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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO -Basta- -dijo el Guapo Francisco con un movimiento de impaciencia. Pero al retirarse Contois, preguntó señalando á una puerta baja cerca de su lecho: ¿Adonde se va por ahí? -A la habitación del notario, que está algo malo. Espero que pasará bien la noche; pero si el notario llamase, ruego al señor tenga la bondad de avisarme, á no ser que prefiera acudir en persona á socorrer á su ve no: la llave está ahí, sobre el tocador. Retiróse Contois, mientras el Guapo Francisco pensaba: -No hay como la osadía para que todo salga á pedir de boca. Ese imbécil de Laforet no ka dicho nada todavía. ¡Vaya una suerte! Bien había visto yo al través de los cristales que no estaba en disposición de charlar. En fin, todo marcha á las mil maravillas; pero ahora que estoy dentro de la plaza, ¿qué partido tomar? ¿Seguiré esperando? Mañana por la mañana Laforet estará sosegado y su primera acción será decir lo que sabe al director del Jurado, enseñándole los malditos documentos, que sin duda trae consigo. ¡Diablo! Es preciso impedirlo. Hizo un movimiento como para levantarse; pero le detuvo una nueva reflexión. ¡Qué lástima! -continuó con aire pensativo. Había combinado tan perfectamente m i plan! Comprometer á ese insolente Daniel y arreglar las cosas de modo que pudiera aparecer como mi cómplice en caso de apuro, y después, la noche de la boda, cuando la casa estuviese rebosando alegría, presentarme yo con mi gente y arramplar con las alhajas, los diamantes y las carteras. A mí me hubiera tocado en lote la encantadora María en traje de desposada; me la hubiera llevado á los bosques de la Muette, riéndome de los aspavientos furiosos de Ladrange y pagándole de esta manera todos sus insultos pasados... ¡Oh! Era un proyecto magnífico, y si hubiera podido esperar siquiera dos días más... Pero ese maldito Laforet... Quedó un rato absorto en sus reflexiones y después alzó de repente la cabeza. ¡Bah! -dijo. -Antes de tomar un partido hay que saber si tengo la elección de los medios... Veamos dónde están nuestros chicos. Quitóse los zapatos, que podían hacer ruido; apagó todas las bujías, á excepción de una. Abrió la ventana que daba al parque y agitó tres veces la luz de arriba abajo, apagándola también en seguida. Apenas terminadas estas señales, oyóse á corta distancia el graznido de un ave nocturna, perfectamente imitado. -Bueno- -dijo el Guapo Francisco. Y á pesar del frío se reclinó sobre el antepecho de la ventana y esperó. A pocos píes de distancia de aquella ventana habÍE. clavadas enormes vigas que sostenían un andamiaje destinado á las reparaciones, de aquella parte del castillo. El Guapo Fra ncisco las contemplaba sonriendo. -En verdad- murmuró -que se nos dan todas las facilidades posibles para hacernos dueños de esta casucha cuando queramos. Una especie de gruñido, que se oyó á la parte de abajo, llamó su atención. ¿Eres tú, Longjumeau? -preguntó con precaución. -Sí, Meg. -Pues sube y hablaremos con más facilidad. En seguida la viga principal se conmovió ligeramente como si un cuerpo pesado trepase por ella, y una masa negra se detuvo enfrente de la ventana donde se hallaba el Guapo Francisco. -Aquí estoy, Meg- -dijo una voz jadeante. ¿Qué me mandáis? ¿Cuántos sois ahí? -Sólo cinco hombres, ya c ue es precioo decirlo, y aun incluyo en el número al Tuerto de Joiiy, que, como sabéis, no vale para gran cosa. ¡Cinco! Y deberíais ser ocho... ¿Qué ha sido de los tres restantes? -Yo... yo no lo sé... ¿Quiénes son los tres que faltan? -preguntó el Guapo Francisco. Longjumeau, aunque con visible repugnancia, se vio obligado á nombrarles; eran el Normandote, Sans- Orteaux y el Manco. -Bien está. Yo enseñaré á esos tunos á no abandonar su puesto. E n fin, Meg, ¿qué haremos? -Permaneceréis todos ocultos al pie de este andamio, inmóviles y silenciosos, hasta nueva orden. Si veis una bujía encendida, como hace poco, será señal de que ya no necesito de vuestros servicios, y podréis iros á calentar y dormir donde queráis... Hasta entonces no os mováis y estad alerta. Mañana nos volveremos á ver en el sitio ordinario de reunión. ¿Me has entendido? -Sí, Meg- -contestó Longjumeau dejándose leslizar con rapidez hasta el suelo. El Guapo Francisco cerró sin ruido la ventana. -Vaya, puesto que no puedo elegir, corramos á lo más urgente... ¡Vamos á vernos las caras, maese Laforet! Acercóse á aplicar el oído á la puerta de la habitación del notario y escuchó largo rato en silencio. Era más de media noche. El notario Laforet dormía con sueño ligero, calenturiento y delirante; su piel, enrojecida y febril; su respiración, entrecortada, daban indicios de la funesta impresión que en él habían producido los acontecimientos de aquella noche. Un ruido de muebles que se oyó cerca de su cama vino á arrancarle á tan agitado sueño. S- incorporó convulsivamente y balbució con YO- ¿apagada: ¿Quién es? ¿Qué me quieren? ¡Ah, ah! ¿Por fin habéis despertado, maese Laforet? -dijo una voz con precaución. -Pne; bien, lio me desagrada que podamos hablar ur poco. ¡Gauthier! -exclamó con terror. -Francisco Girodot aquí, en mi habitación. ¡Soy perdido! Y volvió á caer de espaldas en su lecho. -No habléis tan alto- -dijo el Guapo Francisco con dureza, -ó si no... ¿Qué tiene de extraCo finuará.