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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO va; -vuestro espíritu está turbado aún y vuestra imaginación os hace ver fantasmas... Pero aquí tenemos á Contois, que viene por fin á anunciarnos que está dispuesta la comida; un vaso de buen vino acabará de fortaleceros y ya veréis. como al levantaros de la mesa se han disipado todas esas visiones pavorosas; estoy seguro de ello. -Con vuestro permiso, señor Ladrange, no haré la prueba y prefiero retirarme á la habitación que me está destinada. Mañana me daréis recibo de las cantidades que acabo de entregaros y al propio tiempo os diré, acerca de una persona de vuestra familia, cosas que deben llamar vuestra atención en alto grado. ¡Vaya! i vaya! Mañana, cuando estéis tranquilo, me lo contaréis... Ahora os guiará Contois á vuestra habitación y os proveerá de todo lo necesario. -Diréis que soy muy pusilánime, señor Ladrange, pero... la habitación donde me llevan, ¿está sólidamente cerrada? -Podéis estar tranquilo; vuestro cuarto está en el primer piso; las ventanas están provistas de gruesos postigos; la puerta resistiría á una máquina de guerra, y el todo constituye una verdadera fortaleza. -A pesar de eso... Mirad, debéis guardar también esta cartera que contiene documentos de mucho interés para vos. Mañana, si estoy bueno, me la devolveréis; pero hasta tanto deseo que quede en vuestro poder. Daniel tomó la cartera con la condescendencia que inspiran las debilidades de un anciano, y Laforet se retiró. En seguida se trasladaron los demás al comedor y se sentaron á la mesa. Al volver al salón, Daniel dijo al proveedor con tono amistoso: -Vamos á ver, mi querido Leroux; los misterios son inútiles entre nosotros de hoy en adelante. ¿No podríais acaso darnos algunas noticias acerca de cierto aderezo de rubíes enviado á la señorita de Mereville por una persona desconocida? -Bajo mi palabra de honor, ignoro lo que queréis decir- -replicó el proveedor; -nunca se me ha ocurrido ofreceros aderezo de rubíes. Aquí está la prueba- -añadió sacando de sus anchos bolsillos un estuche de terciopelo. -Hubiera deseado presentar mi regalo de boda en momento más oportuno; pero ya que se me acusa, necesito defenderme. Dignaos, señorita, aceptar este recuerdo de mi profundo respeto y de mi cariño completamente paternal. Abrió el estuche y mostró un aderezo completo de brillantes de notable pureza. Las señoras y Daniel hicieron mil exclamaciones de admiración. -Pero entonces- preguntó María- ¿q u i é n puede haberme enviado los rubíes? ¡Buena pregunta -contestó la marquesa; ¿puedes ya tener duda, hija mía? El autor de ese regalo es seguramente ese joven tan modesto, tan desinteresado... En aquel momento entró Gontois en la sala y se acercó á decir algunas palabras en voz baja á la marquesa, que se estremeció, exclamai. do con acento de sorpresa y de alegría: ¡El, él en Mereville! No podía llegar más á tiempo... Que pase en seguida. Un minuto después el criado introducía al Guapo Francisco. III EL LOBO EN EL R E D I L p l Guapo Francisco no llevaba ya aquel traje de petimetre con que hacía sus visitas á la casa de San Mauricio, sino que había vuelto á tomar sus vestidos de buhonero. Tenía en una mano su sombrero de alas anchas, y en la otra un bastón de camino. Su actitud era modesta, humilde, casi tímida. Al entrar dirigió una rápida mirada alrededor del salón, y no viendo más que caras risueñas, pareció tranquilizarse y se irguió de una manera imperceptible. Sin embargo, saludó con aire ceremonioso y encogido. Daniel salió á su encuentro y le tendió la mano. -Habéis adivinado mis deseos, señor Gauthier- -le dijo amistosamente, -viniendo á visitarnos en las actuales circunstancias. Sed, pues, bien venido. Con no menos afecto acogieron las señoras al visitante. Sin embargo, lá marquesa, cualesquiera que fuesen sus simpatías hacia el Guapo Francisco, no parecía muy impaciente por reconocer, en presencia del proveedor, un pariente tan mal vestido. ¡Dios mío! A fe que os presentáis singularmente ataviado. ¿Quién había de conoceros bajo ese disfraz? -No es un disfraz, señora- -contestó Francisco con hipócrita humildad y dando un suspiro; -es el traje que se acomoda á mi condición presente. -Señor Gauthier- -dijo con viveza Daniel, -es inútil vuestra reserva delante del señor Leroux, nuestro huésped y nuestro mejor amigo; dejadme, pues, presentaros á él como... -Como un obscuro individuo que tuvo un día la suerte de haceros un servicio- -interrumpió Francisco; éste es nií único título á vuestra benevolencia y á la de vuestros amigos. Daniel y las señoras no quisieron lastimar aquel aparente escrúpulo de delicadeza por parte de su deudo, y no insistieron más. -Me han dicho- -añadió el Guapo Francisco paseando de nuevo su cautelosa mirada por la sala- -que encontraría aquí al notario Laforet, y no le veo. -El pobre hombre está ya acostado- -respondió Daniel; -se ha puesto malo de miedo, y con dificultad hemos podido sacar de él algunas palabras razonables. -i De miedo! ¿Pues qué le ha pasado? Daniel refirió brevemente la sorpresa sufrida por el notario, que el Guapo Francisco escuchaba sonriendo. ¿Cómo es eso? dijo con ironía. ¿Aún hay salteadores de caminos? A bien que la aventura