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picaresca, gritábame mi madre, después de hacer un guiño á la multitud que nos cercaba: ¡Mijo, me muero! Y entonces yo tiraba con rabia de las cuerdas, negras de sufrir y sonar, y decíala quedo y riéndome para que me vieran lo alegre que estaba ¡Animo, madre; que hoy comeremos pan l) lando y dormiremos en caliente! líl tio l alois y el tío Manta fueron acercándose, y uno de ellos balbució ¡Medrosa historia nos cuenta el peregrino! ¡A uí, cuando alguna llora, todos lo saben, y si se puede se le alivia! l l desconocido engarzó al tio Vahis en su mirada de águila y añadió -Una noche dejó escapar, como los cisnes, su último canto. Una tierra muy blanda la abrigó todo el cuerpo. V o planté allí rosas yo vertí allí lágrimas. Las rosas, no sé sí salieron; mis lágrimas no han vuelto á salir. -Buena y santa mujer era la su madre. -No hallé otra igual. -En la nuestra aldea todas son asi; las malas andan por las otras partes. Si al concejo vinieran, por f: dicto se las echaba. -i Gran pais éste! -exclamó asombrado el desconocido. ¿Pues aquí no hay amores? ¡Hijo! -respondió Valois, -sin amor y sin yantar, nadie puede pasar. Hailos. -i Sí, sí! -añadió Manta, animándole con signos de cabeza. -Pero como manda nuestra santa... ¡Mirad, mirad! -exclamó de pronto el bohemio, torvo y pálido, interrumpiendo á Manta. ¿Qué? -gritaron los dos mirando al cíelo. -Aquel milano; lleva en el pico un grano de maíz. -Gran vista es la suya. -Más fácil es descubrir un grano de mijo en el pico de un milano, que un grano de verdad en el alma de una mujer. -i Burloncillo es el camarada! -i Bien hacen en sacar la cara por el su país! Pero... ¡vamos, tio Valois! -añadió acercándosele con aire de sigilo. ¿Es buena Jerónima la Corsa? -Esa... -exclamó tio Valois, cambiando con su amigo Manta una mirada de sorpresa. -i No, no es buena, no! -se apresuró á contestar d tio Manta. ¿Y la Petrilla la del molino? ¿Sabeislo también? -Al azar y andando se sabe todo. -Dos malas mujeres hubo en el concejo, ¡ero nada más. Santas son todas. ¿Apuéstase á que no? -l Qué dinero? ¡El alma! -i En el nombre de... El desconocido interrumpió- bruscamente al del tamboril, dicíéndole con voz alterada: -i Ya en mi casa os halláis! -i Pero éstas- -repuso Valois con profundo terror- -son tierras del castillo! -Sí- -contestó el extranjero con voz burlona. -Estos son los predios del diablo. ¡Eh, tio Valois, tío Manta! No me hagan signos con los dedos ó se les caerán convertidos en llamas de pez. Quedáronse los dos músicos de la aldea consternados y sin habla ni aliento. Al hombre aquel se le había alargado el seniblante, que remataba en una puntiaguda perilla roja, tornándosele de igual color. las quebradas cejas. -En el mundo, que es un gran concejo redondo- prosiguió el fatídico personaje arqueando el cuerpo en cortesana reverencia, -no está el diablo en el cuerpo de la mujer, sino que, por el contrario, diablos y mujeres andan siem. pre disputándose su presa natural, que es el hombre. l Yentcs pulidas, ojos honestos, voz suave y blanda, haldas que matizan la tierra, encerrando su breve andar en un círculo de sombra movible que bendice el deseo y persigue el amor; el misterio de la actitud, del talle y de la frase á medio decir, todo esto puede más que el diablo. ¿Apostado habéis que en el concejo sólo había santas y buenas, y que eran las malas jerónima la Corza y Petrilía la del molino? ¡Pues bien, tocad! Yo os lo mando y me retiro para que no creáis que lo que sucede es obra de mi influjo. Me contento con otorgar á vuestras mujeres ima hora de franqueza... Retiróse el mal espíritu, y las dos manos del tío Valois empezaron á subir y á bajar sobre el tambor, produciendo un alegre repiciue, mientras el tío Manta cacareaba con su cornetín. A ello convidaba la aurora. Pasados unos minutos, viéronse apretados tropeles de mozos que corrían desalados hacia el castillo, sufriendo la terrible persecución de las mujeres. Algunos se subían á los árboles, pero ellas se ponían debajo, y de puros ruegos les hacían caer como brevas maduras; asi llegaron al castillo, espantados ellos, sonrientes y triunfadoras ellas, que fueron trabándolos del talle para empezar vertiginosa danza. Tio Valois, en aquel redoblar sin tino, no podía demostrar su admiración sino abriendo la boca, mientras el tío Manta daba notas agudas fulgurándole los ojos por la indignación que sentía. Dábase el caso de que las casadas eligieron para bailar á los rapaces, mientras las doncellas preferían á los hombres de edad, como más experimentados. Entonces fué cuando los pobres músicos comprendieron la verdad del diablo. ¡Ah, diantre! era aquella de las trenzas de oro, la que huia con paso de hurón á la vista de un hombre. ¡Y la otra, la seria, la hidalga, la invencible! ¡Y la de más allá, la de la misa de alba! ¡Y la de acá, la bien criada! ¡Y esotra, la esclava del deber! -Mira, Manta; si echamos edictos, no nos quedan mujeres en el concejo. -i Sí, hay dos! j Dos nada más, que amaron de corazón! -replicó Manta entre soplo y soplo. Dos había, es verdad. Habíanse quedado rezagadas y suspirando, pero ya miraban el baile con algún interés; eran Jerónima la Corsa y Petrilla la del molino. Arribó el mediodía; terminóse la danza; fué tendiéndose aquel enjambre por la llanura; retiráronse Valois y Manta, despedidos por grandes carcajadas del diablo, que tuvo la atención de permanecer invisible, y tornaron los dos á la aldea, tristes y mohínos, sin sueños y sin fe. Ya en su casa, Valois colocó en las rodillas á su pequeñuela, y la dijo llorando: ¡Tú sola, mi rapaza, cordera mía, eres buena aquí! Crecerás á mi lado y te enseñaré la doctrina y las buenas práticas; no, no serás tú, ni como las del concejo, ni como las del mundo, ¿no es verdad, zagalina? -Sí, pero... ¡padre! -respondió la rapaza, ¿me llevarás el año que viene, cuando vayas á tocar al castillo? T. EOPOi. nn EOPEZ D E SAA. D; I ujo de Méndez Bringa 23 4- 5573-