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cuando la compré. P e r o la curiosa taracea de la tapa, los lindos bronces, primor de cinceladura, me sedujeron, y ahora, en vista de la desazón doméstica, me pesaba de mi capricho. L a idea de revenderla me ocurrió, naturalmente. Sin saber por qué, la rechacé; se me hacía intolerable. Dijérase que tenía que separarme de alguien muy querido. T a n extraño sentimiento fijó mi atención en el mueble. Yo acostumbro creer que todas nuestras im 5 resiones responden fielmente á alguna causa, oculta ó visible. El sentir avisa. Si no lo percibe la inteligencia, es porque la inteligencia percibe muj contadas cosas. Continuaba mi mujer hostigándome (con esa insistencia en mortificar que es uno de sus defectillos) y por eximirme de acpel a persecución de mosca tenaz, adopté singular determinación. Alc uilé, en retirada calle, un piso m u y modesto, y reservadamente trasladé allí la cómoda tripona. U n goce vengativo me hacía sonreír. ¿N o quisiste la cómoda? Pues ahora tu esposo- -lo mismo que si te engañase con alguna bella- -tiene su pisito, y se pasa en él horas que no sospechas tú. N o siendo posible que una cómoda baste á la comodidad (mal retruécano) me hice sigilosamente con dos sillones, un sofá, una alfombra, un velador, varios enseres, y terminada la instalación, una tarde, mientras admiraba la graciosa traza de la cómoda panzuda, me di cuenta de este hecho insólito, i Yo tenía dos casas! ¡Dos hogares, uno público y otro clandestino! Nunca, desde el día memorable de nuestro enlace, había yo faltado á los deberes que imi) one mi estado. Sin duda no nací con vocación de calvatrueno. Y, no obstante, me causó malicioso placer el imaginar que, si alguien supiese lo del piso, no creería seguramente que se hace tal cosa para alojar á una cómoda barriguda, de taracea, con bronces... E n fin, vanidoso de la diablura que no cometía, experimentaba fruición de orgullo al hacer girar la llave, al deslizarme en aquel retiro donde no ocurría absolutamente nada de malo... Dueño del apacible rincón, allí despachaba mi coi respondencia, allí leía en calma el periódico, ue en casa me disputaba y escondía mí mujer, allí fumaba sosegado, allí, en suma, disfrutaba inofensivos pasatiempos que á im casado, en sus lares, tal vez le regatean. Allí, para decirlo de vma vez, era yo libre y dichoso. L a cómoda seguía mereciendo mi predilección. El prendero me había entregado la primorosa llave, también de bronce, que giraba en la cerradura con la suavidad propia de los muebles bien ajustados. La tapa descendía majestuosa, dejando ver un sin fin de menudos cajoncitos. U n o por uno fui abriéndolos. No contenían sino polvo antim o algún fragmento de papel, dos ó tres clavos on orín. Y yo volvía á registrar... Allí debía de haber algo... ¿Q u é? Quizá documentos, cartas, una historia de amor, que surgiría con su intenso aroma de flor del alma, con sus ritornelos de felicidades antiguas, con su picante sabor de intriga olvidada, reveladora de que en todo tiempo los hombres han sentido los mismos afanes y se han abrasado en las mismas hogueras... Y yo, modelo de esposos, no conocía las dulces locuras, pero aspiraba el olor de la cómoda, pidiéndole la revelación de las culpas ignoradas y las sensaciones no gustadas jamás. T o d o se me volvía palpar la madera, escrutar sus ensambladuras delicadas, reconocer aquí y allí para sorprender el misterio. ¿N o habéis oído hablar nunca de los milagros c ue realiza la voluntad, de lO S arcanos que el presentimiento encierra? Lo que se presiente, existe; lo que ardorosamente deseamos, acaba por suceder, aunque no con entera exactitud. Nuestra idea no imprimirá puntualmente su imagen, pero graba una huella, siempre profinida, en la materia, á la cual es superior. A fuerza de tocar, con los nudillos, con las ávidas yemas de mis dedos, en contactos que tenían algo de ansia amorosa, los menores recovecos del mueble, acabé por observar una anomalía en uno de los costados, más pesado y más grueso que el otro. Provisto de herramientas, actué pacientemente, y descubrí, alzando unas delgadas tablas, que el costado estaba hueco y relleno... j A h! ¡E r a el secreto del mueble, el secreto anhelado! Acabé de arranear la madera, astillándola ya sin i) iedad, en mi fiebre de reconocerlo, y ai) arecíó todo abarrotado de cilindros... Tiré de uno, que salió difícilmente, y gastada la envoltura de papel por los años, se rompió y despanzurró, dejando vei terse á mis pies una cascada de monedas... i H e aquí lo que guardaba en su tripa la cómoda! i Estaba preñada ele o r o! Salieron rollos, rollos, y me encontré rico, dueño de un redondo- lucido capital. Y lo oculto, lo reservadísimo que me sci) araba de mí mujer, creció como las olas á la sul) ida de la marea. Ya i: odía aislarme; ya la deliciosa sensación de la duplicidad de mí existencia era segura, permanente. Desde aquel momento no fui yo el que era, ó por lo menos no lo fui sino al recluirme entre las paredes de mi hogar antiguo porque allí, en el nuevo, mi ser había cambiado y nada de cuanto hiciese tendría conexión con lo hecho antes, ni con lo que seguiría haciendo en el domicilio conyugal. Amueblé fastuosamente mi r e t i r o traje á él mujeres hermosas, jocundos amigos, vinos de fuego, rosas encendidas de embriaguez. Y no sentí ni asomos de remordimiento, uesto que quien cometía tales excesos no era aquel, el que á su hora aceptaba la obligación legal, social y familiar, con puntualidad rigurosa, como si no hubiese adquirido la cómoda vieja. L a cómoda había hecho salir de la sombra á otro yo, oculto hasta entonces, que jamás se revelaría, si una mujer severa no arroja de casa el precioso mueble, como arrojaría á la concubina de su esposo. Acaso, teniéndola en mi domicilio público, jamás hubiese descubierto el tesoro; pero tampoco descubriría el alegre y deleitable mundo en que me regodeaba. Todo se l aga, todo se compensa. Bendije entonces la espinosa condición de mi amada consorte, aquella tema suya de negarse á cuanto me agradaba... Bendije su sabiduría, al enseñarme que no es posible satisfacer juntamente dos aspiraciones de nuestro espíritu: el orden y la fantasía, la paz de siempre y ía borrasca de alguna vez... Y, cuando ella me recuerda el antojo mío de la cómoda aquella respondo, acariciando las mejillas de mi compañera, que la cuarcntonada ha redondeado -Tenías razón... L a tal cómoda no cabía aquí. LA COXDESA DE PyVRDO BAZAN Dih. íjo de Méndez Bringa.