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rnTrn ER m m PAGINAS FEMENINAS CRÓNICA DE P A R Í S lÉnCOLES 1 6 BE NOVlEMBiíE l- l ace mucho tiempo que no hablo en esta crónica de la moda para niños, y hoy voy á dedicársela, segura de que mis lectoras leerán con gusto cuanto se refiera á sus pequeños. Dando una vuelta de doce de la mañana á tres de la tarde por P a r e Monccau se convence una de que no existen chicos feos. ¿Será un privilegio concedido por el Todopoderoso á la generación presente, ó será que los padres cuyos hijos no sean bonitos los condenen á no pisar los paseos públicos? A mí me i arecc que esto no es lógico, y ante el deseo de descifrar el enigma, he torturado mi imaginación para obtener el convencimiento de que ahora, como siempre, hay niños guapos y feos; pero vestidos con tanto arte y un refinamiento tal de buen gusto, ciue aun los menos afortunados en el reparto de belleza parecen monísimos. El lujo, c ue ha tomado unos vuelos verdaderamente alarmantes, no se ha detenido ante esos seres encantadores, que en su adorable inocencia miran con igual indiferentismo un delantal de batista que un abrigo de armiño. Yo, que admiro los refi. namientos del lujo (de buen gusto) pero que le miro con cierta prevención, temiendo las consecuencias de su excesivo desarrollo, creo que precisamente se puede usar. y hasta abusar de él. por los niños peciueños, que no tienen uso de razón y, por lo tanto, sus imaginaciones no se alucinan, ni en sus corazoncitos inmaculados pueden surgir sentimientos de vanidad que los empañen. Pie visto un trousscau ideal para una chic uilla c uc es un sol; tiene tres años y mira con tan sublime desprecio las vanidades del mundo, cjue sin vacilar cedería todas sus galas por un paquete de caramelos ó una muñeca de cartón. Dentro de quince años nensará de muy distinta manera. Tiene un vestido de terciopelo marrón con vivos de paño, botones de bronce patinado y camiseta de tul blanco y encaje; no puede hacerse nada más mono. El gabán es igual al vestido, con forro de raso blanco, y el sombrero que completa la toilette es un verdadero encanto, de terciopelo un poquito clochc, con un borde de skung alrededor del ala y otro alrededor de la copa, y como único adorno una cocarde de trencilla oro viejo. Como vestidos de casa, tiene vario: de piqué con entredoscs de Irlanda, y algunos bordados con sontache, cine es la gran moda. Estos vestiditos parecen sencillísimos, pero no lo son, porque exigen un planchado primoroso. P a r a que la muñequita de ciuien me estoy ocupando no se ponga de mal humor, porque la fastidia que la vistan y la desnuden muchas veces, sobre estos trajecitos de piqué la ponen un abrigo de nutria para dar su pasco diario, y de este modo va muy abrigada, muy cómoda y elegandsima. U n detalle muy chic es qtie los niños deben de estar siempre escotaditos y con los brazos al aire. Por supuesto, cuando la casa esté á veinte grados. El abrigo inícrior ha cjueclado en absoluto abolido oara la gente menuda, fundándose en que es más higiénico vestirlos de riguroso verano en toda estación y aumentarles ó disminuirles el abrigo exterior, según lo exija la temperatura. Creo que esto no lo podrá llevar á la práctica todo el m u n d o pero desde el punto de vista estético no cabe d u d a los niños están mucho más monos entre batistas y encajes que abrumados con elásticas y franelas. LA CONDESA D A R M O N V I L L E E N LA VITRINE p n una vitrine de una de ¡as casas predilectas de la alta sociedad cosmopolita se encontraron un día dos vestidos: el uno, de gasa verde, bordado con perlas; el otro, de muselina de seda blanca, sin adoraos. Llegada la noche, cuando el público abandonó los salones, las luces se apagaron y se restableció el silencio, el vestido verde suspiró profundamente. ¿Qué te pasa? -preguntó el blanco- -Que la impaciencia me devora; quisiera que las horas volasen y encontrarme ya en e! momento feliz que espero desde hace ocho días. Mucho he sufrido en este tiempo, pero al fin mi sueño va á realizarse. A O quiero pensar en el momento supremo. Dios quiera darme fuerza de voluntad paí- a contenerme y que no estallen mis costuras de alegría. -Así sea, pero explícame la causa de tu alborozo, porque no acierto á comprenderla. -Te referiré con mucho gusto mis impresiones, y charlando contigo se me figurará más corta la noche. Cuando me sacaron del taller y me colocaron entre dos espejos, creí que me desmayaba. Sabía que era bonito, porque lo había oído decir; pero no sospechalía oue yo fuese la obra maestra de la temporada, y al verme tan ideal perdí el juicio y soñé con ser ia predilecta de una belleza, que envuelta entre les pliegues de mis gasas y realzando sus encantos el suave colorido de mis perlas, levantase murmullos de admiración y de envidia al presentarse en un salón. Soñé que ella y vo seríamos los reyes de la fiesta, y que mí beldad, al volver á casa, comprendiendo que su triunfo me lo debía á mí en primer término, me abrazaría con entusiasmo y... -Calla, calla, no seas loco; si no acabase de oírte, hubiera asegurado que tanta vanidad no podía ocultarse bajo esas gasas tan bonitas. Me da pena oírte. ¡Cuántas decepciones te esperan! Yo no he pensado i amas en mi porvenir; no sé dónde iré á parar, ni me preocupa que mí dueña sea benita ó fea. -Es natural- -interrum 3 Íó de mal humor el vestido de baile. -Tú no puedes esperar nada en el mundo, puesto que tu condición te reduce á vivir entre cuatro paredes y á que sólo te vea la familia íntima. Píens. i ue eres una tata, y no te compares conmigo. -Tienes razón, nuestro destino es muy diferente. Ahora, vamos á dormir, que es muj tarde, y si segui! hablando se va á enfadar aquella pelisse. que tiene muy mal genio y debe estar rendida, porque hoy se la han proliado diez ó doce señoras. Buenas noches. -I5 uenas t- í las dé Dios. Quién pudiera dormir!