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incalculable, transparente, sin una hebra de jardín en su seno, de un verde obscuro, aterciopelado, blando, con serenidad de cielo de Alcorán, poblado de huríes prometidas por el Profeta. Aquella esnteralda única llevábala el mestizo en una bolsita de seda pendiente de su cuello. Sólo la perdería con la vida en caso de un naufragio. Al salir yo del camarote de mi amigo, desde el extremo del orredor... ¡el hombre me miraba! Temblé comC un azogado. Abordaje, fuego, choque... algo de il o me amenazaba, con amenaza que se cumple. Y lo mismo, lo mismo de siempre... El hombre colgado de mi b r a z o el hombre, enloqueciendo mi cerebro... el hombre que desaparece, librándome de su presencia... Y aquella misma noche, paseando yo con mi amigo sobre cubierta, un inesperado bandazo del buque hácenos perder el equilibrio; lanza el mestizo un grito desgarrador y desaparece en las sombras de la noche, antesala de las eternas noches del fondo de los mares... A su grito de espanto, responde mi aullido de horror... Pido socorro, voceo, escandalizo... ¡T a r d e! ¡Ni r a s t r o Pero se fijan en m í sólo yo acompañaba al desaparecido; se sospecha; se me detiene... Gran suerte fué hallar intacto el maletín y el saco de viaje del difunto... El capitán conservaba en depósito la cajita de hierro que contenía las piedras que valían una fortuna... Se me dejó libre... ¡Y no volví á ver al hom- bre, no he vuelto á verlo en mi vida, que ya consideraba tranquila, libre de su presencia... hasta hoy, hasta hoy c ue he vuelto á tropezar con él al salir de mi casa... Inútiles fueron cuantos esfuerzos hicimos para tranquilizar al alucinado. Oíanos él, sin escucharnos, sin entendernos. Cambiada la color, demudada la faz, tembloroso, espantado, repetía sordamente ¡No me escapo... ¡N o me l i b r o Acompañámoslo hasta su casa. El médico le recetó una poción calmante; el señor cura le recomendó la oración, y el juez prometióle poner en campaña todo el puesto de la Guardia civil para perseguir al hombre, antes de que volviese á hacer una de las suyas. A la noche siguiente, D. Saulo acudió también á la tertulia, más excitado aún que el día anterior. PTabía vuelto á ver al hombre, y el hombre seguía su táctica invariable: le había sonreído. A la tercer a noche, el aspecto de D. Saulo era de aplanamiento, de forzada resignación, de conformidad con lo que fatalmente se aproximaba... El hombre le había saludado, y él, renunciando ya á la lucha, lucha inútil, de ineluctable fin, había contestado al saludo. Aquello iba mal. Temimos que la demencia se apoderase de aquel cerebro desequilibrado, y á la siguiente noche escoltamos á D. Saulo, sin que él nos viera, desde su casa hasta la de D. Lesmes. ¡También había visto al hombre! S í también lo había visto; y éste habíase colgado de su brazo, enloqueciéndolo con su conversación maldita... Y había hecho más había entrado con él hasta nuestro escondite. Y allí permanecía, junto á su víctima, charlando sin cesar, conquistándolo, haciéndoselo su 3 o con sus sofismas horrendos, con su lógica aplastante. iVIirámonos todos espantados. Aquello, realmente, era ya gravísimo. -i Posesión! -murmuró el cura santiguándose. -i Flisterismo! ¡Neurastenia! -b i s b i s e ó el médico. ¡Alucinación, obcecación, irresponsabilidad! -masculló el juez. Quemamos el último cartucho. -i Ea! -dijimos al desventurado. -Pues v e a usted como todo esto no existe ntás que en usted mismo. Ni el hombre está aquí, ni aquí ha entrado, ni con usted ha venido, pues lo hemos espiado á usted desde su casa y no se le ha acercado nadie. ¿L o oye usted bien? ¡N a d i e! ¡Ustedes tienen ojos y no ven! -nos contestó con desaliento. -Y, sin embargo, á veces, tropiezan ustedes á tientas con la verdad, y aprietan aún más los ciegos ojos, para no verla ni aun con los dedos! ¡Esto no existe más que en mí m i s m o! Luego existe. Ustedes lo confiesan y yo lo confirmo; juro que es tan cierta su existencia, como la de... de esa luz que nos alumbra... Como es cierta la existencia del mal pensamiento que nos sale al paso y que rechazamos por repulsivo; y más tarde se presenta de nuevo, y nos sonríe, y no le hacemos caso; y después, nos saluda... ¡ay de nosotros si correspondemos á ese infernal saludo... El se colgará de nuestro brazo, se adueñará de nosotros, enloquecerá nuestra mente pintando facilidades, ofreciendo impunidad absoluta... y nos mandará y obedeceremos; y nos pone el puñal en la mano, y matamos... Transfiguróse el rostro terroso de D. Saulo al decir esto, y poniéndose en pie con un suprem. o esfuerzo, con el de aquel que arroja la carga pesadísima que agobia sus hombros, exclamó juntando las m a n o s -Señor juez de los delitos, señor juez de los pecados, señor juez de las responsabilidades: júzguenme ustedes. Sálvenme, exorcícenme, cúrenme... Y por si el hombre sólo existe dentro de mí y conmigo, líbrenme de él, librándome de mí. Apresúrense á imposibilitarme. ¡Sí, yo, yo fui quien hurtó la tabaquera á mi condiscípulo; yo, quien despojó al pobre moro de sus ganados; yo, quien robó é incendió el rancho de M a m o r i á yo, quien arrebató la esmeralda al brasileño y quien lo arrojó al m a r ¡Yo fui, y o! Y lo hice todo porque él quiso que lo hiciera; porque me lo mandó él, el hombre... el mal pensamiento. ¡Líbrenme de él librándome de mí, porque esta vez, al mirarme, susurró en mi oído: i Qué molesta y qué insoportable es tu m u j e r! Y al sonreirme, me ha dicho: ¡T a n fácil como te sería librarte de ella! Y al colgarse de mi brazo, me decía: ¡Si apretases la mano en la morfina... ¿Quién habría de saberlo? Y ahora me dice: C a r g a r á s la m a n o la cargarás. ¡Nadie lo sabrá y te librarás de ella... 1 ¡Quedamos en que cargarás la mano! ¡S e ñ o r e s! P o r el amor de Dios... de Dios, á quien no invoco hace treinta a ñ o s El hombre ha desaparecido... para dejar paso á la catástrofe... Esta noche cargaré la mano... ¡Mañana me veré libre de mi m u j e r Todo el mundo dijo que D. Saulo- -que volvió de su síncope en el hospital- -se había vuelto loco... Y loco y en orates continúa... Ni él ni nosotros lo creímos así... ¡á Dio? gracias... VICENTE D I E Z D E T E J A D A Dibujo de Méndez Bringa.