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-N o sé qué cosas políticas pueden hacerse en automóvil. -P u e s eso mismo me pasa á mí, abuelita. -H a b r á tenido c ue ir á algún ministerio... -N o mujer, si por las tardes no hay oficinas. -Tiene razón María Pepa. -Sea para asuntos públicos ó para los privados, es el caso que no hay paseo y que aquí nos tienes sin saber cjué hacer, después de vestidas y compuestas- -dijo María Juana, soberbia morena, alta, esbelta y arrogante, -Yo, más que por nosotras, lo siento por Lulú Mendiaro, á quien habíamos prometido ir á buscar y á la que hemos dejado con un palmo de narices- -continuó María Pepa, hermana de la anterior, bajita, menuda, pcücastaña y graciosa, ¿L a habéis avisado, al menos? -Claro que sí, abuelita; pero es posible qu- haya creído que es una excu. a para no cumplir le ofrecido- -repuso Taría Juana, -N o mujer, eso n o ya sabe ella que somos formales- -corrigió María Pepa. -Y sabe también que la queréis mucho, pues harto se lo demostráis continuamente- -dijo la abuelita, -El caso es que la dichosa política nos ha estropeado la tarde. ¡Y cuidado que es lástima, con lo hermosa que está! -añadió María J u a n a asomándose al amplio mirador en el que la a, buelita pasa las tres cuartas partes del día, sentada en cómodo sillón, leyendo á ratos, otros haciendo labores de crochet (pues surte de gorritos, zapatos, abrigos y demás prendas por el estilo á todos los niños pobres que conoce) y otros, i: ior último, curioseando, con ayuda de unos gemelos, las toilettes de las damas ue, reclinadas en los almohadones de sus lujosos trenes, van al paseo de coches del Retiro y vuelven, más tarde, á formar en la fila de la Castellana, ¿P o r qué no salís un rato con miss Lowling? -preguntó la anciana á ambas muchachas. -Imposible también, abuelita- -dijo M a r i a Pepa -ya se nos había ocurrido; pero como desde esta mañana hicimos el plan de salir en automóvil, miss Lowling pidió permiso á mamá para ir á ver á no sé quién, y no está en casa, -Y a que la cosa no tiene remedio, y puesto que estáis resignadas, por la fuerza de las adversas circunstancias, á quedaros conmigo y echar la tarde á perros, ¡Qué cosas dices, abuelita! -corrigió María Juana, ...puedo tratar de distraeros, si lo queréis- -continuó la anciana, -contándoos cualquiera de las muchas cosas c ue guardo en la memoria, -Como cuando éramos pequeñitas, ¿te acuerdas. -Entonces os contaba cuentos lo más fantásticos posible, que lo más irreal es aquello que mayor encanto ofrece á la niñez; pero ahora evocaré para vosotras uno de mis recuerdos de la juventud, -V a m o s allá- -dijo con u n suspiro María Juana. -S e n t a o s en esa cesta tenéis lana y ganchos, y mientras me oís podéis ir haciendo algo práctico. Obedeciendo las indicaciones de la abuelita, sentáronse ambas hermanas en sendas sillas bajas, se apoderaron de los útiles de labor, y la lana, suave y esponjosa, empezó á tomar entre las finas manos de las muchachas y merced al tormento de los ganchos de concha que hábilmente manejaban, formas parecidas á diminutas botas de montar, propias para encerrar los rosados pies de niños de pecho. La anciana miró cariñosa, or encima de sus gafas, las dos cabecitas inclinadas sobre la labor y atentas á no perder la cuenta de los puntos que componían la trama que iban tejiendo poco á poco carraspeó un momento para dar á entender á su auditorio que la prometida historia iba á dar comienzo, y dijo así: -Cuando tenía tus años, aría Juana, y tu palmito (pues según te he dicho muchas veces era muy parecida á ti, excepto en el pelo, que era como el de María Pepa) y un genio más alegre ¡ue las castañuelas, y unas ganas de diversión que no había más que cdir, debo deciros, mal que pese á mi modestia, que casi siempre había en torno mío algún pollastre, rondador de mis balcones, afanado en la tarea de coger al vuelo y ai ropiárscla como si á él fuese destinada, cualquier mirada c (ue la curiosidad, más cine otra cosa, me hacía dirigir hacia la calle, Pero como nadie había logrado inspirarme hasta entonces el menor interés, no paraba mientes en esos amadores volanderos, que más ronto ó más tarde se cansaban de lanzar inútiles suspiros y de enviarme declaraciones en prosa y verso, con variadas y no siempre buenas ortografía, prosodia y sintaxis. U n o de ellos, sin embargo, dio pruebas de tenaz constante, no rindiéndose al peso de mi indiferencia, impávido ante las malas caras que le ponía mamá, y pacienzudo en lo tocante á averiguar mis idas y venidas, j ara seguirme como la sombra al cuerpo ó como al tramposo el acreedor, Y ya se sabía; allí donde yo fuera, estaba el Sigisbeo, no dejándome un momento y siempre dispuesto á secundar mis movimienlos y á navegar en mis aguas, según d e c í a- -empleando símiles ora terrestres, ora marítimos- -un coronel muy amigo de mi familia, al cj uc hacían mucha gracia las maniobras de aquél, Y no creáis que, por ser platónica, era menos digna de agradecimiento la actitud del tal Sigisbeo, porc ue no siendo la vida de las muchachas de mi tiempo tan libre como la que ahora lleváis, había pocas ocaGÍones favorables á una presentación cj uc todo lo remediase. Reducíanse nuestras dive. rsione. s á oir misa de