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sonar las esquilas como cascabeles de plata, lanzándolas en furioso volteo. A distancia, era aquel un ruidillo alegre que parecía escaparse de un rayo de sol- -el que producía el reflejo del bronce nuevecito al girar. ¡Tim! ¡tin! tin! ¡tin! decía aquello, y las alondras y los gorriones y demás pájaros de surco huían volando, como diciéndose: ¡Demonio de campanas, qué tontas están hoy! Los ruiseñores, que habían llegado ya por ser primavera, dejaban oir sus notas aflautadas buscando el diapasón de aquel sonido loco para acomodar á él su cántico; silbaban los mirlos y las urracas cruzaban las veredas á saltos inseguros, en actitud de escuchar, como preguntándose; ¿Qué pasará hoy en la feligresía? Al fin se abrieron los postigos, y en la diáfana claridad de los porches se destacaron las figuras de los haraganes de siempre, con sus monteras recién compradas, sus ternos de paño duro y liso y sus fajas de colorines, mientras e las montañas limítrofes iban descubriéndose á plena luz todos los misterios del paisaje: caseríos de rotos perfiles, medio colgadas entre el vaho de la niebla; árboles en actitud pensativa; valles hondos de negros detalles, de los que parecían emergir lagos de bruma; caminos reales como cintas blancas, y entre las profundas dentelladas de las vertientes, calvas de ocre, como sí Dios tuviera acotado el sitio en que no pudiera haber jamás ni sombra de vegetación. También se veían desde todos lados las ruinas del castillo; eran blancas y erguidas y se recortaban sobre el cíelo azul, entre los olmos centenarios, diseminando por las laderas sus lamidos y pardos sillares y sus viejos escudos y llenando el monte con los misterios de sus leyendas y de sus fantasmas que, invisibles entonces, pero siempre en atisbo, verían desde las anfractuosidades de las rocas y vagando por las medrosas quebradas, junto á los peregrinos, el bullicio de la vida que había sido suya también. En aquel momento nada podían; el sol fortalece el corazón del más cobarde, y si se hubieran presentado á cualquier campesino en una encrucijada, diciéndole: ¡Yo soy el ánima de tal ó cual Berenguer ó de tal ó cual Don Fortúnl el campesino se hubiera echado á reir, levantando la cachiporra sobre la aparición, i Cosas de almas y de hombres! Al tamborilero le llamaban el tío Valois, sm que se haya sabido la causa. Un misterio como el que lleva de palmera á palmera el polen de la vida había llevado esta voz histórica hasta el caserío, haciéndola popular; el flautista era conocido por Manta. ReiJÍcando y plañendo briosamente, salieron los dos concertistas al campo y se alejaron de su aldea, buscando un camino de hondonada solitario y agreste, cuando de pronto oyeron á pocos pasos de allí, delante de ellos, el plañido de otra flauta y el redoble de otro tambor. Los dos se miraron, cesando de tocar, y los otros instrumentos callaron también; el tío Valois dio tres ó cuatro palillazos, quedos los unos, fortísimos los otros, y el tambor invisible repitió los golpes con idéntica intensidad. El tío Manta se echó á reir. ¡Es el eco! -dijo. -i No I- -contestóle el tío Valois. -Conozco el paraje y no hay ecos aquí. -Llegado habrán sin que lO sepas- -oI) servó en son de burla el tío Manta, que se llevó el flautín á los labios, dejando escapar una nota agudísima. Esta vez nadie contestó. El tío Manta se puso lívido y los palos del tío Va- lois, obedeciendo al tremol de sus manos, comenzaron un repique sordo que fué acrecentándose, mientras en el tambor desconocido se producía el mismo efecto. ¿Serán... -dijeron el uno y el otro, y ni el uno ni el otro pudieron terminar la frase empezada. Luego pensaron en huir, pero como estaban á mitad del camino y lo mismo les daba seguir adelante que retroceder, adelantaron, mudos, sobrecogidos, con las orejas tiesas como lebreles, apoyado el uno en el otro y repitiendo sin cesar: ¡Nos valga Dios! ¡Nos valga Dios! De vez en cuando y mientras esto decían daban algún repique ó dejaban escapar una nota. i Nada volvió á sonar! Un pájaro grande los asustó con el ruido de sus aletazos y un moscón insidioso les rodeaba, subrayando su insistente zumbido como diciéndoles: ¡Imbéciles, tocad! Ellos cesaron en su conjiwo y recobraron la confianza viendo á un hombre sentado sobre una peña. Parecía de regular estatura; era moreno de color, tenía luenga la barba y la melena sobre los ojos y usaba unos calzones bombachos cubiertos de mugre y un sombrero ancho, blanco y sin cinta. Saludólos con cortesía, y dijo: ¡Vengan en paz! -Salud y la compañía- -respondió medrosamente Manta, sin ver que la única compañía del hombre era el tambor que tenía al lado. El forastero, que no era duende, según se le marcaban los músculos de piernas y brazos, endurecidos por el continuo caminar de su vida bohemia, los miró con sus ojos tristes y afables y, sonriendo con esa sonrisa que es en ciertos rostros lo que el sol entre ráfagas de lluvia, díjoles con voz afectiva; ¡Bien venidos sean el señor Valois y el señor Manta! ¿Qué? ¿Conoceisnos? -Desde Siero á Riaño, no hay pito, gaita ni flautín que al del uno llegue, ni palillos que doblen con más rapidez que los del otro. -i Pues él bien lo hizo! -dijo el tío Valois. ucdándose con la boca abierta después de la palabra. -Fué solamente imitación. ¿Es por acaso del país? -No. ¿Vizcaíno? -Tampoco. -De lejanas tierras será- -insinuó Manta abriendo la boca también. -Soy de todas y de ninguna. ¿En todas y en ninguna nasció? -Nací en pleno campo, en la choza de un pastor, que buscando refugio contra el frío se fué á la ciudad mi banda era de húngaros caldereros, míseros vagabundos que se pasan hasta el amanecer trabajando en forjas. Mí madre y yo nos separamos de los compañeros y nos fuimos andando, andando por caminos y veredas extrañas, buscando las aldeas entre los montes y las ciudades en las llanuras; sufriendo los latigazos del viento y de la lluvia, que á veces ponía sus lágrimas de agua debajo de las lágrimas de nuestros ojos. ¡Qué días tan de duelo! ¡Qué noches tan largas! -prosiguió el forastero, echándose hacia atrás sus melenas negrísimas y hablando como para sí con extraña nerviosidad. -Mi madre, que era bella como un sueño de amor, cantaba baladas del Temesvar y yo la seguía con mi arpa, que iba llorando también notas en vez de lágrimas. Mi madre suspiraba doliente de enferma que estaba; yo tañía con tristeza porque lo sabia, y entre canto y canto de canción