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POR E S C A P A R S E A llá por los años... no recuerdo cuántos vivían en el castillo de Torre Gigante el príncipe Rodulfo y su hermana Violeta, bajo la protección de un hada conocida por el nombre de Poderosa, que habitaba la gigantesca torre que se elevaba altiva sobre el lado Norte del castillo. Desde allí dirigía á la numerosa servidumbre de Sus Altezas é intervenía hasta en los má. mínimos detalles de cuanto á ellos se referia. El príncipe Rodulfo empezaba á cansarse del do- í jai Y í rnás felices que nosotros! Si tú fueras valiente, mañana podíamos escaparnos para ver la ciudad, aprovechando las horas en que duerme Poderosa. -Mucho me gustaría lo que tú me propones; pero si descubre que hemos salido sin permiso, sólo Dios sabe el castigo que el hada nos impondría. -Tienes razón; pero precisamente nuestra habilidad consiste en marcharnos sin que nadie nes vea y volver antes de que la gente del castillo se haya despertado. Violeta vaciló ante el temor de que su aventura tuviese malas consecuencias; pero al fin cedió, como sucede siempre que alguien trata de convencernos para que hagamos algo que estamos desecnd hacer. La melancólici tristeza que desde hacía bastante tiempo los dominaba se desvaneció por encanto, y la velada se les hizo breve, perqué no hay nada que acelere la marcha acompasada del tiempo como los pensamientos alegres. Conforme quedó convenido la víspera, á la mañana siguiente, antes de rayar el alba, se reunieron en el salón donde los hemos conocido el príncipe Rodulfo y la princesa Violeta. Con mucha precaución abrieron la ventana, y saltaron al parque; se agarraron de la mano, y pisando muy despacio para que la arena no crujiese bajo sus pies, se internaron en el bosque; cuando estuvieron seguros de que nadie podría oírlos, echaron á correr con toda la velocidad que les era posible. Saltaron la muralla, y, una vez fuera de sus dominios, se sintieron libres y felices, sentándose sobre unas piedras del camino para descansar y proseguir después su marcha en busca de la ciudad. í 1i Continuará. FÁBULAS ESCOGIDAS E L E L E F A N T E Y EL PERRITO Halló un gozque á un elefante en un áspero desierto, y empezó á ladrar, por cierto como quien le arroja el guaní Mordió el enano al gigante, porque el peligro no advierte mas lo nagó con la muerte. Así suele suceder al que con débil poder provoca altivo al más fuerte. EL NIÑO EN EL ZARZAT Junto á un frondoso zarzal pasaba un niño las horas comiendo maduras moras contra la orden paternal. Cúlpanle, y niega formal, que no advierte el pobrecil. lo lleva en el rostro escrit. pues siempre los crimínale: dejan algunas señales que descubren su delito. EL CÁNTARO Una muchacha inocente, imagen de la alegría, 6 7 8- minio de su protectora, y su cabecita juvenil proyectaba varios medios para emanciparse. Una tarde fría y lluviosa estaban los dos hermanos en un salón de la planta baja, de pie al lado de una ventana, contemplando á través de los cristales con mirada triste el extenso parque que se extendía ante su vista. La inclemencia del tiempo no les permitía dar su acostumbrado paseo, obligándolos á permanecer toda la tarde encerrados en el suntuoso palacio, que á silos se les figuraba estrecha jaula. La príncesita suspiró, y dijo con dulzura: ¿Adonde irán? parar esas gotas de agua que al caer sobre las losas forman un círculo pequeñito, luego se agrandan hasta desvanecerse, y, confundidas con la corriente, se escapan por los resquicios de la muralla? ¡Quién pudiera, como ellas, salir de aquí, impulsada por una voluntad superior á la nuestra! -Esas mismas reflexiones estaba haciendo yo- -contestó Rodulfo; y mirando á unos pajaritos, que, aprovechando un momento en que la líuvia cesó y las nubes se separaron para dar paso á un rayo de sol pálido é indeciso, volaron piando alegremente desde un árbol á otro, prosiguió: ¡Esas avecillas son