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LO P J T A SI le llamábamos todos sus compañeros de clase, mientras el profesor, al pasar lista, le nombrabg como era debido: Lope y Lope, D. Lope. Como se ve, sus señores padres, encantados por esta confluencia de dos apellidos idénticos, tuvieron el capricho de ponerle en la pila bautismal un nombre idéntico también. Quizá por esto mismo, nuestra instintiva inclinación á todo lo ilógico, redujo á su menor expresión la cantidad de Lope de un sujeto que era Lope tres veces. Por ser en todo absurdos, aplicábamos á nuestro compañero este diminutivo, siendo como era el más alto, el más corpulento y el de más edad de todos nosotros. Hay que advertir que Lopito, á quien lo lógico hubiera sido llamarle Lopaso, tenía una clarísima inteligencia, una memoria privilegiada y un gran amor al estudio; pero un amor al estilo de Don Juan Tenorio tan vehemente como inconstante. Hizo su examen de ingreso con el número uno en no sé qué academia militar, y al terminar brillantemente el primer año, se despidió cariñosamente de sus camaradas, y exclamando cedant arma tonac, pidió su separación y se matriculó en Derecho. En la Universidad le conocí, donde me dio más de un disgusto por el especial cariño que me tomó y la particular confianza con que me distinguía. A lo mejor venía á mi casa á las once de la noche v me decía: Mañana me será imposible asistir á la clase de Romano. Hazme el favor de acercarte a! catedrático, antes de que pase lista, y decirle que estoy gravemente enfermo. No esperes á decirlo cuando me nombre, porque entonces parece una excusa. ¿I o harás como te lo encargo? Y no me dejaba en paz hasta que le prometía tres veces hacerlo así. El triple Lope era partidario de todo lo triple: desde la Triple Alianza, hasta el triple anís. Solamente por complacerle, porque á mí me costaba muchísimo trabajo acercarme á hablar con los profesores, por mi cortedad de genio, iba con el cuento de la grave enfermedad, y apenas había pasado media hora de cátedra, sonaba el llavín del bedel y se abría la puerta, penetrando por ella Lopito, que había pensado otra cosa. Teníamos una agarrada á la salida, e daba la razón, y á los pocos días teníamos otra por lo contrario; pues el profesor, al notar su falta, me preguntaba con sorna si estaba el Sr. Lope otra vez rave, y al decirle yo que le había visto la noche anterior sano y bueno, llegaba una certificación facultativa, en toda regla, de que llevaba dos días en cama con viruelas. Cerca de un mes estuvimos sin verle, y al cabo de este tiempo volvió á cátedra con toda la cara ¡lena de señales, que desde la mesa del catedrático sin duda parecerían hoyos de su terrible enfermedad, pero que de cerca nos producían una hilaridad que no podíamos reprimir, pues eran pintadas. Entre bromas de las unss é indignación de los otros, le pusimos verde y él acabó por ofenderse muchísimo. Un día nos escribió á varios una circular, en que nos participaba que en vista de que quien ¡viso la ley hizo la trampa, había perdido completamente su afición al Derecho, y no volvió á poner los pies en la Universidad. Nos dijeron que se había marchado de Madrid v no volvimos á verle. Muchos años más tarde, asuntos profesionales me llevaron á cierto pueblo de Castilla, donde pasé tres semanas, b a s t a n t e aburrido, por cierto. Una vez que necesitaba no recuerdo aué medicamento, entré en la botica del pueblo, que me pareció admirablemente instalada y digna de una capital de primer orden más que de aquella humilde cabeza de Dartido, que no se distinguía realmente por su adelanto. Púsome á observar la farmacia mientras un muchacho, de imos doce años, fué á la rebotica á buscar el frasco, cuando tropezaron mis ojos con un cuadro de elegante moldura tallada, que servía de marco al título do doctor en Farmacia de D. Lope Lope y Lope, natural de Madrid, provincia de ídem. Mi sorpresa fué grande y grata. Aquel diablo de Lopito, que iba á ser militar, y luego jurisconsulto, había acabado por ser boticario. A la tercera va la vencida, dije yo, recordando su predilección por todo lo triple, y deseando volver á ver al antiguo y estrafalario camarada, pregunté al mancebo: -Este D. Lope, dueño de la farmacia, ¿es un señor alto y grueso, con toda la barba? -Como alto y recio, sí que lo es- -me contestó el muchacho: -pero como barba, no la tiene de esa que llaman corridas. Lo ¡uc tiene es bigote, esto que dicen mosca, y patillas. ¡Tres cosas! Es él, sin duda. ¿Y está en la farmacia? -Ahora, no, señor. ¿No vive en el establecimiento? -Vive en la casa, pero en el tercero.