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FOLLETÍN DE BLANCO Y NEGRO mentes después volvía á entrar en el salón, acompañado del proveedor Leroux y de un sujeto anciano sumamente pálido y abatido, que no era otro que el notario Laforet, el ejecutor testamentario del tío Ladrange. Algo detrás entreveíase en la sombra el curtido rostro del teniente de gendarmes Vasseur. fondos de que soj portador están intactos- -contestó el notario con trabajo. -Tomad- -prosiguió entregándole una cartera llena de billetes, -ahí están los veinte mil escudos, y tengo prisa por desembarazarme de este amero. ¡Dios me perdone por haberme encargado de ello! Un minuto más, y me hubiera costado la vida. -Ciudadano director del Jurado- -interrumpió el teniente Vasseur, que durante aquella conversación había permanecido en pie, apoyado en su sable, cerca de la puerta, -tened la bondad de escuchar mi relación, porque tengo prisa por volver á montar á caballo para mi servicio. -Pues qué, mi querido Vasseur- -dijo Daniel acercándose amistosamente á él, ¿no nos acompañaréis á comer? Ya oiré vuestra relación cuando nos levantemos de la mesa... Bien sabéis, Vasseur, que tengo que reconciliaros con estas damas á propósito de una historia antigua... -Ciudadano Ladrange, me veo en la necesidad de rehusar vuestra amable invitación é insistir en que me despachéis lo más pronto posible. -Sepamos, pues, de qué se trata- -dijo Daniel. Y llevó á Vasseur hacia el hueco de una ventana; pero aunque hablaban á media voz, ninguno de los circunstantes perdió una palabra de su conversación. Por fortuna, la marquesa acababa de salir del salón para activar por sí misma los preparativos de la comida. -Ante todo- -dijo el oficial de gendarmería, entregando al magistrado un lío de papeles, -he aquí la denuncia de otro robo cometido hace tres días en los alrededores de Etampes, con la lista de las alhajas robadas por los bandidos. -i Otro robo! -interrumpió Daniel con doloroso asombro. ¿Pero esta vez al menos habrán sido capturados los crimínales? -No se ha capturado á nadie- -contestó A asseur en un arranque de cólera. -En fin, ya examinaréis por vos mismo esos papeles y daréis órdenes en consecuencia. Lo que me resta decir concierne al ciudadano Laforet, que en tan inminente peligro se ha visto esta noche. -Pues qué, Vasseur- -interrumpió Daniel con acento de reconvención, ¿no os había yo encargado especialmente que velaseis por su seguridad? -He sido víctima de mi propia imprudencia, Sr. Ladrange- -dijo el notario, que se había mezclado en la conversación. -Yo hubiera debido, al pasar, pedir una escolta al destacamento de J; según vuestras instrucciones. Una necia temeridad me decidió á continuar solo mi viaje, contando con llegar aquí antes de anochecer; pero me sorprendió la noche cuando aún me hallaba á más de una legua de Mereville. La inquietud que empezaba á dominarme, se calmq al oír el ruido de un carruaje de posta que venía tras de mí, y contuve el paso de mi cabalgadura. De repente, y sin que precediese señal alguna alarmante, me vi rodeado de un grupo de hombres como si la tierra los hubiera vomitado. Eran ocho ó diez, y uno de ellos dijo: El es, le conozco y acto continuo se arrojaron sobre mí. Mi caballo se encabritó y yo empecé á dar gritos de angustia. Los forajidos se disponían á arrancarme de la silla, cuando oyeron n EL SALÓN D E L CASTILLO i adama de Mereville, no obstante sus aristocráticas preocupaciones, se levantó cortesmente para recibir á los viajeros, en tanto que María, con su natural afectuosidad, les hacía el más amable recibimiento. El notario Laforet no hizo más que tartamudear algunas frases de urbanidad, y luego, como un hombre abrumado de fatiga, se dejó caer en un sillón articulando un débil quejido. Leroux se deshacía en demostraciones de respeto hacia las señoras de Mereville y hacia Daniel, á quienes, sin embargo, había prestado, tan grandes servicios. Leroux, muy diferente de los demás proveedores generales de su época y de los advenedizos de todos los tiempos, no olvidaba, en medio de la opulencia, la humildad de sus principios, y entre la escogida sociedad donde se hallaba, procuraba hacer olvidar, por la sencillez de sus maneras y la modestia de sus palabras, la inmensa fortuna que se Iz atribuía. La marquesa, que había contado con soportar el orgullo y los modales impertinentes de un rico de nuevo cuño, se quedó en parte desarmada; sin embargo, no pudo contener algunas excusas irónicas acerca de su incompleta instalación y del mal estado del palacio, que no la permitían recibir dignamente á los huéspedes y su séquito. Leroux comprendió muy bien el sarcasmo disfrazado bajo aquellas corteses formas, pero respondió con amabilidad: -Se me puede disculpar que me muestre algún tanto enorgullecido cuando recibo tan alto honor de una ilustre familia. Esta excusa, que no carecía de habilidad, acabó de vencer las prevenciones de la marquesa. -Os aseguro- -prosiguió Leroux- -que ha sido muy buena idea la de hacer que me acompañen esos seis haraganes, de quienes prescindiría con gusto en tiempos normales, y, sobre todo, de ser escoltado por cuatro valientes gendarmes, á quienes mi querido Daniel había encomendado mi seguridad, sin contar con el bizarro teniente Vasseur, que vale él solo por otros cuatro. No nos ha sido inútil tan numeroso acompañamiento, y á no ser por él, no sé yo cómo hubiera podido el señor Laforet salir de manos de los bandidos que lo atraparon. i Bandidos! repitió aterrada la marquesa. Hasta aquel momento no había advertido Daniel la palidez y abatimiento del pobre notario. ¿Cómo? -preguntó con admiración, ¿habéis sido detenido? r- Demasiado cierto es, Sr. Ladrange; pero os