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pxo. vertiendo sus tristes lágrimas, la dijeron compasivas; Tortuguita, ¿qué te pasa? Ella les contó el motivo de sus lág rimas amargas, y las águilas, que eran muy buenas personas ambas, la dijeron: No te apures, nosotras tenemos alas y fuerza, y te llevaremos donde quieras en volandas. Y así fué; tomando un trozo de cuerda, que sujetaban las á. ffuilas con sus picos, y la tortuga agarrada con los dientes á la cuerda, como en un columpio, alzaba! el vuelo sobre los bosques, los ríos y las montañas. Como las águilas iban volando muy separadas y la cuerda se perdía de vista á cierta distancia, era asombro de las aves que en su camino encontral. aquel pájaro con concha que iba volando sin alas. j Qué ave es ésta- -se decíantan portentosa y tan sabia? y la seguían, diciéndola: Prodigio, ¿cómo te llamas? La tortuga, envanecida con aquellas alabanzas, quiso, para darse tono, decir cómo se llamaba... y al hablar soltó la cuerda y fu: al suelo la cuitada donde se hizo una tortilla. NiñíDS, no olvidéis la fábula- -repetía nuestra abuela cuando el cuento terminaba. (Cuando se está á mucha altura la soberbia ciega y mata. Cu. ción del paisaje, sintieron de pronto un tiro y, aunque sonó á bastante distancia, ellos, como prudentes, huyeron y se agazaparon bajo un florecido jaral. -En verdad, hermano- -dijo uno de ellos, -que si el hombre es el rey de los animales, débelo únicamente á su escopeta. -Así lo creo yo- -contestó el otro. -Ella detiene al pájaro en su vuelo, al corzo en su carrera, al jabalí en su furia y á nosotros en nuestro temor... Ella y no el hombre... Quítesela y sus alimentos se reducirán á las hierbas condenadas por la Naturaleza á quietud permanente, y á los estúpidos peces. -Si nosotros consiguiéramos una... -También seríamos reyes... ¿Quién lo duda? -i Y omnipotentes... Una escopeta es el cetro, el sumo poder... ¡Con cuánto placer mataría á los hurones... -Y á los podencos... Se pasaron dos meses, y una tarde de las últimas de otoño salieron nuestros héroes á dar una vueltecita por las colinas. La apacibilidad del ambiente, el aire que dormía, los arroyos y regatos que, crecidos w fi f- l con las últimas lluvias, saltaban espumosos entre las rocas, y el gorjear de los pájaros y el brillar del sol en el cielo azul formaban, en conjunto, una de esas tardes en las que la Naturaleza, vestida con sus más ricos atavíos, está solicitando de los seres todos que se le entreguen en cuerpo y alma. Los conejos, hartos ya de correr y saltar, fueron á sentarse junto á unos olorosos tomillos; pero, repentinamente, uno de ellos lanzó un brinco de asombro y exclamó: ¡Una escopeta... -I Es verdad, es verdad... I Y tornaron á brincar como los chicos cuando ven un juguete nuevo. En seguida se pusieron á examinarla. Estaba casi escondida entre el crecido y rozagante césped, y, sin duda alguna, la dejaría allí un cazador sin licencia al verse acosado por los guardas. ¡Somos los reyes de todos... i Somos como el hombre... ¡Ay de los perros y de los hurones... Con sus patitas recorrieron el cañón, la culata, la caja, la correa, todo, en fin. ¿Y cómo se dispara... -Debe ser asi... -contestó el sahidor enipujandc el gatillo con todas sus fuerzas. En efecto, así era, príncipe mío. Salió el tiro y, cuando el atónito disparador se volvió hacia su compañero para recibir sus plácemes, violo entre el humo dando los últimos saltos, los de la muerte, con el pecho cubierto de purpúreos hilillos de sangre y con los ojos enturbiados por la agonía... Espantado de su obra, echó á correr, y en este punto le abandona la historia... -El poder en mano de los ignorantes es un peligro para cuantos les rodean- -exclamó el príncipe. -El poder y todo- -añadió el sabio. -La ignorancia, como la víbora, convierte todas las cosas en veneno... JOSÉ A. LUENGO. LOS DOS CONEJOS (APÓLOGO) I f n sabio, encargado de la educación de un príncipe, le hablaba asi cierto día: -Habéis de saber, príncipe mío, que en un valle europeo, suavemente tendido entre dos colinas, vivían dos conejos que por su prudencia habían hallado el modo de escapar á las asechanzas de los hombres y el de obligar á la Naturaleza á satisfacer todas sus necesidades. Los prados de viciosa hierba les daban alimento; eran sus músicas las de las frondas, que impelidas por la brisa cantaban esos himnos gigantes y sublimes, ante los cuales son los de los humanos runruneos de insectos ociosos; cuando en el verano apetecían sombra, las malezas se la ofrecían tupida y tranquila, y cuando querían sol en el invierno, lo lograban con subirse á una roca ó buscar una calva de las cercanas colinas. ¡Qué felicidad la suya... Vos mismo, príncipe, no la tendréis igual, porque el atroz cuidado, de oue nos hablara Horacio, se asentará en vuestro trono, se columpiará entre las flores de vuestra diadema, anidará en los labrados mármoles de vuestra morada v os acechará tras las estofadas y ricas colgaduras de vuestras habitaciones... Una tarde, estando los dos conejos sumidos en la contempla-