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F O L L E T Í N D E BLANCO Y NEGRO LOS BANDIDOS DE LA HOGUERA NOVELA POR ELIAS BERTHET 31. CONTINUACIÓN tras de nosotros el galope de algunos caballos. El ciudadano Vasseur y dos de sus gendarmes venían en mi auxilio. Desaparecieron súbitamente los malvados, como habían venido, llevándose mi maleta, y uno de ellos me dijo al alejarse: Nos volveremos á ver ó cosa parecida; no puedo afirmarlo, porque estaba más muerto que vivo, y si el Sr. Leroux no hubiera tenido la bondad de ofrecerme un asiento en su coche, me hubiera sido imposible continuar el viaje. Daniel había escuchado con atención este relato. ¿Y no tenéis ninguna sospecha- -preguntó- -respecto á los autores de este atentado? -Ninguna; excepto los pasantes de mi estudio, nadie tenía noticia de mi viaje á Mereville; nadie sabía que traía conmigo valores de consideración. Y, sin embargo, ahora parece evidente que los malhechores no ignoraban estas circunstancias, puesto que á mí era á quien esperaban y al apoderarse de mi maleta creían, sin duda, encontrar en ella la cartera que contenía los billetes; pero yo la había ocultado entre mis vestidos, juntamente con otra cartera que contiene también papeles de mucha importancia. -Motivos son éstos para graves reflexiones cuando creía poder entregarme por completo á la alegría con ocasión de mi próximo enlace. No importa, mañana principiaré mis indagaciones... Teniente Vasseur, ¿tenéis algo que añadir? -Nada, ciudadano Ladrange; yo no he llegado á ver á los malhechores; únicamente les he oído deslizarse entre los matorrales que costean el camino. Con vuestro permiso, voy á examinar escrupulosamente á esos mendigos y vagabundos que pululan por la comarca. Se ha mirado con harta indiferencia á esa gente, y tal vez... En fin, yo me entiendo. -Tened cuidado, Vasseur- -dijo Daniel, de no confundir á los desgraciados con los culpables, porque el pan escasea, la estación es rigurosa, y muchos infelices carecen de asilo y recorren el país para implorar la caridad pública. -Bueno, bueno, ciudadano- -contestó el oficial con cierta, obstinación, atusándose su espeso bigote; -obraré bajo mi responsabilidad, y si cometo alguna torpeza, yo pagaré la pena. Y levantando su sable se dispuso á marchar. Vasseur- -dijo Daniel, -decididamente, nada podréis hacer en una noche tan obscura; quedaos á comer con nosotros, y entre tanto, vuestros hombres beberán á la salud de mi querida María en la posada del pueblo. Mañana llegará aquí un destacamento de húsares que he pedido al Gobierno, y, naturalmente, vos seréis quien dirija las batidas. La atezada fisonomía del oficial expresó una profunda consternación. -i Húsares -exclamó con despecho. ¿Habéis creído necesario llamar húsares en nuestra ayuda, militares que no tienen experiencia alguna en esta clase de batidas y que sólo nos servirán de entorpecimiento? Pues bien, ¡voto al diablo! -prosiguió dando una patada en el suelo, -quiero hacer todavía una tentativa antes de la llegada de esos flamantes húsares, y ¿quién sabe si ganaré la partida? Os prometo, ciudadano Ladrange, un regalo de boda á mi manera... A vuestros pies, señoras... Adiós, ciudadanos. Pronto se verá si tenemos necesidad de húsares. Y salió con paso rápido del castillo. Después de la partida de Vasseur, reinó cierto malestar en el salón. María, y, sobre todo, la marquesa, parecían asustadas; el notario Laforet no podía dominar su abatimiento, y Daniel y el proveedor hablaban á media voz de los sucesos de la noche. El murmullo de su conversación, unido al tictac de la péndola y al chisporroteo del fuego en la chimenea, no impidió que se oyese un débil grite de terror que se alzó de repente á su lado. Los interlocutores volvieron la cabeza y vieron al viejo notario que se había levantado de pronto, y con los brazos extendidos y los ojos extraviados miraba á una de las ventanas del salón, situado, como hemos dicho, en la planta baja. ¿Qué es eso? ¿Qué sucede, mi querido Lafofet? preguntó Ladrange. ¡Ahí... ¡Ahí... ¡Detrás de esa ventana... -dijo el notario sin moverse y señalando con la mano el objeto de su espanto. ¿No veis un hombre con la frente pegada á las vidrieras? Daniel corrió á la ventana y apartó rápidamente la ligera cortina blanca que la cubría en parte. -No hay nadie- -dijo; -vedlo vos mismo. Las dos señoras hicieron un movimiento de terror, pero Ladrange las tranquilizó con una seña, -No digo ahora- -balbució Laf oret, -pero hace un momento estoy seguro de haber visto... Daniel abrió las dos hojas de la ventana y el viento penetró impetuoso en el salón, amenazando apagar las bujías. Sin embargo, la claridad de la habitación iluminó vivamente la especie de parterre adonde daba la ventana, y fácil fué convencerse de que estaba desierto. Para mayor seguridad, Daniel, inclinándose hacia fuera, permaneció un rato atento, pero ni vio ni oyó nada. -Vaya, mi querido Laf oret- -dijo cerrando la vidri ra, -os habéis equivocado. El viejo Laforet volvió á sentarse lleno de confusión. -Os pido perdón, señor Ladrange- -contestó, -y pido perdón á la señora marquesa; me pareció ha ber visto distintamente una figura siniestra que me miraba con ojos centelleantes; pero, como decís, me habré equivocado. Mi imaginación está sobreexcitada con los últimos acontecimientos, y siempre creo estar oyendo á aquel malvado que me amenazaba con una próxima visita. -Sí, sí, eso es, mi buen Laforet- -dijo Daniel dirigiendo á las señoras una sonrisa significati-