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F O L L E T Í N D E BLANCO Y NEGRO LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA NOVELA POR ELIAS BERTHET 33. CONTINUACJON ño- -prosiguió recordando su tono sarcástico- -que yo me encuentre aquí, en casa de mis cariñosos parientes? Gracias al cielo, no habéis tenido tiempo todavía de enajenarme su amistad y están todos muy dispuestos á unirse á mí para obligaros á restituirme mi herencia, que me tenéis injustamente secuestrada. -I Piedad, señor Gauthier! -interrumpió el anciano juntando las manos. -No me hagáis daño y os lo devolveré todo... Yo os lo prometo, yo os lo juro... -Vamos á ver si sois sincero, amiguito; es preciso, ante todo, ponernos de acuerdo acerca de dertos puntos, y si tratáis de engañarme, tendréis que arrepentiros de ello. Sabéis bastantes secretos míos para tener la seguridad de que no me chanceo. Y sentándose á la cabecera de Laforet, prosiguió: -Si no he comprendido mal la causa de vuestra negativa, cuando me presenté en vuestra casa en M... para percibir el importe de la herencia de mi padre, parece que habéis hecho curiosos descubrimientos respecto á mi persona. Habéis adquirido la prueba de que el hijo ilegítimo de Miguel Ladrange no era otro que un llamado Francisco Gírodot, sentenciado á treinta años de trabajos forzados por el tribunal de Dourdan, en virtud de ciertos pecadillos. Y al venir á este país, ¿no traíais por objeto instruir de todo á mi querido prime, al mismo tiempo que erais portador de los fondos procedentes de los legados de mi padre? El notíirio parecía hallarse bajo la presión de atroc sufrimientos, y apenas tuvo fuerzas para contestar: Es cierto... Pero 0 os entregaré el dinero... y... no diré nada al señor Daniel Ladrange. -Muy bien; pero, ¿creéis que pueda darme por satisfecho con una afirmación iii aun con un juramento vuestro? Necesito garantías más sólidas, os lo advierto, y para empezar, sospecho que debéis tener en vuestro poder, en primer lugar, un acta que prueba la identidad de Francisco Girodot y de Francisco Gauthier, y en segundo, un extracto del proceso de dicho Girodot por el tribunal de Dourdan. Debéis haber traído con vos estos documentos para enseñárselos á mi querido pariente, con fe caritativa esperanza de que emplearía su autoridad para mandar que me prendan, lo cual simplificaría muchísimo en beneficio suyo los asuntos de la testamentaría... Maese Laforet, necesito esos papeles; ¿dónde están? -Yo... yo no los tengo- balbució el anciano retorciéndose convulsivamente en el lecho. -Los tenéis; estoy seguro dé ello. No los he hallado en vuestros vestidos, que acabo de registrar con exquisito cuidado; por consiguiente, debéis haberlos ocultado en alguna parte. ¿Dónde están? -Yo no los tengo... Talvez se quedarían en la maleta qiie se llevaron los salteadores. -Paréceme, maese La! foret- -prosiguió el Gua- po Francisco entre irónico y amenazador, -que no sabéis todavía bien de lo que soy capaz. ¿No os estremecéis al hallaros solo conmigo, en esta habitación apartada, desde la cual no podrían ser oídos vuestros gritos, y donde os halláis completamente á mi discreción? El exceso mismo del espanto devolvió el uso de la palabra al desgraciado notario. ¡Mirad lo que hacéis! -balbució. ¿Os atreveríais... en casa de un magistrado... ¡Bah! -continuó el Guapo Francisco con risa despreciativa. ¿Creéis que yo temo á ese orgulloso Daniel? Le tengo tan envuelto en mis redes, que el día en que llegásemos á un rompimiento no se atrevería á decir ni hacer nada contra mí... Por lo que hace á esta casa, todo lo que encierra está en poder mío, y no tendría que hacer más que abrir esa ventana, hacer una seña, y mañana rio existiría ninguno de sus habitantes, y el edificio no sería más que un montón de cenizas. Laforet sólo pudo dejar escapar algunos sonidos débiles é inarticulados, mientras el Guapo Francisco, irritado, proseguía con acento de terrible fiereza: ¡Ea, pues! ¡Acabemos con m i l truenos! ¿Dónde están esos papeles... ¡Los necesito... al instante! Pero en vano aguardó una palabra, un gesto que le indicase el objeto de sus pesquisas; Laforet sufría sacudimientos convulsivos y continuaba gimiendo. El Meg, en el colmo del furor y ya fuera c e sí, alzaba el brazo para herirle cuando le asaltó repentinamente una sospecha. Inclinóse hacia el notario y apartando la colgadura trató de examinar sus facciones; pero como la obscuridad era demasiado profunda, se apresuró á encender una bujía en la lamparilla, y volviendo cerca de Laforet, le acercó la luz al rostro. Entonces reconoció que el pobre viejo, quebrantado ya por las fatigas y las horribles emociones de la noche, se hallaba bajo la influencia de una congestión cerebral. Su fisonomía estaba inyectada de sangre, los ojos giraban en sus órbitas y la lengua, trabada, revelaba una parálisis inminente. El Guapo Francisco le observó un momento con atención, y en seguida soltó una carcajada. -i Un ataque apoplético! -exclamó. -i Una apoplejía natural y fulminante! Es más de lo que podría desearse, y bien puede decirse, mi querido Laforet, que lleváis la complacencia hasta el últ mo límite... ¡Yo que no sabía cómo desembarazarme de vos sin excitar sospechas, y he aquí que vos mismo, sin intimación alguna, os tomáis el trabajo de sacarme de este apuro... No se puede pedir más amabilidad. Y acto continuo empezó á practicar una escrupulosa pesquisa en la habitación. Después de escudriñar los muebles uno tras otro y de registrar por segunda vez las ropas del moribundo, volvió hacia el lecho, que registró también minuciosamente. ¡Vamos! -dijo para sí. -Decididamente no