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-Naturalmemc; y ha buscado la única casa del pueblo que tiene tres pisos. El chico me miraba sin comprenderme, y al cabo me dijo: -Si usted quiere que le dé algún recado de su parle cuando vuelva... -No- -le contesté. -Yo volveré por aquí. Mi deseo es sorprenderle á ver si me recuerda. Volví al día siguiente y no estaba en la botica; repetí la visita varias veces, y todas con el mismo resultado negativo. Pues, señor, me decía yo, ¡vaya un boticario! Si Lope se anunciara, tendría que decir todo lo contrario del famoso doctor Garrido: ¡Nunca en mi farmacia. -Dime- -le dije al mancebo una de las veces que fui á buscar á Lope en vano, ¿despachas tú las recetas? ¡Quia! no, señor. Yo despacho las cosas que están hechas y tienen letrero y se venden sin receta pero las fórmulas las hace el principal. ¿Cuándo? -le pregunté asombrado. -Pues siempre que hace falta. Me aburrí de ir á buscarle y no volví por la botica. Lhia de las cosas que más me chocaban en aquel pueblo durante mi estancia, era lo á menudo que tocaban las campanas de la parroquia. En otros lugares donde yo había estado, tocaban al alba, al mediodía, á la oración y á las ánimas, y como no fuera en las grandes festividades, que repicaban gordo, no había otros toques que los de muerto, de vez en cuando. Allí, en el pueblo de que el gran Lope era farmacéutico titular, tocaban mucho entre horas, por decirlo así. Llegué yo á instruirme tanto en esto de los toques, que distinguía perfectamente todos ellos, á excepción de uno que no había oído en ninguna parte. Duraba unos veinte segundos nada más, y consistía en unos grupos de á cuatro campanadas, con un ritmo que recordaba aquella canción de No me mates, no me mates, y luego tres golpes con el cimbanillo. ¿Qué significa ese toque? -pregunté un día á mi patrona. Y la mujer, con una sonrisa de Velázquez, porque recordaba la del Bobo de Coria de nuestro Museo del Prado, me dijo: ¡Pues ese toq. ue sinifica que alguien anda mu mediano! -Vamos- -me dije entonces, -así como en otras partes tocan á afonía cuando un vecino está en las últimas, aquí tocan á ¡gravedad, sin duda desde que está de cuidado. Pues, señor... que una tarae me aa un dolor de estómago de los buenos, y como no se me calmaba con nada, fui á escape á la botica con una fórmula que llevo siempre en la cartera para estos casos. -A ver quién me hace este medicamento- -le dije al chico. -A la noche lo tendrá usted. ¿Que á la noche? Lo necesito ahora mismo. ¿Es muy urgente? -Urgentísimo. Como que es para mí y me estoy muriendo. -En ese caso, llamaré á D. Lope. -Sí, hombre, sí. ¡Melitón! -llamó el chico asomándose á la trastienda, y apareció un rapaz como de ocho años, á quien le dijo: -Arrea, á llamar á D. Lope. ¿Está cerca? -Está en el campo, de caza, como todos los días; pero viene en seguida. ¿A qué llamas tú en seguida? -A poco más de media hora. -Pero, hombre; mientras va el chico y le encuentra... -i Ca 1, no, señor, no va. Le avisamos con la campana. Efectivamente, á los pocos momentos, la campana tocó el no me mates, con los consabidos tres golpes. Entonces acabé de comprender aquel toque misterioso. ¡Tocaban á boticario! Llegó mi hombre anhelante y sudoroso, con la escopeta al hombro; me reconoció, nos abrazamos y, en vez de despacharme la receta, me dio un caln: ante de su invención que me probó como mano de santo- -De modo que sigues tan especial; pero has acabado por ser constante en algo. Eres un gran farmacéutico y un gran cazador, por lo visto- -No lo creas. Voy á traspasar la farmacia y voy á hacer oposiciones á una cátedra de árabe vulgar, y en cuanto á la caza, m he acabado esta tarde de convencer de que es unvi crueldad matar á e? os animali- tos indefensos. Quieres hacerme un favor cuando vuelvas á Madrid? -Con sumo gusto. ¿Qué deseas? -Que me hagas socio de la Protectora de los animales. CARLOS LUIS DE CUENCA. Dibujos de Medina Vera.