Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
properios mudos, y el miserable que se negó á contribuir con su óbolo, tiene que apelar á la fuga, dejando su pócima á medio tomar. H a s t a aquí la cosa no tiene nada de particular lo pintoresco y simbólico viene después; tras la canción napolitana, en que invariablemente aparece la luna Manca niadona d al o vestita, etc. viene el pasodoble de los bersaglieri, alegre y bullicioso como una merienda ciudadana, y mientras el cantor va diciendo la letra i bersaglieri pasanno la piuma sul capello, se siente en el aire el augurio de algo trascendental allí va á pasar algo, algo grave, algo extrahumano, algo por fuera de la medida racional del tiempo y de las cosas. Y pasa, ¡vaya si pasa! porque al llegar la pieza al ritornello todos los del sexteto- -menos el pianista- -se levantan de sus asientos, empuñan el instrumento respectivo y, sin dejar de tocar, emprenden un amplio y marcial paseo alrededor de la terraza, capitaneados por el joven cantante. La parte más bulliciosa y erudita del público se une á la orquesta para el desfile, y bien pronto una larga cola, en cuyz cabeza flamea el rojo- -déspota cíe la indumentaria de los tziganes, -va dando la vuelta al café, bordeando la terraza, ganando la calle y tornando á entrar por el lado opuesto sin dejar nunca de entonar e! estilillo revoltoso; i bersaglieri pasamto la pñwta sul capello... Como ima sierpe va la canción correteando por todos los rincones, alejándose de nuestros oídos poco á poco, hasta convertirse en un mosconeo de borracho, para volver atronadora y guerrera por el extremo opuesto, donde aparece jadeante el vioíoncello, siem- pre con el iiistruuiento á cuestas y queriendo dar un aire marcial y belicoso á las notas, ya desmayadas, de su pesado bordón. Bueno; esto fué el año ijasado des ¡3 ués he vuelto á Luchon, he corrido con las alegrías del recuerdi) á sentarme en la misma terraza del mismo café y sólo he conseguido saborear- -ai) arte del recuelo, inmutable en su medianía- -las hieles corrosivas del desengaño. Lo s tzi anes han desaparecido, y en su lugar, una anciana soltera de Tontaiiban martiriza en un arjja trozos somnolientos de Massenet y de Gounod. Ha muertci una leyenda m á s el cafe, antaño revoltoso des) ordantc de entusiasmo, parece hoy un cementerio pueblerino. N o puedo resistir mi melancolía y me dirijo, inquisitivo, al encargado del mostrador; casi con lágrima; en los ojos le pregunto la causa de aquella revolución en la parte filarmónica del establecimiento. Ah, señor! No se puede... no se puede... -me contesta amable. -Pero, qué es lo que no se puede? Si era un éxito, un sucés, una troin- aille. como dicen ustedes. i O h! No crea: era la ruina del negocio. i Cómo la ruina! Pero si estaba el café siempre lleno y había cola en la calle, esperando que se desocupasen las mesas... -S í pero lo que usted no sabe es que al armarse aquellos desfiles líricos y belicosos, con el pretexto de ir á hacer un toiir de promenadc detrás de h orquesta, la mitad de los parroquianos se marchaban sin pagar. JOAQUÍN B E L D A Dibujos de Medina Vcrn