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abajo, dándose empujones, e. itrechocándose y vacilando, como un buque sin brújula y sin rumbo. De los vapores salían voces aguardentosas que entonaban cantos exóticos, y á la borda asomábanse de vez en vez hombres desconocí des que miraban á la gente con aire forastero y con la nostalgia de no se sabe qué extraños países. E n un patache vizcaíno un acordeón gangoso gemía un tiempo de zortcico. Todo aquello rodeaba á esta multitud sórdida en un halo de poesía y de ensueño. El desagradable papá de Palmira, sin duda para evitar mi taimada persecución, invitó á las niñas á subir al carrousscl, que giraba y giraba vertiginosamente entre los alaridos de la muchedumbre y los gangueos del vals de Madame Angot. Yo, despojándome de una timidez cine en mí no cabe, y con una audacia que no sé si calificar de donjuanesca, tomé im billete para un viaje en el carronssél y subí resueltamente. Pasé rozando mi codo con la manga de la blusa de Palmira, salpicada de dulces rinconcitos calados, que dejaban entrever la carne rosada y fina. Mi ardimiento hizo fruncir el ceño á D. Antonio; Josefina me miraba con sus ojos inquisitivos de espía, queriendo sorprender mi estado do alma en un gesto ó en una actitud, y Palmira volvió á un lado la cabeza, despectivamente, soslayándome, no obstante, con sus ojos picaros bajo las alas de su gran sombrero. Acjuellas muestras de contrariedad por rai osadía, dadas así en plena faz de D. Antonio, constituían una acción meritoria y acarreaban la rebosante satisfacción del papá, que siguió mirándome cada vez más retador, alentado por el porte desdeñoso de su hija. Aquello me infundió una melancolía terrible, y, desalentado, me tumbé sin fuerzas en uno de los cochecitos. Cuando monté en el carroussel, la música de una pianola, clavada en el centro, lanzaba al aire uno de esos valses frivolos, de entonación cruelmente alegre para las almas heridas; uno de esos valses que se oyen en los circos cuando sale á la pista un funámbulo... Y pensé entonces con un dolor inmenso que yo, como todos los hombres abrumados por una pasión, era un payaso trágico... L a s mujeres se ríen de nuestras actitudes melodramáticas como si fuesen piruetas de clozvn. La gente nos miraba riéndose, un poco burlona, fijándose en nuestras posturas desairadas dentro de aquellos asientes estrechos, de los cuales parecíamos caernos cuando el carroussel. en sus vaivenes, marcaba una curva acentuada... Y la gente seguía mirándonos, con caras bobali conas de palurdos que ven fuegos artificiales por primera vez. E n t r e tanto, la musiquilla sonaba irrisoriamente gozosa. Entonces se me clavó en el alma la idea absurda de que yo era un payaso trágico y grotesco, que bajo el rostro jovial escondía una historia de dolor, y de quien todo el mundo se reía, y Palmira más que nadie... E n aquellos momentos sentí toda la vaciedad de mi vida, una vida loca y febril, sin norte y sin sentido, siempre víctima de las maquinaciones y ardides de muchachas frivolas ó perversas. ¿P a r a qué me servía la existencia? ¿Qué papel desempeñaba dentro del mundo en general y dentro de Fabricia en particular u n vulgarote oficinista como yo soy... Mi plaza en la Aduana, alguien más laborioso y aficionado que yo al expedienteo y á los primores caligráficos la ocuparía; v mi puesto en el corazón de Palmira... ¡Ah, qué irrisión... Palmira me despreciaba; Palmira no podría amar sino á un muchacho gallardo y calavera, como Fermín Robes, en quien ella había puesto los ojos hacía tiempo, según me confesó su amiga Panchita Rodríguez una tarde, en el paseo de la calle Real... F u é aquel un minuto trágico de tedio de la existencia y de desdén hacia mis semejantes y hacia mí mismo... Fué imo de esos minutos en que una nube de sangre cubre el cerebro y en que todas nuestras potencias se desquician... Sin saber lo que hacía, rasgué con un corta lumas la correa sin fin que volaba debajo de mí en un vértigo de locura... Oí un grito de horror, y cuando me recobré, me vi tendido sobre el enlosado del muelle, húiucdo de sangre y de agua salobre, y miré á mi lado á Pahuira, ensangrentada, siniestra, y pronunciando en el terror de la muerte... un nombre... que era el mío... -Ramonin Ramonín, i tanto como yo te quería! ND. És G O N Z A T E Z- B L A N C O D btijo de Méndez Erínga.