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Palmira, la hija de D. Antonio Manzanedo, el acaudalado naviero de Fabricia, era una muchachita gentil, espigada y trigueña. El lindo pelo castaño le envolvía la frente en un nimbo glorioso. Unos ojos grandes y claros le daban un aire de colegiala candida, que la boca roja desmentía. El cuerpo era rellenito sin opulencias y flexible sin desgarbo. Unas orejitas menudas cobijábanse bajo el cálido nidal del cabello sedeño, como pájaros asustados... Cuando en las noches del verano salía al paseo del muelle con sus trajes claros y sus sombreros llamativos, estaba esplendorosa bajo la luz incierta de los farolillos de colores y de los cuatro ó cinco focos voltaicos plantados á lo largo del malecón... La hermana de Palmira, Josefina, era una linda rubia, vivaracha é intrigantuela, que nos hizo la guerra declarada desde el comienzo de nuestras relaciones. Hablillas, murmuraciones, asechanzas; nada perdonó para molestarme y aburrirme. Sus ojos azules, tan dulces y candidos, encubrían un alma diabólica y un corazón de arpía. Josefina era lindísima y gentil, pero su genio infernal la privaba de novios. Nadie osaba acercarse á ellaj y en cuanto se acercaban, volvíanse atrás á las primeras de cambio. Su carácter se hacía con esto más ácido y retraído, como el de una solterona, ávida sólo de intrigas y maledicencias. Pero mi novia, la gentilísima Palmira, no le atendía en lo más mínimo. Una noche, un amigo mío oyó decir en el paseo á Palmira: -Pues yo he de hablar con él á trancas ó barrancas; ¿qué se cree esa idiota... Pero las dulces promesas de Palmira no llegaron á cumplirse, porque de golpe y porrazo viró en redondo, como se dice en Fabricia, donde el léxico está formado con acumulación de términos marinos y sin que yo pudiera inquirir las causas, me devolvió las cartas y me prohibió acercarme á ella en el paseo. Habíamos estado tres meses en relaciones; y aquella ruptura caprichosa, repentina é injustificada, me llenaba el alma de amargura. Comencé á declararme misógino y á maldecir de las mujeres, que son inconscientes y malvadas. Intenté hacer el amor á otras muchachas, para dar en cara á Palmira. Casi todas ellas eran tan guapas como Palmira, y algunas más opulentas y elegantes; así que durante los primeros días sentía halagada mi vanidad acompañándolas por la calle Real ó por el malecón. Mas, en el momento de ir á soltarles el pavo, cuando ellas esperaban mi declaración con los ojos encandilados y las mejillas encendidas, arqueando rítmicamente el seno, sentía ante ellas un recelo singular, que no era timidez, sino terror, el enorme terror que inspiran las mujeres y las esfinges en el instante de querer arrancarles su secreto... Por un proceso mental rapidísimo, yo hacía un paralelismo entre Palmira y la que iba á substituirla en mi corazón. Y era en una la menor redondez del arranque de la pierna, y en otra cierta pedantería en la conversación, y en la de más allá los ojos, no tan expresivos como los de Palmira; y en estotra la boca de labios descoloridos y exangües, reveladores de un alma poco ardiente y en alguna, el escaso gusto para vestir; y, en general, algo- que las distinguía de Palmira, siempre á mis ojos en detrimento suyo, lo que me apartaba de aquellas niñas frágiles y me hacía volver, con el pensamiento, á la única, á la adorada sobre todas... Fué por la época de las ferias cuando reñí con Palmira. Toda Fabricia estaba engalanada y festiva. Se oían cohetes restallar en lo alto; el cielo parecía más azul que de costumbre; las muchachas lucían trajes claros... La calle Real estaba á todas horas cuajada de forasteros, palurdos zafios y bobas muchachitas de pueblo que paseaban por Fabricia con los ojos bajos, asustadas de tanto lujo como hay en esta populosa villa, que, como todos los puertos del Cantábrico, se ha enriquecido rápidamente y ostenta magnificencias fabriles y financieras. El malecón se había cubierto de gallardetes; los buques surtos en el puerto se habían empavesado y en ellos ondulaban banderas de diversas naciones. Durante toda la tarde podían verse en la punta del muelle multitud de palurdos con caras embobadas, conteniplando el mar movible y azul, que ya se encrespaba amenazante, ya se alborotaba juguetón. Se había instalado un carroussel en el centro de los muelles, junto al pabellón que ocupan las oficinas de la Aduana, factoría larga y estrecha, semejante á un mercado, con un color salitroso y sórdido que le había dado la resaca al rebotar en las paredes. Al otro lado del sitio donde se había levantado el carroussel erguíase el nuevo edificio de lo que allí se llama la Rula, ó lonja de contratación del pescado, donde continuamente se oían voces desgarradas de sardineras, porfiando en las subastas ó regateando en las ventas. Entre el carroussel y la Aduana quedaba un ancho espacio libre, por donde circulaba la gente en las noches de iluminación y de verbena. En una de estas noches, habiendo encontrado á Palmira Manzanedo en la calle Real, en unión de su hermana y de su ceñudo y reumático papá, que me miró con una mirada más penetrante que nunca, retorciéndose bien foscamente sus bigotes de carabinero, seguíla hasta el muelle. Eran las nueve y media, y ya la banda municipal, destemplada y triste, lanzaba al aire las notas del vals de Madame Angot. Las estrellas fulgían claras en un cielo fuliginoso, y en el mar, que estaba suave y bello, se retrataban los farolillos suspendidos en el malecón y las linternas de los buques. Un gentío confuso y voceante cruzaba el muelle de arriba á