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once los domingos y fiestas de precepto, con su toque de paseo por el Campo Maj or á la salida de la ceremonia religiosa; á hacer alguna novena solemne, con sermón y reserva, en loor de algún santo de los de mayor devoción, y acudir una. vez por semana á la tertulia de doña Eduvigis, una íntima amiga de mi madre que tenía varias pollitas, mozas ya. E n esas semanales reuniones estaba mi gran diversión, pues allí se representaban c h a r a d a s es decir, las poníamos en acción, y convertíamos en trajes de época los más variados objetos, sirviendo á veces de regios mantos ó de dalmáticas bordadas las colchas y los tapetes de las m e s a s de rodelas, las tapaderas de las tinajas; de férreos cascos, las alambreras de los braseros; de mazas de armas, las acíficas badilas, y de fieros puñales, las inofensivas plegaderas. Otro atractivo ofrecía esa tertulia, y era el de los recitados de doña Eduvigis, género muy en boga á la sazón, consistente en declamar, ajustándoias al compás y al ritmo de una cantinela hecha ad hoc, unas poesías, por lo común bastante desprovistas de sentido, pero que entonces gustaban á rabiar. ¡Si vierais el entusiasmo con que aplaudíamos á la dueña de la casa, cuando recitaba aquello d e Alabastros, con cien astros, iluminan la florida estancia; ías hermosas son fragancia que produce la más bella flor. ó lo de Suspiros hay, mujer, que ahogan el labio en flor, y mueren al nacer y brotan sin dolor. ¡Hermosa languidez que una mujer cual tú la debe haber sentido alguna vez! I ies, reanudando el hilo de mi historia- -y perdonad la digresión en gracia á que da color local al relato, -os diré que mi Sigisbeo se enteró, sin duda por confidencias que tenía en la plaza, para emplear el lenguaje de mi famoso amigo el coronel, de que habíamos proyectado una jira al soto c ue, junto al río, poseía doña Eduvigis, y quiso el bueno del hombre lucir ante mis ojos su no despreciable estampa, á cuyo fin imaginó ai ostarse á caballo en el camino por donde debíamos regresar, é ir dando escolta al coche cjue me condujera. Y así lo hizo. No muy seguro de sí, iba al trote de su jamelgo, que era grande, gordo y blanco como el ampo de la nieve (algo como el caballo en que pintan al apóstol Santiago en la batalla de Clavijo) cuando entramos en la población, atravesando el Campo Mayor, muy concurrido por ser día feriado. Al llegar al centro del paseo, delante del kiosco de la música, ocupado entonces por la banda del regimiento, dio la casualidad de que comenzase ésta á tocar una mazurca muy en boga, y j cuál sería nuestra sorpresa al ver que el caballo de Santiago se ponía á bailar al son de la tocata, llevando el compás con la justeza con que pudiera hacerlo el danzarín más famoso! El público allí reunido prorrumpió en una inmensa carcajada, á la que- -sin poderlo remediar- -me uní en un loco acceso de risa. Porciiie la escena lo merecía. E n la cara del Sigisbeo reflejábanse distintas y desagradables impresiones la del susto que los desordenados movimientos del hipógrifo bailarín le producían, que apenas le dejaban sostenerse sobre la silla; la de la ira al apreciar la algazara del gentío formado en corro en torno al cuadrúpedo danzante, y la de a pena por la pérdida de sus ilusiones, pues mi cruel hilaridad claramente le demostraba la poca mella que en mí hiciera su rendido amor. Hasta los músicos se percataron de lo que ocurría y tuvieron que suspender la polca, porque ya sabéis cjue es difícil reír y soplar á un tiempo mismo, y, cosa famosa, tan pronto como dejaron de tocar, se le acabó al caballo la gana de baile, quedándose tan manso y pacífico como antes era. Pero sí. ¡E n t r e buena gente estaba! ¡Q u e tor ue, que t o q u e! dijo á una el pueblo soberano; el músico mayor enarbola la batuta, vuelven á oírse los acordes de la mazurca y sale el caballo de Santiago danzando nuevamente, para regocijo de los malévolos ciudadanos, entre los cuales me contaba, que en la vida habían asistido á un paso tan cómico como aquel. -Sí que estaría giacioso- -dijo María Pepa riéndose de buena gana. ¿N o habrá algo de exageración, abuelita? -comentó María Juana, algo más incrédula. -P o r éstas, que son cruce. s- -repuso la anciana, -es verdad. Vivos hay que pueden atestiguarlo. Y en cuanto al afán danzante que le acometió al caballo de Santiago, tiene su explicación, que supimos más tarde. Había llegado algún tiempo antes al pueblo una compañía de titiriteros y traía caballos amaestrados; mi Sigisbeo hizose sin duda amigo del jefe de aquella tropa y obtuvo de él que le prestase uno de sus artistas para el famoso paseo, omitiendo éste advertirle que no llevara al bruto por donde tocasen músicas, parn. que no empezase á bailar ipso facto... y aquí lo tenéis todo explicado. -Dime, abuelita: ¿qué hizo después del lance el Sigisbeo, como tú le llamas? -Desapareció del pueblo y sólo supe de él muchos años después, aquí en Madrid. Hizo buen camino en la política y llegó á embajador. Pero siempre que de él me han hablado, ó que los periódicos publicaron su nombre con cualquier motivo, le he visto, por una extraña asociación de ideas, vestido con la bordada casaca de diplomático, montando el caballo de Santiago, el cual bailaba un vals en medio de la plaza pública. T or la... instrumentación, ENRTQUE M A U V A R S Dibujo de Méndez Bringa,