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diré yo que lo fuera, aunque muy cristiano, tampoco puedo yo decir que lo fuese; pero en lo de errante estábamos de acuerdo todos los autores. Desde que siendo él mozo voló del pueblo, había corrido la Ceca y la Meca por tierras y por mares, rodeando el mundo en periplo inmenso, desde el ardiente hasta el helado polo, husmeando los rincones de este viejo planeta en todas sus latitudes, longitudes y aun profundidades, capaz de topar con la cuarta y hasta con Is. n- -i dimensión del hiperespacio creado por los geómetras. Este D. Saulo no era joven ni era viejo; mas bien joven; cincuentón. Témasele por rico algo tacaño; casado con mujer fea y enferma, siempre á vueltas con la morfina, y, por ser de la edad de su marido, mucho más vieja que él. D. Saulo era reservadote, callado, taciturno; con épocas de murria, de tedio, que él llamaba de calladera porque en ellas su parquedad de palabras llegaba al mutismo. Raro hombre era este D. Saulo: opaco, impenetrable, contra el cual nada había podido el desatentado afán inquisitorial del pueblo. D. Saulo era un jeroglífico faraónico, antes de la invención de la clave que dio al traste con el secreto de las ininteligibles escrituras. Nadie sabía nada de él; ¡de él, que tanto sabía de todo el mundo- tierra! Una noche, el Judío, pálido, convulso, aterrorizado, ca 3 ó en la tertulia como una bomba. Alarinámonos todos al verlo en estado tal, y transcurrido un largo rato de calladera, durante el cual pareció tranquilizarse, lanzó nuestro hombre un hondo suspiro, y pasándose las manos por las sienes, exclamó: ¡Es horrible! ¡Horrible... ¡Otra vez... y aquí... ¿Qué es... eso, querido D. Saulo, tan horrible, tan horrible... ¡No puedo más! ¡No tengo fuerzas para más... ¡Hablaré, porque esto puede ya más que yo... Al venir hacia acá me he encontrado con un hombre funesto para mí. Un hombre que se ha cruzado en mi camino en diferentes épocas de mi vida... Con su presencia, invariablemente, ha venido aparejada una desgracia horrible... Lo he visto en Europa, y en África, y en América... en la tierra y en el mar... y la catástrofe lo ha seguido como la sombra sigue al cuerpo: impalpable, incoercible; pero constante, firme, tenaz, inevitable... ¡Hoy lo he visto al salir de mi casa... ¡No me libro! ¡De ésta no me libro... -D. Saulo- -le dijimos, -deseche usted esas preocupaciones; serénese y convénzase de q u e todo ello es hijo de un momentáneo eclipse de sus facultades mentales. La casualidad pone el resto. -i Y siempre igual, siempre el mismo y lo mismo! -continuó sin escucharnos. -La primera vez que lo veo, me mira y desaparece. La segunda, me sonríe, y yo rechazo su sonrisa que me hiela la sangre... La tercera, me saluda; yo vacilo, y forzosamente, respondo á su saludo... Después se me cuelga del brazo y me habla; más tarde, me enloquece con su razonar maldito... y, al fin, sobreviene la catástrofe y él desaparece... Desaparece hasta que vuelve á presentarse de improviso, no importa cuándo ni dónde, para comenzar de nuevo... ...La primera vez que lo vi en mi vida fué aquí, en este pueblo, siendo yo un niño, i Oh, qué repulsivo se me apareció al pronto; qué insidioso, des- pués qué persuasivo, luego; qué irresistible, al fin... Tras él vino la primera desgracia, el primer disgusto serio de mi vida... Un condiscípulo mío tenía una linda tabaquera de plata en la cual guardaba no sé qué chucherías. Aquel niño perdió su tabaquera y me acusó de habérsela robado... Me registraron, y la infernal cajita fué hallada en mi bolsillo... Fui tildado de ladrón, afrentado, castigado cruelmente... ¡Aquel día no vi ya al hombre funesto! ¡Por la mañana me había acompañado á la escuela... Fui soldado en Ceuta y mte aficioné á las cosas de Marruecos. Me establecí en Tánger; invertí mis economías y mí patrimonio todo en ganados, que di á un moro para que los apacentase en sus campos y en sus montañas. El negocio prosperaba; ya era casi rico... y un día, junto al palacio de España, en el Soco Chico, me topé con el hombre... Lo reconocí en seguida. El, por su parte, siguió su antigua táctica: miró, sonrió, colgóse de mi brazo... ¡Me persiguió á muerte... Pensé en la fuga para librarme de él, y puse en venta todos mis rebaños. ¡Aquel día desapareció el hombre y me saludó la desgracia... i El moro, queriendo aprovecharse, puso el grito en el cielo, jurando y perjurando ber Dio bendito, que los ganados eran suyos y él protegido mío, cosa frecuente en aquel país, en el que la protección de un europeo pone los bienes de im indígena al abrigo de las garras del Sultán... Por fortuna, mis documentos estaban en regla, la redbestia existía y el consulado me hizo justicia. Lo vendí todo, y, al embarcar, á lomos de un fornido negrazo, una certera bala, salida no se supo de dónde, me atravesó el hombro derecho... Me fui al Brasil, remonté el Amazonas, el Mediterráneo de América, aquel inmenso río, con sus mareas y sus tempestades, y en compañía de unos hebreos tangerinos, allá en el Alto Purús, en San Luis de Mamoriá, me dediqué á la exportación del caucho, en aquellos infinitos bosques inhospitalarios, de miasmas pestilentes, engendradores de las fiebres mortíferas. Cierto día, en época en que bajaba cel río, mientras recogía un canasto de huevos de lorruga, D 1 alzar la vista me encontré con la de él, ¡con él, que me miraba... Pasó lo de siempre... En el rancho guardábamos el importe de un gran cargamento de caucho y de borraja, vendido en l ará... y al desaparecer el hombre días dsspués, ardió el rancho y con él todo cuanto teníamos. Mis compañeros y yo quedamos arruinados. Sólo salvé lo que me custodiaba mi banquero de Mana (js, que fué mi salvación. Huí del Brasil y me embarqué para Lisboa. Conmigo viajaba un mestizo brasilero, comerciante en piedras preciosas. Llevaba una caja de diamantes y de esmeraldas que valía una fortuna. Plicímonos amigos y las noches de travesía las pasábamos paseando sobre cubierta, recreando nuestra vista en el soberano espectáculo del inmenso mar dormido y del interminable ciclo, en el que las estrellas parecen alcanzarse con la mano y sepultarse en las aguas que reflejan sus fulgores; de aquel ciclo de incomparable hermosura, en cuyo manto lucen los diamantes de la torcida Cruz del Sur... Era simpático el brasileño, cariñoso, comunicativo... Una noche, en su camarote, me enseñó una maravilla: una enorme esmeralda, de valor