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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA N O V E L A POR E L I A S BEHTHET 32 CONTINUACIÓN ocurrida á Laforet es acaso un castigo de Dios por su proceder para conmigo. ¿Me habéis dicho que le han robado los veinte mil escudos, que traía? -No, n (3- -contestó Daniel riendo. -El pobre notario ha logrado ocultar esta suma á los bandidos, así como ciertos papeles que afirma son de gran importancia. ¿Papeles de importancia? -preguntó con viveza el Guapo Francisco. Pero recobrándose al punto, continuó: ¿De modo que no puedo ver al señor Laforet? Lo siento, porque tengo que marchar y tenía necesidad apremiante de hablarle esta noche. Pero veamos, ¿no podría ir á verle á su habitación? No le molestaré demasiado. -Sería una inhumanidad- -dijo Daniel; -ya debe estar dormido, y no puedo permitir que se le despierte para hablarle de negocios. Invitado á pasar allí la noche, el Guapo Francisco hizo mil objeciones fútiles, y al consentir en quedarse hasta la mañana siguiente, tuvo la habilidad de aparentar que cedía únicamente á las instancias de sus huéspedes. Daniel se apresuró á llamar al universal Contois y le dio órdenes en voz baja, órdenes que, sin duda no eran muy de gusto del factótum de Mereville, 3 juzgar por las muestras que éste daba de inquietud, casi de desesperación. Poco después, comprendiendo el proveedor que su presencia embarazaba á sus interlocutores, que debían de tener algo que decirse en particular, prete xtó el cansancio del viaje, raanifestó el deseo de retirarse y, después de despedirse, se encaminó á sus habitaciones. -De manera, Gauthier- -preguntó. Daniel prosiguiendo la conversación comenzada, -que Laforet se ha negado hasta ahora á poneros en posesión de la herencia paterna. -Mas, ¿por qué esta extraña negativa? -Lo ignoro todavía, señor Ladrange. Como habéis, dicho muy bien, el notario es rígido y hasta caviloso... Pero de todos modos, será preciso que: se explique. Yo no sospecho qué pueda ser, á menos que alguna calumnia, algún rumor absurdo... En fin, pronto sabremos la verdad. Suceda lo que quiera- -añadió el Guapo Francisco con fingida resignación, -estoy dispuesto á todo y sabré someterme, si es preciso, á la pobreza, que es ya para mí una antigua conocida. ¡La pobreza! -exclamó María vivamente. ¿Qué estáis diciendo, primo Gauthier? ¿Creéis que nosotros lo consentiríamos... Mas- prosiguió sonriendo, ¿cómo juzgaros pobre, cuando vos mismo os tomáis el cuidado de demostrar lo contrario? -No os comprendo, señorita. La señorita de Mereville fué á buscar el estuche que contenía el aderezo de rubíes, le abrió y se lo entregó al Guapo Francisco. i- ¿Conocéis estQ? -Ie preguntó. Gauthier aparentó examinar atentamente la pedrería. -Son magníficos rubíes- -dijo con frialdad, -y como yo alguna vez hago negocios en piedras finas, puedo asegurar que éstas deben tener bastante valor. ¿Y es eso todo lo que se os ocurre á la vista de ese aderezo? -Todi 3- -contestó el Guapo Francisco cerrando el estuche. María se quedó parada. -Vamos, Gauthier- -dijo Daniel, -no podéis negar que esas alhajas proceden de vuestra njano. -Pues, sin embargo, lo niego, señor Ladrange. Hubo otro instante de silencio. -Siendo así- -dijo María, -no puedo aceptar este regalo ni adornarme con unas joyas cuya procedencia me es desconocida... En la imposibilidad de restituirlas á la persona que las ha enviado, las pondré en manos del director del Hospicio más próximo, para que sean enajenadas en beneficio de los pobres. -i Oh! ¡No hagáis tal, señorita! -exclamó el Guapo Francisco con melancólica viveza. ¿Por qué rechazar ese tímido homenaje de un desconocido que no se atreve á ofrecérosle abiertamente, por más que esté penetrado de admiración hacia vos? Era ya la hora de retirarse, por lo que Gauthier estrechó la mano á Daniel y se despidió dé las señoras. -rPrimo Gauthier- -dijo María con voz conmovida cuando pasó cerca de ella, -vuestra elocuencia me hs, convencido: acepto el regalo y llevaré el aderezo el día de mi boda. Francisco se inclinó y salió, sirviéndole de guia silenciosamente Contois, que le esperaba en el vestíbulo con un can del ero en la mano. Hízole subir una escalera de piedra, y a! extremo de una larga galería húmeda y glacial, le introdujo en una habitación cuyas tapicerías estaban hechas jirones. Algunos muebles miserables y una cama más miserable; todavía, guarnecían- aquella vasta pieza, que se había, no obstante, procurado hacer lo más cómoda posible; un gran fuego ardía en la chimenea blancas servilletas cubrían las. mesas, demasiado carcomidas, y bujía? de las cuales había gran número en el castillo, formaban una verdadera iluminación. -Seguramente, el señor Ladrange os habrá advertido que no estaréis, muy bien alojado esta. noche. Apenas estamos instalados y hay ya tanta gente en el castillo... -Bueno, bueno- -contestó con indiferencia el Guapo Francisco. -Si el señor necesitase alguna cosa- -continuó el obsequioso criado, -tendría que ir- hasta elfin del corredor para llamar á los criados, porque esta ala del castillo está inhabitada y aún no ha habido tiempo de colocar las campanillas.