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LAS N O T A S M U S I C A L E S f uánto se querían... Se profesaban entre sí un cariño fraterna! y en el pentagrama, donde nacieron y vivían, eran felices, sin que la envidia se apoderase nunca de ellas. Eran las siete hijas de un compositor humilde, cuyo nombre permanecía obscurecido, sin lograr la fama anhelada, y componían un vals tierno y conmovedor. Se consideraban muy dichosas manteniendo esa J amorosa paz tan necesaria entre gentes que tienen que vivir siempre unidas, y transigían las unas con los defectos de las otras. La nota Mi sufría pacientemente la inexplicable conformidad que siempre mostraba el Si, y éste aguantaba el egoísmo del Mi, que todo lo quería para él. Y así, archivadas años y años en el cajón de una mesa, revueltas con otras familias de la misma especie, iban cubriéndose de una delgada capa de polvo, que se hacía mayor según pasaba el tiempo. Pero á pesar de este olvido en que parecían sumidas por el que las dio el ser, no se quejaban ni perdían las esperanzas de que llegase un día en que combinando sus sonidos en las teclas de un piano ó en los instrumentos de una orquesta, asombrarían á los pfiblicos y contribuirían á la gloria de su querido padre. Mas el tiempo pasaba y ese día no llegaba nunca. El Do empezaba á desconfiar, el La sentía apoderarse de su alma un desfallecimiento grande, el Sol temía no salir nunca de su largo eclipse, y todas temblaban, sin querer revelar ninguna sus razonados temores. Al fin, un día, el Fa, que siempre había estado callado, sufriendo en silencio su desgracia, sin atreverse más que á bufar de vez en cuando, dirigió la palabra á sus compañeras -Hermanas- -les dijo, -es necesario uc salgamos de este olvido en que nos tiene sumidas nuestro padre. -Me parece muy bien- -objetó el Re. -Sí- -agregó el A 4i. -Y á mi es á quien tiene más olvidada á mí, á mí sola... ¿No os parece... El Si, como siempre, contestó afirmativamente. -Pues bien- -contestó el Fa, -esto no puede prolongarse. -Tienes razón, hermana- -dijo el Sol. -Hora es ya de que pueda yo brillar. ¿Y qué vamos á hacer? -se atrevió á preguntar el Do. -Mi plan es muy sencillo. Todas sufrimos en silencio este abandono inmotivado. Nuestra situación tiene tres bemoles. Nos lamentamos de que nuestros sonidos sólo hayan vibrado una vez en las teclas del piano de nuestro padre y deseamos hacernos escuchar ñor el público. ¡Eso, eso... -gritaron las hermanas de la oradora. -Como comprenderéis, lo que queremos es imposible. Nosotras no tenemos el poder suficiente para lograr la realización de nuestras aspiraciones. -Es verdad... -Cierto. -Pero he hallado una idea salvadora. ¿Cómo... ¿Qué dices... -Que tengo un proyecto, con el cual conseguiremos algo de lo que nos proponemos. -i Bravo... -He pensado que esta noche, cuando no se oiga por aquí ningún ruido y tengamos la seguridad de que nadie puede sorprendernos, salgamos todas de este maldito cajón. ¿Y qué vamos á conseguir con eso... -Pues llegar hasta el piano que está al otro extremo de la habitación, abrir su pesada tapa y ayudándonos las unas á las otras golpear las teclas que corresponden á nuestros sonidos. De esa manera lograremos oir la melodía que formamos, la cual sólo pudimos escuchar un día... Pero, ¿qué decís... ¿Por qué permanecéis calladas... -I- orque lo que pretendes es imposible- -murmuró elZ? o. -Tiene razón el Do- -agregó el La. -Yo así lo creo- -dijo el Mi, y el Í movió la cabeza de arriba á abajo. -Es decir... ¿que os negáis á secundar mi idea... -Desde luego. -Está bien. No creí que os portaseis conmigo de ese modo. ¡Ya veo el cariño que me tenéis... -No digas eso, hermana- -dijo el Re. -Todas te queremos; pero lo que nos propones no debemos aceptarlo. -Bueno. Vosotras haced lo que queráis. Yo salgo esta noche. Me iré sola si no me quiere acompañar nadie. Y, en efecto, el Fa se marchó cuando el silencio le reveló que había llegado el ansiado momento. Muy tristes se quedaron sus hermanas, pero no cejaron en su actitud. Todas temblaban por la suerte del Fa, que á la noche siguiente regresó trisfe y abatido. ¿Qué te ha pasado... -preguntáronle sus compañeras. -Veréis: cuando desobedeciendo vuestros consejos me marché de aquí, mi primer, pensamiento fué ir al piano y hacer vibrar mi sonido. Como lo pensé lo hice. Al principio, todo salió bien. ¡Con qué placer me es +5678-