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CAFE Y CORO X iAjANDO por E u r o p a se aprenden muchas co sas substanciosas, y como E u r o p a empieza en el Estrecho de Gibraltar, resulta que viajando or la provincia de Lugo también se recoge una abundante cosecha de enseñanzas. Pero no se trata ahora de la provincia de L u g o pasemos á Francia- -ahora que hay unos primorosos billetes de ida y vuelta muy baratitos, -y sin alejarnos mucho de Bayona lleguemos á Luchon y sentémonos en una mesa de la terraza del café Arnative. E n España conocemos una pintoresca variedad de combinaciones cafeteras; sabemos del café y copa, el café con puro de 0,15- -lo único puro que hay en esta combinación, -el café con media de arriba ó de abajo, el café con discusión política ó taurina y el café que paga un amigo, aunque de estos amigos ya van quedando pocos. El progreso, el adelanto, la civilización, la cultura- -creo que no se me olvida nada- -han llegado también hasta nuestros mediocres cafés de barrio y nos han dado el café con sexteto, compuesto de seis numerosos y distinguidos profesores, y el café con audiciones de gramófonos, que en su modernidad valiente y algo acatarrada, han venido á substituir á las clásicas gotas, suprimidas por un ukase del gremio. No, no carecen de atractivos nuestros cafés á los estudiantes les atraen más que las aulas universitarias, y á los oficinistas mucho más q u e las zahúrdas ministeriales donde sudan tinta en aras de la diosa administr a c i ó n Pero yo declaro que no he visto en ningún rincón de España el espectáculo original y atrayente que he presenciado en la terraza d e 1 citado café d e Luchon, cspe c t ác u 1 o que m e aconip a ñará á la t u m b a con s u recuerdo, por muchos lustros que tarde en bajar á ella; hay allí un sexteto de fsigancs- -ahora es tsigane todo flautista ó violoncello cjue se deje el pelo largo y se ponga un smoking rojo- -que ejecuta con maestría piezas voluptuosas y de ensueño, intercaladas en el acompañamiento de unas canciones napolitanas y unos pasodobles tridentinos, cantados á todo pulmón por un joven de Palermo- -también trdgane, -lleno de simpatía y de manchas de ajenjo en el t e m o lustroso. Al terminar cada recita, el propio cantor empuña una bandeja y, recorriendo el café en todas direcciones, recoge una buena cosecha de monedas de plata, justo lauro del éxito de su arte, que viene á complicarle á uno en unos céntimos el problema del aperitivo ó del digestivo. Porque, ¿quién es el valiente que se niega á depositar unos cuartejos en aquella bandeja, que parece el altar de Orfeo? Y si alguien se niega, ¡pobre de él! L a faz dulce y melosa del joven de Palermo se trueca en un volcán de todos los im-