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Eso es mata, amig o. ¡Chavó, y qué tiauquiliío lu lie quedao! -Pues cuando vuelvas acabaremos la tacna. -Sí, señó; usté dirá lo que le debo. -Diez pesetas. -Como éstas, y mu asíra J. csio, don Sebastián. -V ete con Dios, hombre, y buena suerte. ¡Gracias... Y Currito Pelusas, que haDia entrado en casa de D. Sebastián Pringuezuela con la cara lívida, la boca entreabierta y la mano en el carrillo, como si íuera á echar un pregón, salió de allí aleare y decidor, más radiante que el oroi) io I ebo y con más contoneo que una mecedora. Pero el bienestar le duró poco. Aquella misma niidá. me pondría yo, que tuvieron que asujctarnic entre cuatro. ¿Querías matarte qui. á? -Lo que quería es maíá á mi muié. Y á guisa de consuelo, añadió tranquilamente: -No te desesperes por mo (ic la dolensia, porc ue entavía tiene que dclerte muchísimo más. Pasó Currito la más terrible de las noches, y, apenas llegó á Madrí, tomó un carruaje y se dirigió á la casa de uno de los más renombrados dentistas. -Arránqueme usté esta muela por los clavos é Cristo, porque me tiene Jecho harinas y necesito atoreá esta tarde. -Vamos despacio- -repuso con calma el dentista. -Vamos á galope, señó, que estoy ya que no veo. tarde, y ya en el tren, camino de Madrid, comenzó á sentir alguna que otra punzadilla suelta; y al cerrar la noche, debido á la trepidación del ferrocarril, al calor excesivo ó á la postura que adoptó al tenderse, dijo la muela aquí estoy yo, y comenzó para Currito el niás terrible de los sufrimientos. -No t apures, Currito- -le decía el Chavetas, su jíicador de confianza; -lo que zobran en IMadrí zon güenos dentistas; en cuanto llegues te vas ar mejón y que te ventile ece mardecío güeso. -Que me lo ventile enque sea con dinamita. Chaveta. Es mucho doló! ¿Qué vas á desirme á mí, Pchisaf- -terció Vermcjuitas, un banderillero más bruto que una tonelada de cerrojos. -Una vez mi mujé me dio á bebé una bebía cuasi jirviendo, y me se fijó un doló aquí, en los dientes de alante, que, en fin, de qué couíor- -Pues no puedo extraerle la muela- el dentista después de un minucioso reconocimiento. -La encía está muy inflamada, 3 la extracción sería una temeridad. ¡Pero... -Lo que haré para quitarle el dolor es matarle el nervio. ¿Matarme el nervio f- -exclamó el novillero estupefacto. ¡Señó, si ese nervio está ya que jiede I ¿Cómo que... jiede? ¿Qué quiere usted decirme? -Que ese nervio está más que muerto. ¡Hombre! ¿Querrá usted saberlo mejor que yo? -repuso eí dentista un tanto quemado. -i i Mardita sea la yesca... -añadió Currito quemadísnno. ¿Y querrá usté saberlo mejó que yo. que m ha costao dos duros el entierro... PEDRO MUÑOZ SECA. Dil. Miios de Medina Vera.