viejo y evitar las enfermedades no ha necesitado llevar ninguna sortija de diamantes ni ponerse en la boca una bola de cristal. -Es verdad- -replica D. Diego; -como para quitarme el frío de las manos y de los pies no he necesitado tampoco, según recomiendo en mi libro, untármelos con el pinguedo ó enjundia de la raposa. De nuevo ríen todos y continúan su paseo cabe al río, entre las arboledas, en el ambiente puro y agradable de la tarde, en tanto que allá lejos las viejas torres van esfumánoose en el crepúsculo. AZORIN Dibujo de Arija.