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una tosca piedra que sujetaba viejas facturas y cartas amarilladas por el tiempo. -Cualquiera, h o m b r e u n pedazo cualquiera. De esa mi. sma cubierta- -y aludía D. Salvador á m pliego 8 e papel pautado que envolvía varias piezas musicales. -Si, señor- -contestó D. Frasquito; -de éste tendrá que ser, porque no hay otro- -y armado de unas tijeras tan largas como enmohecidas, cortó un trozo no pequeño de aquel recio y fortisimo papel. Extendió D. Salvador su receta, no sin antes pensarlo muy mucho, y alargando á Salustiana la emborronada cartulina, le dijo en el más cariñoso de los t o n o s -Toma, m u j e r dale una friega con esto, y ya verás cómo se alivia. Marchóse Salustiana más que de prisa, y don Salvador, con la trancj uilidad del deber cumplido, se dispuso á escuchar por undécima vez en el averiado gramófono de D. Frasquito el i Ay, babilon i o! de La corte de Faraón. Pasaron unos cuantos días, 3- una mañana, muy temprano, tropezó D. Salvador con Pepe el Chacotas. ¡Pepillo! -i Güenos dias, D. Sarvaó! -contestó el albañil más serio que un fiscal. ¿E s t á s ya bueno? -Sí, señó. -Y a le dije á Salustiana que con aquella friega te aliviarías muy pronto. -j i Mardita s e a Misté, D. Sarvaó- -añadió Pepe el Chacotas con voz sorda; -una cosa le pío yo asté mu en serio: que no me miente usté la friega. ¿E h? ¿Qué estás diciendo, muchacho? -Q u e no me miente usté la friega, porque na más que d acordarme se m arrcmolina er sentío, y soy yo capas de darle un dcjusto ar más templao- -i Criatura! I- ero, ¿te has vuelto loco? -P o r q u e los hombres semos hombres y no sernos hojas é puerta ni tablones sin sepiyá, ¿usté s entera? -N o te entiendo, Pepillo- -respondió D. Salvador, retrocediendo asustado ante la actitud poco tranquilizadora de su interlocutor. -Güeno, pos yo m enticndo y basta. ¡A h! Y sepalosté de ahora pa siem re: no güerva usté á mandarme friegas, ¿estamos? No güerva tiste á mandarme friegtiesitas- -y empuñó la pulida alanqueta, -porque del j) rimer palan uetaso le derribo asté to er tabique de la jeta. Conque... salú. Y siguió calle abajo, dejando á D. Salvador en una pieza. -i Demonio! ensó consternado. ¿Q u é le mandé yo á este homl re? Juraría ue le receté algo de bálsamo tranquilo. ¡C a r a m b a! ¿Equivocaría yo la fórmula? ¿Le darían otra cosa en la botica y N a d a esto tengo yo que ponerlo en claro ahora m i s m o pero que ahora mismo- -y echó á andar en dirección á la calleja donde vivía Salustiana. -Procuraré, con habilidad y diplomacia, enterarme de lo que ha sucedido. ¡Eh, Salustiana! Ven aquí, mujer- -gritó D. Salvador una vez en el portal de la casucha. ¿Y ese hombre? -T a n güeno, D. Sarvaó. -Escucha, muchacha: ¿qué le receté, que no me acuerdo? -Resetarle, n a me dio usté un papé mu gordo y me dijo usté dale una friega con esto. ¿Y tú... -Quieas que no, y con toas nns fuersas, Testuve restregando hasta que no queó der papé ni una lacha. PEDRO M U Ñ O Z S E C A Dibujos de Medina Vera.